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“Esperan de tu esperanza”

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Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS (21,5-19):

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: “Esto que contemplan, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida”. Ellos le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?”. Él dijo: “Miren, que nadie les engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: ‘Yo soy’, o bien: ‘Está llegando el tiempo’; no vayan tras ellos. Cuando oigan noticias de guerras y de revoluciones, no tengan pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida”.

Entonces les decía: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso les echarán mano, les perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoles comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre.

Esto les servirá de ocasión para dar testimonio. Por ello, entiendan bien que no tienen que preparar su defensa, porque yo les daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario suyo. Y hasta sus padres, y parientes, y hermanos, y amigos les entregarán, y matarán a algunos de ustedes, y todos les odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de su cabeza perecerá; con su perseverancia salvarán sus almas”.

Con facilidad nos conectamos con el mundo entero utilizando los medios de comunicación actuales. Nos ofrecen imágenes de cualquier parte del mundo y al momento en que suceden los acontecimientos. En un mismo noticiero podemos ver imágenes de enormes inundaciones en China, disturbios en Hong Kong, golpe de estado y enfrentamientos brutales en Bolivia, manifestantes contra policías en cualquier lugar de nuestro país, pasando por la marea negra en alguno de los mares, y la última crisis entre israelíes y palestinos.

También vemos la marginación a la que están sometidas las mujeres en algún país, o el hambre casi crónica y terrible en algún lugar de África, y muchas otras noticias que llenan la pantalla de nuestro televisor de malas noticias de desastres naturales, y humanos que no sabemos bien cómo seremos capaces de enfrentarlos.

¿Se acerca el final? ¿Será capaz nuestro mundo de aguantar el envite de la contaminación que provocamos? Nos hace falta escuchar más atentamente a la joven Greta Thunberg? ¿Será capaz nuestra sociedad humana de ser más justa y de promover los derechos de todos los hombres y mujeres sin excepción? ¿Nuestra Iglesia universal y diocesana aceptará los retos y exigencias del mundo actual, sin perder su propia identidad y misión encomendada por Jesús?

Hemos de reconocer que a veces nos entra la duda. Tenemos la sensación de que el fin está cerca y nos da miedo. Nos duele y aterroriza que no tenemos respuestas para tantas cosas. No sabemos a dónde ir y con qué velocidad. Al final, todas esas cosas les suceden a otros, pasan en otros lugares, pero no nos sentimos tranquilos del todo. Tenemos nuestro pequeño rincón de paz y nos da miedo perderlo, sentimos que todas esas cosas amenazan nuestra tranquilidad y zona de confort.

Pues ahí llega Jesús y nos dice que no nos preocupemos; qué tranquilidad y “calma para el alma”. Dice Jesús que ciertamente van a suceder muchas cosas, y cosas malas: guerras, insurrecciones, terremotos, hambrunas, plagas y traiciones. Incluso signos extraordinarios en el cielo. Con todo eso, hay que seguir tranquilos y no perder la esperanza, porque hay más: los creyentes seremos entregados a la autoridad, se nos tratará como criminales, pero todo eso no será más que una oportunidad para dar testimonio de nuestra fe. Porque, dice Jesús, ni un sólo cabello de nuestra cabeza será destruido. Todo está planeado y equilibrado. Todo tiene su sentido.

Por tanto, el mensaje de hoy es claro: tranquilidad y confianza. Como nos dice san Pablo en la segunda lectura, es tiempo para trabajar con normalidad, para vivir una vida decente atendiendo a nuestros propios asuntos y sin inquietarnos ni a nosotros mismos ni a los demás. Es tiempo de dar testimonio de nuestra fe cristiana, una fe que sabe construir la comunidad, la familia de todos los hijos de Dios, en medio de todas esas cosas que pasan en nuestro mundo.

No vaya a ser que nos pongamos nerviosos pensando en lo que va a suceder en el futuro y se nos olvide vivir el presente, nuestro presente, en cristiano, día a día, minuto a minuto. No adelantemos las cosas como lo hemos hecho con la Navidad. Aún no iniciamos el adviento, y ya desde el mes de septiembre andamos rodeados de ambiente navideño artificial. Todo tiene su tiempo y lugar. No perdamos lo que ocurre ahora, vivamos “nunc et hoc”, aquí y ahora, con intensidad aprovechando cada momento como si fuera el último.

Hoy recibimos un mensaje de esperanza: el juicio será para la salvación, no para la condenación. Ya está demasiado lleno el mundo de agoreros; el cristiano tiene que ser portador de esperanza y perseverar confiando siempre en el Señor. Y mientras tanto, no quedarse con los brazos cruzados esperando el fin del mundo, como les ocurría a los fieles de la iglesia de Tesalónica.

Pablo les insta a trabajar para ganarse el pan de cada día, es así como Dios nos quiere, como personas esperanzadas y esperanzadoras, conscientes de su misión de transformar este mundo hasta convertirlo en el auténtico Reino de Dios. Por tanto, no cabe vivir con angustia pensando en lo que sucederá al final de los tiempos. Hasta entonces, tendremos tiempo para dar testimonio de nuestra fe y que así otros muchos puedan escuchar el mensaje de salvación que nos trae Jesús.

Con nuestra perseverancia ante las dificultades, manteniéndonos firmes en la fe, salvaremos nuestras almas. Esta perseverancia en la fe es la vida cristiana; vivir la intimidad con el Señor a pesar de las dificultades; vivir el mandamiento del amor, vivir el espíritu de las bienaventuranzas en nuestro día a día.

Por todo ello encuentra aquí un lugar más que apropiado la Jornada Mundial de los Pobres, que el papa Francisco instauró recientemente en la Iglesia. El amor a todos, que es parte del mandamiento principal, junto con el amor a Dios, se concreta también en el amor a los más necesitados. ¿Cuántos pobres se encuentran en nuestras Iglesias, capillas, comunidades? Ya nos acostumbramos a ellos y simplemente nos alejamos o los despreciamos. La parte caritativa falla mucho. Estamos más concentrados en hacer y ganar rifas, en los seminarios y en mantener efectos personales, en vez de buscar y apoyar a nuestros hermanos más necesitados.

Esta jornada lleva por lema: “La esperanza de los pobres nunca se frustrará”. En su mensaje, el papa Francisco nos llama a ser portadores de esta esperanza y consuelo para aquellos que no tienen nada, y que por ello dependen de los demás. Al final de los tiempos, cuando venga de nuevo Cristo como juez, seremos juzgados por el amor que hemos vivido aquí en la tierra, hacia Dios y hacia el prójimo. Para nosotros el prójimo es especialmente el más necesitado de nuestra ayuda, no podemos vivir verdaderamente como católicos sin preocuparnos y sin ocuparnos de los pobres. Ellos nos necesitan.

El hombre, tu hermano, amigo, vecino, uno cualquiera, sigue siendo el mejor “producto” de la creación (la corona de la creación); ha sido capaz de grandes cosas, saliendo de grandes hecatombes y enormes tragedias. Su capacidad de trabajo y su sentido de superación es lo que le hacen colaborar con Dios en el camino hacia un mundo terrenal mejor, a pesar del terrorismo, de las guerras, de la corrupción y de toda clase de hecatombes.

Porque no se olvide que un día seremos como ángeles, lo ha dicho el Señor. Ánimo con todo, terminando este año litúrgico. Con ganas de encontrar en cada momento al prójimo que espera de tu esperanza.

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