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“¿Controladores de la gracia?”

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Domingo del Bautismo del Señor

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (3,13-17):

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”. Jesús le contestó: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”. Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Hoy entendemos el Bautismo como un sacramento, un rito que debemos cumplir para formar parte de la comunidad católica. Pero la fiesta de hoy nos recuerda que el Bautismo es algo mucho más profundo, y que sería bueno que recuperásemos su significado en nuestra vida cristiana.

Lo que hoy es apenas —en la mayor parte de las parroquias— un echar un poco de agua sobre la cabeza del recién nacido, era al principio de la historia del cristianismo sumergirse completamente en el agua. Un signo muy profundo. Sumergirse, en griego significa “bautizein” y de allí viene la palabra bautismo. El agua es principio de muerte (en ella nos ahogamos, no podemos respirar, lo que se echa al agua se disuelve, se deshace, deja de existir), pero también es principio de vida (científicamente se puede afirmar que la vida comenzó en el agua, el feto está envuelto en líquido, del agua se resurge limpio y puro).

El Bautismo tiene un significado básico: expresa la muerte y la resurrección de una persona. El que se bautiza muere a una vida y al salir del agua comienza una nueva. Por eso la tradición cristiana hizo que en el Bautismo se impusiera un nuevo nombre a la persona. La nueva vida requería un nuevo nombre.

Sabemos bien que todo esto es un símbolo y requiere la comprensión correcta, pero hay momentos en la vida en que se requiere un signo de ese tipo que rubrique un cambio real de vida en la persona. A veces, aunque no se produzca una muerte física, se dan cambios en la vida de una persona que traen ciertamente un nuevo estilo y una nueva orientación. Con ese sentido tan profundo se bautizó Jesús. Hasta entonces había vivido como uno más.

Quizá se había retirado al desierto y allí había estado con el grupo de Juan Bautista o con otros grupos. Fue allí donde maduró su decisión, donde reconoció su llamada a anunciar la buena nueva del Reino, por eso se bautizó. Fue una forma de refrendar públicamente su nuevo estilo de vida. El Bautismo de Jesús marca una frontera entre su vida anterior y posterior, fue de verdad el comienzo de una nueva vida al servicio del Reino de Dios.

Para nosotros el bautismo no tiene ese sentido. La mayoría fuimos bautizados de recién nacidos, no recordamos nada de aquella celebración, no significó un antes y un después en nuestra vida, más bien nos sentimos inmersos desde el principio en la tradición cristiana. Desde el principio de nuestra vida somos cristianos. Ahora se trata de llevar a la práctica diaria lo que nuestro bautismo celebró y significó. Como Jesús, estamos comprometidos a vivir de acuerdo con el Evangelio, a ser portadores de la buena nueva para todo el mundo.

Después de ser bautizado por Juan, Jesús se siente el Hijo querido de Dios, habitado plenamente por su Espíritu. Alentado por ese Espíritu, Jesús se pone en marcha para anunciar a todos, con su vida y su mensaje, la Buena Noticia de un Dios amigo y salvador del ser humano. No es extraño que al invitarnos a vivir en los próximos años “una nueva etapa evangelizadora”, el Papa nos recuerde que la Iglesia necesita más que nunca “evangelizadores con Espíritu”. Sabe muy bien que sólo el Espíritu de Jesús nos puede infundir fuerza para poner en marcha la conversión radical que necesita la Iglesia. ¿Por qué caminos?

Esta renovación de la Iglesia sólo puede nacer de la novedad del Evangelio. El Papa quiere que la gente escuche el mismo mensaje que Jesús proclamaba por los caminos de Galilea, no otro diferente. Hemos de “volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio”. Sólo de esta manera “podremos romper esquemas aburridos en los que pretendemos encerrar a Jesucristo”.

El Papa está pensando en una renovación radical “que no puede dejar las cosas como están; ya no sirve una simple administración”. Por eso nos pide “abandonar el cómodo criterio pastoral del siempre se ha hecho así”, e insiste una y otra vez: “Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”.

El papa Francisco busca una Iglesia en la que sólo nos preocupe comunicar la Buena Noticia de Jesús al mundo actual. “Más que el temor a no equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: “Denle ustedes de comer”.

El Papa quiere que construyamos “una Iglesia con las puertas abiertas”, pues la alegría del Evangelio es para todos y no se debe excluir a nadie. Que no seamos imitadores de los que llegan de otro lugar para “evangelizarnos” a su estilo imperial: “divide y vencerás”. Hay religiosos que se comportan como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es aduana, es la casa del Padre donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas.

Movidos por el instinto de conservación corremos el riesgo de dedicarnos a conservar el pasado, quizás porque nos resulta más cómodo que vivir en permanente conversión, abiertos a la creatividad del Espíritu. Hemos de cuidar más nuestro modo de relacionarnos con Dios, evitando formas superficiales y vacías como nos enseñan todavía en algunos colegios, vividas sólo desde lo exterior y que pueden ser formas de huir de su Misterio santo, más que caminos para situarnos ante él en espíritu y en verdad.

Hay que revitalizar la celebración pero no como lo pretenden algunos, con misas de “sanación”. Primero hay que recuperar y reavivar la fe, y abrirse a lo divino y a lo humano. Amar a Dios amando y respetando al hombre, siendo justos y sin perjudicar la dignidad de ninguna persona. Miremos primero nuestro propio ambiente de la Iglesia. ¿Somos justos con nuestros trabajadores en las parroquias, casas, colegios? Parece que nos falta mucho, y sin embargo con tanta facilidad predicamos los mandatos de Dios.

Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria, ni movido por diferentes intereses. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por “el Espíritu de Dios”. No quieren que se le confunda con cualquier “maestro de la ley” preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quiere que se le identifique con un profeta falso pero popular. ¿Qué diferencia hay entre Él y algunos de nuestros jerarcas?

Parece que ellos sí buscan intereses y popularidad, a cambio de testimoniar que todos somos “hijos amados de Dios” por nuestro propio Bautismo. ¡Parece que hasta la gracia de Dios quieren controlar! Jesús se siente enviado no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese “Espíritu” bueno de Dios se dedica a liberar de “espíritus malignos”, que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.

El Dios que nos muestra Jesús no está interesado, en primer término, en qué pensamos de él o cómo le experimentamos, sino en cómo nos comportamos con nuestros prójimos. Vivimos realmente como hijos de Dios, cuando reaccionamos como hermanos ante quienes no pueden disfrutar de una vida digna. Termina el tiempo litúrgico de la Navidad y todo vuelve a ser como siempre, pero hay algo que debe quedar grabado a fuego en nuestro corazón: Jamás hemos de sentirnos solos, excluidos o perdidos; nunca hemos de hundirnos en la vergüenza o la desesperación. Encarnado en ese Niño de Belén, Dios nos espera siempre en el silencio de su amor infinito. Podemos acercamos a Él sin temor.

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