Inicio»Opinión»“¿Vivir como ciudadela asediada?”

“¿Vivir como ciudadela asediada?”

0
Compartidos
Google+

Domingo 2º del Tiempo Ordinario

Lectura del santo evangelio según san Juan (1,29-34):

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

“Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: ‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo’. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”.

Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el domingo pasado, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”. Este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista a orillas del río Jordán. Quien lo relata es testigo ocular, Juan Evangelista, quien antes de ser discípulo de Jesús era del Bautista, junto a su hermano Santiago, con Simón y Andrés, todos de Galilea, todos pescadores.

Juan el Bautista, hombre pobre y silencioso esperaba al Mesías, esperaba a Jesús. Nunca perdió su esperanza. Un hombre que a lo largo de los años fue purificando su corazón en el desierto para poder recibir y reconocer al Mesías. Y por fin, el momento tan esperado ha llegado. Jesús va hacia él y sabe reconocerlo entre la muchedumbre, sabe ver más allá de un nazareno. Es el Espíritu Santo quien lo guía y quien lo ilumina.

Juan el Bautista conoció realmente quién era Jesús; una vez que se encontró con Él no pudo menos que decir: “He ahí el Cordero de Dios”, hizo una experiencia profunda del amor de Dios. Conoció en Jesús “El rostro de la misericordia del Padre” y lo anunció a los demás, se dio cuenta de la gran miseria suya y del gran amor del Mesías que había salido a buscarlo.

El Bautista, por lo tanto, ve a Jesús que avanza entre la multitud e inspirado desde lo alto, reconoce en Él al enviado de Dios; por ello lo indica con estas palabras: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”.

El verbo que se traduce con “quita” significa literalmente “aliviar”, “tomar sobre sí”. Jesús vino al mundo con una misión precisa: liberarlo de la esclavitud del pecado, cargando sobre sí las culpas de la humanidad. ¿De qué modo? Amando. No hay otro modo de vencer al mal y al pecado, si no es con el amor que impulsa al don de la propia vida por los demás.

En el testimonio de Juan el Bautista, Jesús tiene los rasgos del Siervo del Señor, que “soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores” (Is 53, 4), hasta morir en la cruz. Él es el verdadero cordero pascual que se sumerge en el río de nuestro pecado para purificarnos.

Jesús es un hombre que hace fila con los pecadores para hacerse bautizar, incluso sin tener necesidad. ¡Qué humildad! Un hombre que Dios mandó al mundo como cordero inmolado, está esperando su turno. En el Nuevo Testamento el término “cordero” se encuentra en más de una ocasión, y siempre con relación a Jesús. Esta imagen del cordero podría asombrar.

En efecto, un animal que no se caracteriza ciertamente por su fuerza y robustez, carga en sus hombros un peso inaguantable. La masa enorme del mal es quitada y llevada por una criatura débil y frágil, símbolo de obediencia, docilidad y amor indefenso, que llega hasta el sacrificio de sí mismo. El cordero no es un dominador, es dócil; no es agresivo, sino pacífico; no muestra las garras o los dientes ante cualquier ataque, sino que soporta y es dócil. Y así es Jesús, como un cordero. No se presenta como héroe o protagonista de película moderna.

El mensaje es claro y sigue dos mil años después. Tenemos que imitar y seguir la inocencia del cordero. Menos juicios y condenas desde nuestros ambones y catedral, más mansedumbre y comprensión. Hemos de poner “en el sitio de la malicia, la inocencia; en el de la fuerza, el amor; de la soberbia, la humildad; del prestigio, el servicio”. Tal como nos lo pide el papa Francisco. Ser discípulos del Cordero no significa vivir como “ciudadela asediada”, sino “como ciudad en el monte, abierta, acogedora y solidaria. Quiere decir no asumir actitudes de cerrazón, sino proponer el Evangelio a todos, testimoniando con nuestra vida que seguir a Jesús nos hace más libres y más alegres” (19.01.2014, Roma).

Este es Jesús, el Hijo de Dios, hecho nuestro siervo para hacernos hijos de Dios. Este es Jesús sacrificado como cordero inocente, para quitar los pecados del mundo. Este es Jesús a quien debemos invocar con toda nuestra fe y nuestro amor, para que borre nuestros pecados. Para eso nos reunimos todos los domingos en torno a su mesa, pues “cada vez que celebramos este memorial del sacrificio de Cristo se realiza la obra de nuestra redención” (oración sobre las ofrendas).

También nosotros debemos reconocer en nuestra vida diaria al Hijo de Dios. Somos muchos los que recibimos el Bautismo cuando éramos pequeños, seguimos siendo cristianos por tradición, porque así lo decidieron un día nuestros padres. Otros hemos experimentado un encuentro personal que ha cambiado nuestra vida, nuestra forma de ser y ver, y a partir de ese momento hemos decidido compartir la alegría, ser como Juan, anunciadores de su Palabra.

Deberíamos pararnos, rememorar nuestro Bautismo, descubrir si realmente sentimos la mirada amorosa de Jesús en nuestra vida; si nos sentimos salvados, acogidos y amados como personas, como comunidad. Así debería ser nuestra Iglesia y no como la vivimos en ocasiones.

Juan ha visto signos y puede dar testimonio, puede hablar de Jesús con palabras significativas para su gente: el Cordero, el que está lleno del Espíritu y el Enviado, son términos que evocan expectativas del Antiguo Testamento y que llevan al pueblo a volver la mirada hacia Jesús. Esa es siempre la función del profeta: que su palabra mueva los corazones hacia Dios.

Juan tenía muchos seguidores pero también tenía claro que Jesús era el Salvador, y que él sólo era el profeta que anunciaba que sólo a Jesús tenían que seguir. Ojalá cada uno de nosotros tampoco estuviera centrado en sí mismo, sino en Jesús, y que toda nuestra vida, nuestro decir, la comunidad e Iglesia estuviéramos referenciados al Cordero de Dios.

No lo hemos de olvidar. La fe que hay en la Iglesia no está en los documentos del magisterio ni en los libros de los teólogos, ni en las palabras de los obispos. La única fe real es la que el Espíritu de Jesús activa en los corazones y las mentes de sus seguidores. Tenemos que volver a la fe sencilla, que brota del Evangelio y del encuentro personal al lado de Jesús.

Muchos de nuestros feligreses y hermanos viven una “religión de segunda mano”. No conocen ni aman a Jesús. Sencillamente creen lo que dicen otros. Su fe consiste en creer lo que dice la Iglesia, lo que enseña la jerarquía o lo que escriben los entendidos, aunque ellos no experimenten en su corazón nada de lo que vivió Jesús.

Como es natural, con el paso de los años su adhesión a la fe y al cristianismo se va disolviendo. Lo primero que necesitan hoy los cristianos no son catecismos que definan correctamente la doctrina cristiana, ni exhortos que precisen con rigor las normas morales. Sólo con eso no se transforman las personas.

Hay algo previo y más decisivo: narrar en las comunidades la figura de Jesús, ayudar a los creyentes a ponerse en contacto directo con el Evangelio, enseñar a conocer y amar a Jesús, aprender juntos a vivir con su estilo de vida y su espíritu. Recuperar el “bautismo del Espíritu” y olvidar vivir como ciudadela asediada.

Noticia anterior

Promueve Meave irregularidades en “Sembrando Vida”

Siguiente noticia

En la Calkiní-Dzitbalché lagunas de aguas negras