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“No podemos seguir así”

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Domingo 4º del Tiempo Ordinario

Lectura del santo Evangelio según san Mateo (5,1-12a):

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados ustedes cuando los insulten y los persigan y los calumnien de cualquier modo por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en el cielo”.

El sermón del monte que hoy contemplamos en el Evangelio de san Mateo, empieza con las bienaventuranzas. Son ocho declaraciones que comienzan con la palabra “bienaventurados”. No olvidemos que esta palabra declara un estado de bendición que ya existe. Cada bienaventuranza declara que un grupo de personas, que por lo general son considerados como afligidos, en realidad son bendecidos.

Los bendecidos no tienen que hacer nada para obtener esta bendición. ¡Jesús simplemente declara que ellos ya han sido bendecidos! Por tanto, las bienaventuranzas son, primero que todo declaraciones de la gracia de Dios, no condiciones de la salvación o planes de acción para ganarse la entrada al reino de Dios. Los que pertenecen a los grupos de bienaventurados experimentan la gracia de Dios, ya que el reino de los cielos se ha acercado.

Al formular las bienaventuranzas Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros, en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de conflictos internos y una sociedad cada vez más secularizada. No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma, el Evangelio sólo se difunde desde actitudes evangélicas.

Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación y efectos de la gracia en la Iglesia, mientras peregrinamos hacia el Padre. Creo que hoy más que nunca hemos de escuchar en nuestra Diócesis este mensaje, en actitud de conversión personal y comunitaria. Sólo así hemos de caminar hacia el futuro y cambiar el sentir personal hacia lo que vivimos hoy en la Iglesia.

Somos cada vez menos y más divididos y sin rumbo. Hemos de hacer un examen de conciencia iniciando por el obispo, los sacerdotes, y terminando con cada uno de los fieles y creyentes. Nos hace falta volver al espíritu del Evangelio, al espíritu de Jesús. Empecemos…

Dichosa la Iglesia “pobre de espíritu” y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios. No podemos seguir con la dureza y ambiciones de algunos hermanos que controlan y mandan en diferentes ámbitos de nuestra Iglesia. Una actitud con más tolerancia y humildad nos serviría mucho.

Dichosa la Iglesia que “llora” con los que lloran, y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios. No podemos seguir buscando sólo privilegios por ser parte del clero o de la Iglesia diocesana. ¿Cuántos hermanos han sido injustamente tratados por nuestros “negreros” eclesiásticos? ¿Cuántas lagrimas innecesarias por el miedo de no caer en la “desgracia” de los jerarcas?

Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida. No podemos seguir apoyando las malas acciones dentro de nuestra Iglesia. El nepotismo y las injusticias no pueden ser parte de nuestras obras diocesanas. Iniciemos con gestos sencillos de empatía con los que sufren y no tienen ningún poder.

Dichosa la Iglesia que tiene “hambre y sed de justicia” dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios. No podemos seguir rechazando y tratar con la exclusión a tantos hermanos que piensan diferente de los jerarcas o leyes internas de nuestra Iglesia. Jesús los vino a buscar. No seamos tan elitistas buscando los números y estadísticas pero sin vida.

Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia. No podemos seguir con tanta división y fomentando más las normas litúrgicas que la misma vivencia en nuestras parroquias, iglesias y comunidades. ¿Por qué no salimos a las periferias buscando a los que se están perdiendo? Más bien nos preocupamos de mantener a los que cada vez son menos y con poca participación, que tratar de encontrar a las “ovejas perdidas”. Nos preocupa más la rifa del avión presidencial que los hermanos hambrientos.

Dichosa la Iglesia de “corazón limpio” y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios. No podemos seguir ocultando en nuestra Iglesia y hasta en la Diócesis los abusos y acosos infantiles. Hay que pensar en las víctimas y no en el bienestar de la Iglesia cercana al poder. Hay que iniciar limpiando nuestras filas diocesanas y hacer un reajuste con los temas pendientes. Hay que dar la cara por nuestros pecados institucionales y personales. Sólo así podremos ser fidedignos ante la sociedad.

Dichosa la Iglesia que “trabaja por la paz” y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios. No podemos seguir usando un lenguaje de poder y de exclusión. Nuestros hermanos buscan la paz que hemos de trasmitir desde el ambón. Menos pedir el dinero y limosnas, y más dar el Evangelio y la esperanza de la Buena Nueva.

Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios. No podemos seguir apoyándonos en los criterios políticos. No tengamos miedo de dar el testimonio de Cristo donde es más difícil: la familia, la sociedad… La sociedad actual necesita conocer comunidades nuestras marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas.

Estoy convencido que hemos de seguir por este camino trazado por las bienaventuranzas. Sólo una Iglesia así, con el espíritu evangélico, tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy. Manos a la obra, no podemos seguir de otra manera.

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