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Pueblo de Aracataca, a la sombra de Macondo

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PRIMERA PARTE

 ARACATACA, Colombia.– En Aracataca, población metida en un rincón insondable del Caribe colombiano y cuyo orgullo culminante en sus 99 años de historia es haber sido la cuna del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, pocas cosas son lo que parecen ser a simple vista.

Los cataqueros, como se conoce en Colombia a los oriundos de Aracataca, suelen tomar el fresco por las tardes en mecedoras de mimbre y sillas de plástico en las orillas del Canal Tolima, un arroyo artificial que cruza el pueblo y en el cual los niños nadan en calzones. La placidez reina en medio del calor sofocante. El termómetro marca 41 grados centígrados a la sombra un día de abril.

“Aquí uno ve de repente enjambres de mariposas amarillas volando entre los árboles frutales a la orilla del canal”, dice la señora Mafalda Blanco, quien espanta el bochorno con un abanico en el umbral de su casa, frente al arroyo. Afirma que las mariposas son iguales, “del mismo tamaño y del mismo color”, a las que precedían las apariciones de Mauricio Babilonia en el Macondo de “Cien años de soledad”, publicada hace casi 47 años.

Las mariposas de Aracataca buscan una planta que aquí llaman “el perrito”, de pequeños pétalos amarillos que, según los lugareños, son las que dan color a esos insectos voladores.

García Márquez decía que este pueblo, donde nació el 6 de marzo de 1927 y en el que vivió hasta los ocho años, encontró la materia prima de su deslumbrante obra literaria. Él siempre atribuyó a la “buena suerte” el haber nacido aquí y lo recordaba como un lugar bueno para vivir, donde todo el mundo se conocía, “a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. Descripción idéntica a la de Macondo en la primera página de “Cien años de soledad”.

 

Realismo mágico

Mafalda Blanco dice que es feliz en el pueblo pero le gustaría vivir mejor. Igual que todos los habitantes de Aracataca, la señora carece de agua potable a pesar de que el municipio invirtió cinco millones de dólares en un sistema de distribución –en Colombia lo llaman acueducto– que iba a ser inaugurado por el presidente Juan Manuel Santos en octubre pasado, pero al probarlo horas antes sencillamente no funcionó; nunca salió agua.

“A los invitados especiales nos llamaron horas antes de la presidencia para decirnos que el acto de inauguración se suspendía por falta de agua”, recuerda Jaime García Márquez, hermano del Premio Nobel de Literatura y quien acudiría en representación de la familia a la frustrada ceremonia.

Sin agua potable, con una pobreza que afecta a más de 60% de la población y con una crisis del sistema de salud que relega a la mayoría de sus habitantes, Aracataca es un microcosmos de América Latina, como Macondo en “Cien años de soledad”, donde las desventuras y la fatalidad de la política superan a las más desmesuradas ficciones.

García Márquez, que tenía viviendas en la Ciudad de México, Cartagena, Los Ángeles y Bogotá, siempre asumió como su “casa” la vieja vivienda cataquera de sus abuelos Nicolás y Tranquilina, ubicada en la avenida Monseñor Espejo y que hoy es una casa-museo, el único atractivo turístico del pueblo.

El alcalde de Aracataca, Tufith Hatum, de abuelo sirio, padece una contractura en el brazo izquierdo. “Lo tengo hecho mierda”, dice, pero de inmediato aclara: “Con perdón de la palabra, pero si leíste a Gabito la conoces”.

–¿No le parece un acto de realismo mágico y muy macondiano que se haya debido suspender la inauguración del sistema de agua potable porque no llegó el agua a los ductos? –le plantea el reportero.

–Sí, puede ser –ríe Hatum–, pero la responsabilidad es de la administración anterior porque el proyecto no se ejecutó como debía. Digamos que hubo… malos manejos.

–¿Y no le parece muy macondiana esta respuesta?

Hatum, médico y político del tradicional Partido Liberal, que permanece a bordo de su camioneta frente a la Biblioteca Municipal Remedios La Bella, no para de reír. Tiene puesto al máximo el aire acondicionado, por lo que no chorrea sudor como todos los demás.

Es la trabajadora social y educadora Marlene López quien confirma: “Estas cosas, como la del acueducto sin agua, sólo pasan en Aracataca, igual que en Macondo”. Está convencida de que “Gabito no tuvo que inventar mucho para escribir ‘Cien años de soledad’. Aracataca es Macondo sin necesidad de buscarle mucho. Esto es puro realismo mágico”.

Y sí.

El Paseo de los Almendros tiene fuentes sin agua ni tuberías. Hay una estación de ferrocarril, pero la última vez que llegó un tren fue el 30 de mayo de 2007, cuando García Márquez vino a los festejos por los 40 años de la publicación de “Cien años de soledad”. Lo trajeron desde el puerto de Santa Marta, con Mercedes Barcha y una numerosa comitiva, en un tren pintado de amarillo.

Rafael Croda

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