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25 años de ordenación del párroco Ye Ehuán

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En mayo de 1990 se concretó un cambio radical en su vida, al dejar la profesión de maestro y ordenarse sacerdote, recuerda el párroco José Luis Ye Ehuán. Hace 25 años mi deseo fue servir a los demás, el que me llevó a dejar algo bueno por algo mejor: la docencia.

A una semana de su aniversario de plata, que presidió el Papa Juan Pablo II, hoy nuevo santo católico, evoca con nostalgia esa fecha, y reconoce que aunque ha tenido grandes momentos, tampoco todo ha sido bonito. En la iglesia también hay sinsabores.

Habla tras oficiar misa en cañaverales de Villamadero, a petición de la familia López Delgado, la que desde hace siete años le pide acuda a conmemorarla en honor de San José, aunque ese día se celebraba a San Marcos evangelista. Viste sencillo. Camiseta, pantalón de mezclilla y alpargatas. Algunos califican de mamarracho su forma de vestir.

Sonríe. Cristo vino al mundo de manera sencilla y es el camino a seguir. Le pido a Dios fuerzas para seguir sirviendo, “y cuando me llame, lo haga sirviendo, no colgado de un lecho de enfermo”.

Que los campechanos vivan su fe y recuerden a Dios habla a través de esos receptáculos, de esas vasijas frágiles. Que esa alegría que siento de poder servir a mi iglesia y mi pueblo querido, también lo sientan, adentrándose en el Evangelio y comunicándolo con amor. Sólo el que ama sirve, expone. Dios no quiere grandes cosas, sino humildad y sencillez.

 

CAMBIO RADICAL

De su radical decisión de dejar las aulas para dedicarse al ministerio sacerdotal, explicó que lo que más lo motivó fue el servicio. Eso me hizo un día prepararme para servir a la gente, independientemente de lo religioso. No puedo decir que me aproveché de la iglesia, institución maravillosa en donde su fundador ha dejado enseñanzas insuperables.

Son ya 25 años en los que mucha gente me conoce. Emocionado detalla que hace unos días encontró al  padre que lo formó, caminando por las calles de la ciudad. Fue mi rector y sirvió a la Iglesia más de 30 años. Ahora anda solo. Es el padre Enrique Pastrana. Lo salude, pensé que no me iba a reconocer. Me pidió le invitara a un granizado y platicamos. Dios mío, pensé, ese es el final de un sacerdote. Creo que los años vividos no tienen precio..

El tener muchos sinsabores no han hecho mella en el ánimo de seguir sirviendo. Han habido momentos álgidos en la vida de la Iglesia, superados por la inspiración y el amor de Cristo. Siempre he contemplado al crucificado caminando, tal vez por eso en mi invitación a celebrar mi 25 aniversario el próximo  nueve de mayo. Quise que aparezca cargando una cruz, aunque no soy digno. Cargaré también con las penas de los demás, y eso es lo más importante, servir.

 

FORMACIÓN PROFESIONAL

Mi formación humana ocurrió en la Normal de Hecelchakán. Ahí formaban a personas conscientes del servicio a la comunidad, pero sentía que me hacía falta el complemento espiritual. Tal vez por eso dejé el magisterio e ingresé al seminario.

Estuve muy cerca de los obispos. Don Héctor González, que me aprecia mucho, y cuando falleció mi madre me habló por teléfono y me dijo que estaba conmigo. Don Carlos Suárez, que nos impulsó, y ahí vamos en ese caminar espiritual de entrega. En donde más me he forjado fue en el seminario que nos tocó fundar, que ahora es una gran casa de formación.

Nostálgico, reseña que le tocó tumbar árboles desde las raíces con pico y pala. Hacer con sudor el campo de fútbol y la capilla. Nos fuimos formando, y uno de mis grandes maestros fue el padre Joaquín de la Serna y Serna. Un hombre cuya santidad se siente. Decía a las 11 ó 12 de la noche, vas tu o voy yo a ver a un enfermo. Voy yo padre, respondía. Y así me fue formando. Diez meses pasé con él, que se me hicieron como años, y me ayudó a ser tal vez el sacerdote que soy.

Después estuve con el padre de Santa Lucía, Bonifacio Jiménez, muy santo, que en un momento como que chocamos, porque era una persona grande y yo iniciaba el ministerio, pero me supo comprender y apoyarme.

En su enfermedad, un día me dijo: José Luis, yo no pedí que te cambien, estaba de acuerdo con tu trabajo. Ante su insistencia en el señalamiento le respondí, lo sé. Los cambios vinieron por bien de la Iglesia. Así los he mirado siempre.

Haber dejado Santa Lucía en ambiente bonito, de servicio, hacer jardines y cancha, reconstruir el altar mayor y concentrar a tantos jóvenes, lo llevo grabado en el corazón. Cuando se produce mi salida estaban tristes. Me llevan al aeropuerto, y casi todo el barrio se desbocó para despedir a un sacerdote joven que había estado 10 meses, pero que había hecho grandes cosas.

La acción era de la gente. Yo simplemente era el motorcito que estaba con ellos y sobre todo Cristo, que se quedó en ellos, y hasta la fecha son jóvenes, señoras y señores, que aún me quieren y me buscan. Muchos ya se fueron al cielo. Señoras grandes, pero era trabajar con todos. Gente grande, jóvenes y chavalillos. No decir mi línea especial son los grandes, porque son los que aportan, los jóvenes no, porque meten en problemas. No, era con todos.

 

ALENTAR VOCACIONES

Ye Ehúan mira al cielo. Piensa. Calla por unos segundos, y reseña que a su regreso va al seminario y lo encuentra diezmado. Nos pusimos a trabajar y retornamos con la promoción vocacional. Durante siete años promovimos las vocaciones en Campeche y recorríamos parroquias, capillas y llegamos a tener más de 100 seminaristas.

Hace pausa y se seca el sudor, ante el intenso calor vespertino. La temperatura es  superior a los 40 grados. Le ofrece agua de coco al reportero, que le fue obsequiada por los anfitriones, y retoma la plática.

Un día le preguntó un padre, no sé si con saña, ¿y en dónde están esos seminaristas? Le respondo, está Seleno, Saúl, Enrique, el párroco de Carmen, hay muchos que entraron, no todos perseveran, pero hay en la sociedad muchos de ellos que están sirviendo bien.

Después me envían a estudiar a Roma, y a mi retorno me asignan a Chiná, una parroquia que encuentro devastada. En mi primera misa habría como cinco personas. Me sobraban dedos de las manos para decirlo, pero ahí estaba doña Socorrito, un señor que no era de Campeche y otros más, y a empezar. Pico y pala, nos pusimos a pintar casas y poco  a poco se fue armando, y pasado tres años me dicen te vas, y la misma gente preguntaba por qué, y les decía que no lo sabía.

La gente no quería mi cambio. Hubo movimientos para impedirlo. El obispo lo había determinado y fue triste. Policías me custodiaron a mi salida. Me sentí mal, mis hermanos me preguntaban qué pasaba, y les decía tranquilos, regreso a saludarlos después. Fue experiencia difícil. La gente llegaba a mi casa a preguntarme si no me habían golpeado. No, estaba bien.

Decían que era injusto que me sacaran de esa manera, y les aclaré que no me sacaron. Salí caminando. Fue algo triste, difícil, pero lo llevo con alegría. Pasados los años me dicen mis hermanos, pensamos que ibas a renunciar, y les expresé no. Con más fuerza amé mi ministerio. Tan es así que llego a Nunkiní, ciertamente llevaba el coraje dentro por lo que me había pasado.

Agarre pico y pala, y me puse a excavar cimientos. Se hizo la otra sección de salones de catecismo y jardines. Me puse a trabajar. Cuando llegó el obispo al mediodía,  estaba trabajando bajo el sol. Me preguntó qué haces. Trabajando, no a eso me mandó, pero también el otro lo estoy realizando, le dije. La comunidad de Nunkiní es muy buena, linda. No sé en qué momento me metí en sus corazones, porque mucha gente voy y me aprecia.

 

TRABAJO DONDE ESTE

Mientras degustaba agua de coco para paliar el intenso calor, destaca que su objetivo es dejar huella en donde esté, con trabajo. Así, lo enviaron a Seybaplaya, y me decían que eran malos, sobre todo los de Villamadero, dice entre la sonrisa de los invitados al oficio religioso originarios del lugar, y les repuse que no, ahí vamos, donde Dios mande. Mi mística es trabajar y dejar constancia de ello en donde esté, y a Deo gratias.

Tengo experiencia maravillosa de Seybaplaya y sus comunidades, contento, y muchos preguntan que si me piden regresar lo haría. Con gusto, pero no sería igual, los años cambian, la juventud ha pasado y las fuerzas van mermando, pero si Dios te pone, porque no seguir sirviendo, aunque no sería igual.

De ahí me dice el obispo, te vas a Santa Ana y la obediencia ante todo. Estuve haciendo labor, atrayendo a la gente, y todos saben lo que hicimos, como el salón Juan Pablo II. El sueño de muchos años que se pudo concretar, poner los candiles en la iglesia y otras acciones, además de alentar con entusiasmo su viacrucis viviente.

Hice tres años, y de ahí me mandaron a Dzitbalché, en una situación un poco difícil. Ahí no son tanto los padres, sino que a la gente, como que le cuesta un poco acercarse a Dios, y lo han hecho, y me atrevo a decir que es gente muy buena. En este mes cumplo dos años ahí. He visitado las casas de todos, y en la Semana Santa hay muy buena respuesta.

Estoy contento. Eso refuerza mi ministerio, bendecido por San Juan Pablo II.

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