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Hacer ahumadores lo ayuda a olvidar sus enfermedades

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HOPELCHÉN.— Arrepentido por no haber incursionado desde joven en el oficio, Manuel Jesús Barrera Villamonte, de 72 años de edad, expresa que elaborar ahumadores para vender a productores de miel lo ayuda a olvidarse de los problemas médicos que lo aquejan. Esta actividad lo desestresa y le permite obtener recursos para su sobrevivencia y la de su familia.

Con un “bienvenido” nos recibe en su vivienda, construida a base de tierra roja revuelta con zacate, ubicada en la calle 10 de la colonia San Isidro, en la cabecera chenera. Suspira y relata que hace 44 años contrajo nupcias con Gloria del Rosario Canché Ye, y producto de esta unión nacieron Juan Santiago —que aún vive con ellos—, María Magdalena, Ruth Noemí y Manuel David.

Dedicado desde hace 10 años a esta actividad, don Manuel, ataviado con playera blanca, pantalón de vestir y gorra tipo ferrocarrilero en tono azul fuerte y ­­­alpargatas, precisa que sus principales materias primas son la lámina galvanizada y el cuero, pues garantizan durabilidad. Acompañado de su esposa, nos condujo a su taller.

Es el único artesano chenero que elabora manualmente ahumadores de diferentes tamaños, con los cuales los apicultores ahuyentan a las abejas para revisar las colmenas y extraer miel.

Sin apuros se instala en el espacio del patio asignado a sus labores, donde enormes árboles de aguacate indio, zapote, coco y lima agria brindan sombra y frescura. Recuerda que al pensionarse en el 2006, tras 24 años de trabajo en el hotel Los Arcos, ubicado también en la cabecera, tuvo problemas visuales que lo obligan a usar anteojos.

Se acomoda en su silla de madera, cerca del tronco que utiliza como mesa, se reacomoda los lentes, toma un ahumador para reparar, y agrega sonriente: “Ya con tiempo libre suficiente, por mera curiosidad elaboré mi primer trabajo para uso personal, pues fui apicultor 58 años hasta que un problema de salud me obligó a retirarme”.

Al principio reparé mis propios ahumadores, pero nunca pensé que con el paso del tiempo los fabricaría con fines comercializales, agrega.

Hace cinco años don Manuel sufrió derrame cerebral. “En ocasiones olvido lo que hago, como si perdiera la memoria, y solo veo con un ojo, pero este oficio me desestresa, pues desde temprana hora estoy con los martillazos dándole a la chamba. Solo cuando escasea materia prima me preocupo”.

Para los vecinos, el golpeteo del martillo se ha vuelto parte de cada amanecer, como si fuera el gallo que canta al salir el Sol. Son esos golpes los que despiertan.

En su taller, don Manuel Barrera hace uso de herramientas rústicas que él mismo confeccionó: dos tablas pegadas con ranura en medio, palo con puya para elaborar la tapa del ahumador y tubo de hierro para dar forma de cilindro a la lámina. Además, tiene taladro para agujerear y poner remaches.

Su esposa Gloria interviene y le dice: “Acuérdate que tu hijo Juan te regaló el taladro, para que no hagas mucha fuerza al perforar la lámina”. Don Manuel asiente, al tiempo que expresa: “Es cierto, mi hijo me lo regaló”.

Hace muchos años la familia Ramírez Rosado elaboraba artículos de lámina, entre ellos ahumadores, sin embargo, utilizaba herramientas de fábrica. A la muerte del patriarca cesó también la manualidad.

 

ENTRE CORTADAS Y CLIENTES

De los riesgos, Barrera Villamonte agrega que solo ha sufrido pequeñas cortadas con las láminas. “Nunca he tenido accidentes grandes. Incluso me doy cuenta de los cortes hasta ver sangre, porque el derrame cerebral me quitó sensibilidad. Tampoco siento los martillazos”, expresa y suelta sonora carcajada.

Henchido de orgullo presume que tiene clientes exclusivos, y no son pocos, pues hay apicultores de diferentes regiones del municipio que a temprana hora llegan a su casa, ya sea para llevar ahumadores para que los repare o para comprar nuevos. El mayor movimiento mielero se da cuando se acerca la temporada de cosecha, que es diciembre o en los primeros días de enero.

Los vecinos ya se acostumbraron a ver a cualquier hora camiones o camionetas cargados con tambores de miel, cajas y otros artículos propios de la apicultura.

Respecto a los precios, el artesano precisa que el pequeño cuesta 150 pesos, el mediano 200 y el grande 300. También tiene ahumadores cuadrados a 200. Para elaborar un artefacto requiere una semana. Los domingos no trabaja.

En ocasiones —prosigue—, me han traído a reparar ahumadores que venden en tiendas, los cuales son muy sencillos o corrientes.

Los problemas de la vista le han empezado a dificultar su trabajo, aunque no pierde la paciencia, porque es como un pasatiempo. Dirige la mirada al cielo y exclama: “Creo en Dios y tengo en él mi mejor protección, tanto para mí como para mi familia. Sigo vivo y hago lo que me gusta hacer gracias a él”.

 

SU FAMILIA

En el plano familiar —prosigue melancólico—, fuimos seis hermanos. Soy el más chico de los varones y me sobreviven tres hermanos, entre ellos dos mujeres. Los ya fallecidos eran los más grandes.

Tras el derrame cerebral vendió sus colmenas, lo cual le dio mucho tristeza, “pues amo a la apicultura como a mi familia”, exclama, y muestra al reportero una foto que le tomaron hace muchos años en su apiario mientras revisaba sus cuadros de abeja.

En un pequeño cuarto de su vivienda, don Manuel tiene en exhibición muchos ahumadores, pues se acerca la época de la castra de miel, y sabe que sus artesanías tendrán mucha demanda. Así seguiré hasta el fin de mis días, añade, y revela que siempre ha trabajado con recursos propios.

José Mauriel Koh Cot

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