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La Navidad que se fue

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Lo describe el cronista anónimo. Y, aunque lo relata en el presente de 1968, evoca las costumbres navideñas del pasado, principalmente las de las primeras décadas del siglo XX.

“—Ahora por todos lados vemos los guiños de colores que en algún rincón de las casas hacen los Árboles de Navidad —comienza relatando—.

“Antes no, pues eran los Nacimientos los que ocupaban casi la sala entera (salas que cuando eso eran inmensas), con su pesebre, su José y su María, sus Reyes Magos, sus pastores y ovejas, y ese conjunto simpático que variaba de casa en casa, según las aficiones y gustos de sus moradores”.

Relata que “el nacimiento de otrora era una joya de arte y los cantos un regalo al oído”, y describe, incluso, cómo en las primeras décadas de ese siglo veinte, sobre todo en cada Nochebuena y el día de los Reyes Magos, la gente se volcaba a las calles para recorrer los Nacimientos, ya bien a pie o en aquellos coches tirados por caballos trotones, para conocerlos y otorgarles ellos mismos (era muy democrático) los primeros lugares a los que a su juicio eran los mejores.

“Ahora las casas son chicas y, por consiguiente, las salas muy pequeñas —narra en otro apartado el redactor en el artículo aludido de 1968—, así es que el Árbol de Navidad ha derrotado al nacimiento, aunque en mi casa y en muchas otras existen ambos adornos”.

Hubo una época en que en la Ciudad de México, en los terrenos del famoso “Jockey Club”, existió un enorme ciprés que año con año, en las fechas decembrinas, sus moradores lo cuajaban de luces multicolores y, una vez adornado, era visitado por los capitalinos —especialmente por los niños— quienes gozaban viéndolo brillar esplendorosamente, cubierto una parte de alfalfa y de cebada, en medio de la soledad de la noche y del campo.

Se recuerda también, por otra parte, cuando al aproximarse la Navidad, los niños, de manera inocente, volvían sus ojos hacia el cielo para localizar las tres estrellas que eran la reencarnación de la epifanía, es decir, cuando Jesús se manifestó a los Reyes Magos, estrellas que aparecían clavadas en la inmensidad del espacio.

A la par de aquella ingenuidad surgían las pastorelas y las posadas, con su Virgen María y su señor San José, y con todas esas situaciones tan simples y sencillas que ahora, en estos tiempos, harían reír a los espíritus conturbados de la juventud que, en el fondo, quizás no conciban un sonajero en manos de alguna joven, ni un canto religioso en labios de otra.

Es natural y comprensible que muchos festejos y hábitos decembrinos hayan cambiado, otros hayan desaparecido, y algunos se hayan añadido. Tal es el caso, por ejemplo, de las pastorelas originales, aquellas cuyos contingentes eran encabezados por una niña o adolescente que iba vestida con un traje simbólico de color azul y con un manto que tenía estampadas varias estrellas. Ella era la que presidía la celebración en las casas donde bailaban y cantaban de manera muy discreta.

Algo similar ocurrió con los llamados aguinaldos, festejo que comenzaba en el momento mismo en que era fraguado el robo del Niño Dios, “pues la ingenuidad de los ladrones y ladronas no iba más allá de la propia ingenuidad de los dueños de la casa que a propósito ponían todos los medios para que su Niño Dios desapareciese del Nacimiento”.

La imagen iba de domicilio en domicilio, pidiendo baile, buñuelos, hojuelas y hasta música.

 

RECUERDAN

Hay quienes recuerdan cuando Diego Ramos con su mandolina, en aquella primera mitad del siglo veinte, iba de aguinaldo en aguinaldo, allí donde los jóvenes demostraban sus avances en las escoletas muy rococó de esos tiempos, escoletas que por cierto estrenaron los sonófonos de larga bocina y la famosas vitrolas que se pusieron de moda poco después.

Las posadas también marcaron su huella original, con grupos que incluso escenificaban las escenas de manera viviente en donde la joven que representaba a María iba en caballo, toda arreglada a la usanza bíblica. Y aquellos que por alguna circunstancia no podían hacer la representación, entonces llevaban al frente de la procesión un pesebre con las figuras de José y María, entonando con mucho entusiasmo los versos que componen las letanías, portando los integrantes del contingente sus velitas encendidas.

Luego de los tradicionales cantos, un grupo afuera de la casa pidiendo posada y otros en el interior contestando a la petición, eran abiertas las puertas del domicilio para disfrutar de las colaciones y los ponches, en medio de la música y las infaltables piñatas que eran casi siempre cantaritos o estrellas de siete puntas que simbolizaban los siete pecados capitales a los que había golpear y destruir.

Los festejos decembrinos, y especialmente la Navidad, tienen sus particularidades en cada región, y así lo hemos visto según el testimonio que nos han dejado cronistas y escritores, como es el caso de Charles Dickens, el más típico, que nos describió cómo tenían lugar estas costumbres en la Inglaterra del siglo diecinueve.

“Una Navidad la pasé en un pueblito norteamericano —nos relata un amigo—. Como no conocía a nadie y me costaba trabajo entenderme con la gente, me eché a caminar por las calles, pese al frío intenso que hacía. De pronto vi correr a un grupo de niños, igual que lo haría en Ciudad del Carmen o en Campeche o en otro lugar de mi Estado, rumbo a la calle paralela a la que transitaba.

“—Voy a ver qué ocurre —me dije. Y eché a caminar hacia allá.

“No sé, pero un hálito de alegría, de luz, de paz íntima, invadió mi espíritu. A distancia vi venir un trineo cuajado de luces, en que todo era blanco, e iba tirado por unos perros, y sobre el aparato un hombre vestido de Santaclós, que echó los rojos por la borda de los convencionalismos y costumbres, y hasta un simbólico rebenque o látigo.

“—Es un hombre muy rico, muy rico —me dijo un estadounidense, en su medio castellano. Y así debía serlo.

“Más lo extraño fue lo siguiente. En tanto el trineo no aparecía por las bien cuidadas avenidas del pueblo aquel, todo daba un aspecto triste, igual que cualquier otro día, monótono.

“Sin embargo, en cuanto empezó a sonar el cascabeleo del carrito y a oírse la campanita de plata, todo cambió. La ciudadanía, en general, reía; en la nevería los jóvenes bailaban; en las calles.

“Ojalá algo así se adoptase en Campeche y Ciudad del Carmen, algo que los hiciese distinto a las demás poblaciones, en un día como ese o como esos, en que uno sale a la calle a repartir las mejores de nuestras esperanzas”.

Daniel Cantarell Alejandro

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