Tribuna Campeche

Diario Independiente

Poco confiable el manual de asociación americana

La noticia despeja dudas, “el Manual de Diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría —dice la información— cada vez resulta poco o nada confiable”. El argumento se basa en que cada vez que este documento es revisado, los integrantes del comité agregan (“inventan”, dicen sus opositores) enfermedades a modo de los intereses económicos de la industria farmacéutica.

Y, claro, hay mucha razón en ello. Ya no se sabe, tomando como base dicho manual, cuál es el límite entre la normalidad y la anormalidad. Ahora resulta que las personas que tienen como hábito comprar en exceso o que permanecen mucho tiempo en Internet, están enfermas. Los creadores de tal idea confinan, por ejemplo, el hábito subjetivo o laboral como una adicción.

Y ahí está el equívoco. Han pretendido olvidarse que la normalidad es un rasgo de cultura. La vestimenta escocesa de un hombre se vería ridícula como uso cotidiano en un país como México. El concepto de belleza en una mujer africana es distinto en el occidente. Lo que en un lugar es normal porque es parte de su cultura, en otro parecería anormal porque no es elemento de su identidad.

Esto determina la diferencia. De aquí lo exagerado del susodicho manual. Por ello mueve a duda la insistencia de agregar cada vez más enfermedades, convirtiendo lo banal o insignificante en una entidad gravemente nosológica.

La timidez, por ejemplo, una actitud de carácter, se le etiquetó como una patología severa y desde 1980 se le conoce con un nombre rimbombante: “fobia social”.

El tráfico de enfermedades es evidente. Una expresión creada en 1992 por la periodista científica Lynn Payer a través de su libro “Disease Mongering”, en el que sustenta el interés de las empresas farmacéuticas por ‘inventar’ patologías o ‘exagerar’ la gravedad de síntomas o cuadros clínicos para después ‘curarlas’, inducción realizada por medio del marketing publicitario.

Aún cuando ninguna especialidad médica se ha salvado de este propósito, son los padecimientos ginecológicos y sobre todo los psiquiátricos los más proclives a esos intereses económicos de la industria farmacéutica. Ven la salud como un excelente negocio, y a los pacientes y a sus familiares como consumidores potenciales dispuestos a invertir con tal de verse curados.

La situación es alarmante. Hace algún tiempo leí que la Sociedad de Salud Mental de Estados Unidos había solicitado permiso al Gobierno para un estudio en trescientos niños en edad preescolar para valorar, bajo vigilancia médica, los efectos del metilfenidato, un psicoestimulante que es empleado para combatir el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) y la narcolepsia.

El asunto no se detiene. Otros datos estadísticos revelan que cada vez es mayor el uso de antidepresivos en niños a los que se les encasilla con el diagnóstico de ‘síndrome maníaco–depresivo’, lo que se ha dado en llamar, como si fuera un término de moda, ‘persona bipolar’.

A esos pequeños se les somete, muchas veces de manera indebida, a un arsenal farmacéutico peligroso.

No todo ha sido malo. No. Hay que reconocer que en otro extremo la industria medicamentosa ha contribuido con el mejoramiento de la salud.

La investigación en la búsqueda de fármacos más potentes para combatir diversas enfermedades es el mejor ejemplo de ello. Sus detractores lo reconocen, y por eso basan su antagonismo más bien en el interés mercantilista de las empresas.

Y no están equivocados. Al efecto benéfico de cientos de medicamentos que incluso han salvado vidas, se contraponen aquellos que han provocado enfermedades iatrogénicas.

Creo que la talidomida es el más visible de este criterio. Utilizado como sedante en la mujer que cursaba con hiperemesis gravídica, causó miles de malformaciones congénitas, sobre todo focomelia.