Tribuna Campeche

Diario Independiente

Isla, descrita por viajeros

En la Isla de Tris donde los religiosos celebraron la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, y para ello levantaron una gran cruz y un pequeño altar.

Flotaba en el ambiente la incertidumbre. Y no era para menos: aquellos religiosos se sentían demasiado extraños en esas tierras para ellos no sólo desconocidas, sino casi desoladas y misteriosas.

El lugar, ciertamente, era un paraíso por la exuberancia de la naturaleza, y aún cuando se habían topado con maravillas de esa región que en los mapas empezaba a aparecer con el nombre de “Términos”, creían sentir sin embargo la inseguridad ante ese peligro inminente que los acechaba a cada momento.

“—Hasta entonces solamente había venados y tigres e innumerables mosquitos… y muchos pescados y tortugas tan grandes… y muchas naranjas y limas y limones”, relata el fraile Francisco Ximénez, en referencia a ese lugar.

Los religiosos iban al mando de Bartolomé de las Casas y habían penetrado a la Laguna de Términos para cobijarse de la tormenta que los había sorprendido en la ruta que habían iniciado en San Francisco de Campeche y que los llevarían hasta Chiapas, tomando el rumbo de Tabasco. Era el año de 1545.

El relato es amplio, y además de narrar los periplos que tuvieron que pasar en esta zona y los amigables encuentros con los nativos de la comarca, describen la pródiga naturaleza que dominaba en toda esa zona, especialmente en la Isla de Términos o de Tris (ahora Isla del Carmen) donde lo primero que probaron fue “una frutilla silvestre que llaman icacos” y a la que compararon con la ‘cirgüela’ (ciruela), y en donde para protegerse de los mosquitos se vieron precisados a quemar mucha hierba por las noches y cubrirse “con pabellones de manta”.

Fue ahí en la Isla de Tris donde los religiosos celebraron la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora, y para ello levantaron una gran cruz y un pequeño altar, resultando interesante también la narración que hacen cuando cavaron un pozo a “un tiro de piedra de la mar” obteniendo suficiente agua dulce.

 

CRÓNICA

La crónica detalla con precisión otros sitios de la Laguna de Términos, lo mismo de Atasta que de Xicalango, o los maravillosos y exuberantes parajes que se dejaban ver en el curso de su itinerario.

“El camino era el más fresco que jamás hasta entonces habíamos visto —dice el fraile Ximénez respecto a Xicalango—, era todo cerrado de árboles de diversas maneras que no veíamos el cielo”.

Y añade que los indígenas les convidaban, para calmar la sed, “una frutilla que nace en unos cardos y sabe a granada agria (piñuelas)”.

Muchas otras vivencias en torno a la Laguna de Términos narra el fraile Francisco Ximénez, integrante de la Orden de los Predicadores, en su libro “Historia de la Provincia de San Vicente de Chiapas y Guatemala”, que reseña el recorrido de Bartolomé de las Casas desde Campeche a Guatemala.

Es bueno señalar que las descripciones de esta comarca y más específicamente sobre la Isla del Carmen las encontramos desde la época prehispánica, siendo el mejor ejemplo de ello el “Memorial de Sololá” donde el nombre de Zuyuá se erige de manera genérica en toda esta región.

En cuanto a la presencia gráfica, la Isla de Tris aparece por primera vez en el mapa realizado en 1519 por el piloto de la expedición de Alonso Álvarez de Pineda que es considerado, por cierto, como el mapa más antiguo que acerca del Golfo de México se conoce hasta ahora. Aquí, la isla se aprecia bien delineada.

Abundan, pues, los textos en torno a la Isla del Carmen, sobre todo de carácter testimonial que tienen un mérito mayor, como las descripciones y los relatos del contrabandista inglés William Dampier que nos transportan a ese ambiente que dominaba en la Laguna de Términos en el siglo XVII, de manera específica entre 1675 a 1678.

Las anécdotas de los piratas que en esa época vivían en esta región, la forma en que explotaban y comercializaban el palo de tinte, la arquitectura de sus viviendas, el estilo de diversión que tenían, y las estrategias que armaban para cometer sus fechorías, entre otros aspectos, forman parte de las reminiscencias de William Dampier, aunque, claro, son las descripciones de la naturaleza existentes en el libro las que más testifican la exuberancia del lugar.

“El lado norte del extremo oeste (de la Isla de Tris) está lleno de arbustos de ciruela de ‘coco’ y algunas uvas —narra Dampier— los animales son lagartijas, iguanas, víboras y venados… (y) cerca del mar se puede excavar en la arena a cinco o seis pies de profundidad y encontrar agua buena y fresca”.

Espléndido también es el relato que hace don Joaquín Prieto Isla en 1758 quien habla de la incomparable riqueza de la flora y fauna de la región, en uno de cuyos fragmentos dice:

“—La mayor parte son manglares, sobre las orillas de su circunferencia; lo demás del terreno abunda de cedros, jabines, icacos, guayos, palmeras, cocos y otras especies de menor consideración”.

No podemos pasar por alto los informes de Juan de Dios González en 1766 y de Gabriel Muñoz en 1767, quienes al describir la arquitectura del Castillo o Fuerte de San Felipe dentro del presidio de Nuestra Señora del Carmen, hacen alusión al aspecto geográfico de toda la zona, de los pueblos que entonces existían y, sobre todo, de la flora y fauna que a sus ojos resultaron imponentes.

De los viajeros que en el siglo XIX visitaron y describieron a la Isla del Carmen tenemos a John L. Stephens, quien dedica buena parte de su obra a este lugar al que llegó en 1840. Además de citar los datos geográficos, destaca la importancia que tenía no sólo para el Estado de Yucatán (al que entonces pertenecía) sino para toda la República Mexicana por la rica producción del palo de tinte en la Laguna de Términos.

“—Una docena de barcos se hallaban entonces esperando cargamento para Europa y Estados Unidos”, comenta en su texto el famoso viajero Stephens, quien añade que “la población está bien edificada y prosperando”, y luego de explicar la situación de los carmelitas respecto a las reglamentaciones que el gobierno federal le hacía a la comercialización de los productos que aquí se generaban, el autor aclara que “el anclaje es poco profundo pero seguro, y de fácil acceso para embarcaciones que no calan más de doce o trece pies de agua”.

En 1857 visitó la Isla del Carmen un viajero inglés, Arthur Morelet, quien igualmente se maravilló de la particularidad que ofrecía su naturaleza, e incluso, dentro del texto que le dedica a este lugar afirma que “había islotes de un verdor deslumbrador que se distribuían como satélites alrededor de la isla principal y servían de refugio a las aves acuáticas que se precipitaban sobre nosotros”, y añade que cuando ya se acercaba a la Isla del Carmen vieron él y sus acompañantes “el follaje de los cocoteros y las primeras casas de la ciudad”.

Morelet había arribado a la Isla para entrevistarse con el cónsul inglés, Mr. Johnson, de quien hace magníficas referencias y a quien a la vez le hace extensivo su agradecimiento y respetos pues “me proporcionó una hospitalidad cordial resarciéndome de mis tribulaciones marítimas”.

CONSULADOS

Por esas fechas ya había en la Isla del Carmen varios consulados y viceconsulados, principalmente de naciones europeas, que resguardaban los intereses económicos y políticos de sus compatriotas establecidos en este lugar.

Otro de los viajeros fue el francés Henry Laurent Riviere, quien en 1864 llegó a esta tierra insular formando parte del ejército de su país durante el proceso de intervención, permaneciendo aquí hasta fines de 1865, tiempo que le permitió llevar una bitácora de las operaciones navales que eran organizadas desde la Isla del Carmen para intimidar a las poblaciones que no les eran afines, como ocurrió con San Juan Bautista (después Villahermosa).

 

TIERRAS

Henry Laurent Riviere era Capitán de Navío, y durante el tiempo que permaneció en tierras carmelitas pudo conocer y tratar a muchas de las familias aquí establecidas, describiendo la ciudad desde el punto de vista urbanístico y las características sociales y culturales de sus habitantes. Es más: hace mención de la rivalidad que ya existía entre las poblaciones de Campeche y la Isla del Carmen.

“—Campeche, envidioso de Carmen, siempre ha querido tenerla bajo su dependencia —narra Henry Laurente Riviere—. Carmen estaba entonces, por una injusticia irritante, sacrificada a Campeche por una de esas complacencias políticas resultantes de la incertidumbre general de donde se estaría al día siguiente”, añade en su libro “La marina francaise au Mexique”.

Descripción igualmente maravillosa es la que hace don Francisco Cicero Escalante a través de sus “Cartas Carmelitas” que publicó en el periódico “La Esperanza” de la ciudad de Campeche. Fue un personaje que detalló con precisión las impresiones que tuvo cuando por vez primera, a principios de 1883, arribó a esta isla. Fue tal su atracción que aquí se quedó a vivir durante un buen tiempo.

“—Quien, como yo, llegue por vez primera a esta Isla, y sobre todo si viene de Campeche, no podrá menos de asombrarse al ver la cantidad de buques de diversas nacionalidades que hay en el puerto dispuestos a cargar palo de tinte…”, escribe Cicero Escalante en su columna periodística.

También es importante mencionar el libro de otro viajero, don Manuel Muñoz Lumbier, un compatriota que a principios del siglo XX se dedicó a recorrer las islas de la República Mexicana, y precisamente habla de todas ellas. En el caso de la Isla del Carmen describe la magnificencia del lugar y las características urbanas que poseía. Hace mención de la riqueza marítima y de la gran cantidad de embarcaciones que llegaban todavía a cargar el palo de tinte. La descripción corresponde a 1911.

Me llama mucho la atención la referencia que hace de un pueblo de indígenas que existía hacia el noreste de la ciudad, al que cita como “El Palmar”. Supongo que se ha de referir a una finca que tenía este nombre y en donde, en efecto, había mayas trabajando en el cultivo de la tierra. Por cierto que el propietario de esta finca o hacienda, además de favorecer la agricultura, tenía aquí una importante cría de caballos de raza pura.

Estos son algunos de los muchísimos textos que tienen una magnífica descripción en torno a la Isla del Carmen, incluso uno de 1987 que es un artículo publicado en el periódico “The Washington Post”, en donde unos periodistas estadounidenses llegan a nuestra ciudad para realizar un reportaje sobre la actividad petrolera, pero aprovechan su estancia para recorrer la ciudad y es así como describen su fisonomía urbanística.

Son todos, desde luego, testimonios que muestran la evolución de un pueblo que mira con devoción ese inmenso mar que ha sido, a través de los siglos, elemento histórico de su identidad cultural.

Daniel Cantarell Alejandro