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Añeja celebración

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Desde el templete de aquel rústico toldo, en franca armonía, los músicos se preparaban para lanzar las rítmicas tonalidades mientras la gente esperaba en la pista de baile:

—¡Para todos los presentes, este fox–trot! —gritaba don Edmundo Romellón que tocaba el clarinete, mientras los otros integrantes de la orquesta daban inicio a la melodía que ponía en movimiento a las parejas que disfrutaban de aquel ambiente carnavalero.

A don Edmundo lo acompañaban los hermanos Casiano y José del Carmen Cervantes, Filiberto Argáez y el viejo Azcuaga, este último con sus acostumbrados anillos y sortijas que adornaban los dedos de sus manos.

A unos pasos del templete se paseaba la bastonera, la mujer dedicada a entregarle a alguna joven un vasito con aguardiente picado ante los ojos de aprobación o desaprobación de su madre que la acompañaba o de la persona adulta que actuaba en esos momentos como su tutora.

La época, con su rigidez, así lo determinaba: ninguna jovencita podía acudir a un baile si no era acompañada de su madre o de alguna tutora que asumiese la responsabilidad pública de cuidarla y protegerla, y de velar que no bailase más de dos piezas con el mismo caballero.

Y todavía más, durante el Carnaval las jóvenes escondían tímidamente su identidad con antifaces o mascaritas y si era posible hasta con caretas para resguardarse de la voracidad de algún enamorado que tuviese la intención de ocuparla durante todo el baile.

De un fox–trot se pasaba a un cha–cha–cha o a un zapateado y si fuese posible hasta a una jarana, y había grupos de la localidad que, como parte del espectáculo, cimbraban la pista de emoción con el ritual de la vaquería.

El toldo se convertía en un pandemonium. Por allá, en el otro extremo, frente al templete, estaba la mesa de nances curtidos del popular Colita, y muy cerca el puesto de sodas de Chaaxpol, mientras que en una de las esquinas dominaba el negocio de comida de El Gato Negro, y casi a un lado estaba la refresquería del inolvidable Bernabé.

Nada más simpático que don Segundo Vadillo y Carmen García disfrazados de mestiza o de gitana, que tales fueron sus disfraces preferidos. Si alguien, por alguna circunstancia, no deseaba elaborar su disfraz, entonces recurría a las casas de alquileres donde podía encontrar toda clase de vestimenta, especialmente el popular “dominó”, que así era llamado una simple bata y una capucha, ambas de color negro, muy en boga por su simplicidad.

Los paseos de Bando eran verdaderos recorridos de elegancia, de belleza femenina y donaire de los participantes, además de buen gusto en el diseño de los carros alegóricos. “El Ronco” Ortega fue quien, por muchos años, tuvo a su cargo la elaboración de los montajes de las calesas, victorias, carretas y hasta carretillas que eran utilizadas durante los recorridos de Carnaval, todas de filigranas que era su especialidad.

En 1934 diseñó un hermoso y colosal cisne, una figura que hasta el cuello parecía un derroche de anatomía y buen gusto a la vez, narra al respecto el periódico “Orientación”.

El Martes de Carnaval, que era prácticamente el último día de la festividad, la Batalla de las Flores asumía el control de la tradición al término del Paseo de Bando, sobre todo entre las jovencitas que integraban los diferentes carros alegóricos donde se lanzaban puñados de lirios y rosas, cuyos pétalos caían en sus pechos o cabellos, mientras “en su boca un clavel mordido insinuaba a sus enamorados lo encendido de su pasión”.

Mientras en el parque principal del puerto, el “Ignacio Zaragoza”, también se armaba la batalla entre quienes circulaban en sus tres pequeñas, lanzándose huevos rellenos con Agua de Florida o Kananga, o incluso con harina y confeti.

La Batalla de las Flores sería sustituída paulatinamente a partir de 1917 por La Pintadera, hasta desaparecer de manera tímida a finales de la década de los años 30 del propio siglo veinte.

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