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Paleodieta: comer como hombre de las cavernas

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Algunos nutricionistas recomiendan volver a los orígenes del hombre y comer como en el Paleolítico.

Los hombres del Paleolítico no comían nuggets de pollo, macarrones gratinados o leche en brick y, sin embargo, vivían muy sanos. Pocos años sí, pero eso dependía no sólo de la alimentación, sino también del entorno. La paleodieta propone recuperar esos hábitos alimenticios de los hombres que habitaban el planeta antes de la era agrícola.

Habrá quien piense que recolectar raíces y frutos silvestres o descarnar bisontes previamente cazados para prepararlos asados al aire libre no parecen tareas fáciles de ejecutar para el hombre moderno. En realidad, el planteamiento es más sencillo. Hay nutrientes que llevan con el ser humano desde hace 76.000 generaciones, como son carne, pescado, huevos, frutos del bosque, verduras o frutos secos. Otros, llevan apenas 300 generaciones y son los alimentos procesados, azúcares refinados o aceites vegetales, y todos coinciden en que no son nutrientes de calidad.

El creador de la corriente paleodietética es el científico estadunidense Loren Cordain, quien sostiene que la dieta óptima es aquella para la que estamos preparados genéticamente, y defiende la necesidad de recuperar la sensibilidad a unas necesidades vitales que se han perdido en la vida moderna: Hay que comer con hambre y beber con sed, hacer ejercicio y recuperar la líbido.

¿Qué comer entonces (y qué no) para seguir una paleodieta? Carbohidratos, proteínas animales y grasas. Están permitidas todas las verduras, frutas, frutos secos y algas comestibles. Entre seis y ocho veces por semana, pescado, a ser posible cuatro o cinco veces azul y el resto blanco. Marisco también se puede, pero nada frito. Lácteos, legumbres y cereales no son imprescindibles, aunque se pueden tomar de manera puntual.

Hay que comer solo tres veces al día y, por supuesto, no picar. Que en el Paleolítico no había barritas energéticas bajas en calorías.

Sobre las bebidas, fundamentalmente agua, pero sólo cuando se tenga sed. Eso de ir a cuestas con el botellín o dejarlo en la mesa de la oficina para ir dando sorbitos hasta completar los dos litros por obligación no es nada paleolítico.

La leche tampoco está bien vista una vez pasada la etapa del amamantamiento y, de hecho, el ser humano es el único mamífero que continúa bebiéndola una vez que pasa la niñez, con el planteamiento de que todo lo que aporta un vaso se puede encontrar entre esos alimentos que llevan con el ser humano desde hace 76.000 generaciones.

Con respecto a la leche, el profesor Martínez, primer español que va a presidir la Unión Internacional de Ciencias de la Nutrición, añade que “no es esencial, pero sí conveniente” porque, si bien el calcio puede encontrarse en otros alimentos como los frutos secos o las espinas de determinados pescados, “es más fácil beber dos o tres vasos de leche que comerse dos latas de sardinas al día”.

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