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¡Viscosos, pero sabrosos!

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Arrastrándose o brincando por el piso, por lo general los insectos no suelen ser los mejores amigos de los seres humanos. Pero eso no significa que ambas especies no puedan compartir la mesa en santa paz, siempre y cuando sean estos últimos los que se coman a los primeros.

En estos tiempos hay que darle un giro a las incondicionales botanas que han de acompañarnos tanto en las buenas como en las malas. No hace falta experimentar con platillos de otros lugares, pues la gastronomía mexicana es tan amplia que no deja de sorprender.

Una de esas sorpresas proviene del sur y del centro del país, con orígenes en la época prehispánica. Se trata de la cocina que utiliza insectos como ingredientes, mejor conocida como entomofagia, que engloba la práctica de comer arácnidos y artrópodos en general.

En la ciudad son varios los restaurantes que convierten a los bichos rastreros en suculentos bocadillos. Quizá para los que no están familiarizados con esta práctica, la sola idea puede provocar una sensación de asco, pero la realidad es que los paladares más experimentados dan fe de que los insectos no solamente son comibles, sino unos manjares.

El chef Julio Sánchez, encargado de La Tequila, lleva poco más de dos años trabajando en el restaurante de cocina mexicana tradicional y contemporánea, donde se vende desde barbacoa hecha en horno de tierra hasta nuevos experimentos que llegaron para quedarse, como el atún caramelizado.

Una característica que los distingue son sus platillos a base de insectos. Los tres que están permanentemente en la carta son las quesadillas de chapulines, los escamoles (hueva de hormiga) y los gusanos. “Cuando no hay los ingredientes en Jalisco, nos los traen de Hidalgo o de Puebla, a veces incluso de Oaxaca”, dice el chef sobre cómo se surte de estos exóticos ingredientes.

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