Tribuna Campeche

Diario Independiente

A la tierra de María Sabina

La “velada” es una ceremonia que hay que tomar con mucho respeto. Los “santitos” son encarnaciones reales del dios supremo

Huautla de Jiménez ya no es la comunidad rural que descubrieron Bob Dylan, John Lennon, Mick Jagger o Keith Richards. Ya no hay casas de techo de palma; ahora proliferan construcciones de tabique en accidentada geografía.

Las calles son angostas, empinadas con cientos de escalones que intentan llevarte al cielo.

Rodeado de poderosas montañas que rasgan las nubes y las transforman en neblina, este singular poblado es tierra de chamanes, de hongos llamados “santitos” y hogar de su sacerdotisa María Sabina.

El clima es frío, hay que estar abrigado y preparado para la lluvia, el color de su vegetación es de un verdor intenso, el pueblo es muy tranquilo y se encuentra a seis horas de la capital de Oaxaca y a 12 horas de la Ciudad de México.

 

Día 1. Cerro de la Adoración y Casa de María Sabina

La mayoría de los habitantes todavía se comunican en lengua mazateca, conservan costumbres y tradiciones ancestrales, la principal explica Hitler, mi guía, indígena de etnia mazateca, es rendir culto a la naturaleza y a los seres espirituales benefactores y guardianes que en ella se encuentran.

Observo a las mujeres utilizar huipiles adornados con listones de colores que representan la ropa de la Virgen de Natividad que se encuentra en la catedral de Huautla.

Antes de visitar la cabaña que habitó María Sabina, situada en lo alto de una loma, voy primero con dirección al llamado Cerro de la Adoración. Luego de tomar taxi y de caminar en subida poco más de 30 minutos, encuentro en la cima un altar prehispánico ubicado junto a la imagen de la Virgen María, rodeado de un inusitado paisaje que abarca casi toda la región.

Este sitio, explica el guía, “es un lugar sagrado, de pedimento y de agradecimiento. Aquí hay que venir con respeto y devoción”.

“Los habitantes de Huautla de Jiménez piden y agradecen al espíritu benefactor Nindó Tojko Xó, también conocido como el Padre Trueno, dueño de cerros, lluvias, montañas y ríos, las lluvias, prósperas cosechas y favores recibidos”.

“Las ofrendas que se entierran son paquetes llamados ‘bultos mágicos’. Llevan cacao; huevo de totola o de guajolote, que personifica al sacerdote que danza y habla con el espíritu benefactor; plumas de guacamaya, porque esta ave se considera mensajera de dioses; papel amate utilizado para grabar las palabras del curandero; como protección se agregan hojas molidas llamadas San Pedro y semillas. Todo envuelto en hoja de plátano con hilo blanco en cruz, como un cordón umbilical. Al enterrarse, se dejan flores y se encienden velas de cera de abeja que dan vida y luz a la ofrenda”.

De regreso al pueblo encuentro la cabaña de María Sabina, pero no me permiten conocer su interior. Ella nació el 22 de julio de 1894 y murió el 23 de noviembre de 1985. Su popularidad se debió a que un viajero llamado Robert Gordon Wasson, publicó en 1968 su experiencia con los hongos, guiado por esta famosa chamana que no hablaba español y vivió de manera humilde.

 

Día 2. Sótanos de San Agustín

Viajo con dirección a la comunidad de San Agustín para conocer enormes cavernas llamadas sótanos, ríos, además de pozas y cascadas. Aquí siempre hay que contratar un guía de la comunidad, el riesgo de perderse, de sufrir un buen resbalón o mordedura de víbora es grande.

Mi guía se llama Virgilio. Hay que descender y caminar a través de cavernas. Muchas, explica, no tienen nombre y jamás han sido exploradas en su totalidad, sólo contados equipos de espeleólogos han recorrido una parte de sus entrañas.

 

Día 3. Cascada La Regadera y la velada

De regreso a Huautla de Jiménez viajo ahora para conocer el Mirador Chapultepec y continuar a una imponente cascada llamada la Regadera que alimenta a un caudaloso río. Luego decido conocer la tumba de María Sabina que luce triste, abandonada y sin flores.

Las veladas, explica Antonio Pineda, chamán y anfitrión, “sólo se llevan a cabo en Huautla de Jiménez. Es un ritual nocturno de ingesta de hongos llamados “santitos”, encarnaciones reales del dios supremo que sirven para sanar el alma y el espíritu.

El rito es parecido a una misa; las personas que acompañan al paciente o comensales no duermen, rezan casi ocho horas para pedir protección y se intensifica cuando comienzan las alucinaciones”.

“Se utiliza una Biblia, agua bendita, copal, velas, hojas molidas que llaman San Pedro, que preparan para ahuyentar a los malos espíritus, hojas de limpia, cacao, alcohol, plumas de guacamaya, flores y huevos de totola y de gallina.

El altar se ubica al oriente, por donde sale el sol y donde se encuentra el Padre Eterno, y al poniente el maligno”.

Arturo Soto Gálvez