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Brasil fue comparsa sin carnaval

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RÍO DE JANEIRO, Brasil.— El 8 de julio de 2014, a partir de las 18:45 hora local, luego de la derrota cataclísmica de su equipo más amado ante Alemania en su penúltima actuación mundialista, la feligresía futbolera nativa de Brasil enmudeció, iniciando así una jornada sombría por el camino de los muertos en busca de la resurrección.

Esa es la cruda vuelta a la realidad del fútbol brasileño, tras ser víctima de una caída contundente, como jamás la había tenido a lo largo de una historia tachada con cinco estrellas doradas en una veintena de torneos, desde su inauguración en 1930, donde, como un presagio negro, debutaron con derrota por 2-1 ante Yugoslavia.

Desde entonces, 14 de julio de ese año, una fría tarde en Montevideo, capital de Uruguay, la ilusión no dejó de crecer entre esos jóvenes futbolistas encabezados por Fausto dos Santos y Joao “Preguinho” Coelho, a quienes ya no les tocó vivir una decepción consumada dos decenios después.

Este sería el “Maracanazo” de 1950, cuando las armas uruguayas se cubrieron de gloria en las piernas de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Gighia, quienes hicieron llorar a millones de brasileños, representados en la ocasión por 173 mil almas en pena que dejaron el recién inaugurado Estadio “Mario Filho” en medio de un silencio sepulcral.

Con esa herida sin cicatrizar, a tres días de cumplirse el sexagésimo cuarto aniversario de lo acontecido, luego de tantos años sobrevino el tiro de gracia por cuenta de los jugadores de Holanda, dirigidos con inteligencia por Louis Van Gaal, quienes, como en día de campo óptimo para recoger tulipanes en la ordenada campiña de su país, despidieron a Brasil con un 3-0 conmovedor.

Ya no fue estremecedor porque el estremecimiento, la sacudida, el cataclismo, ocurrió cinco días antes, el 13 de julio, y como una forma de reivindicación al 7-1 reciente, Luiz Felipe Scolari y los suyos estaban obligados a jugar el encuentro por el tercer lugar en la tabla de posiciones, ése que “nadie quiere jugar”.

Tal vez el único personaje que hubiese deseado sustituir a Van Gaal o Scolari pudo ser Miguel “Piojo” Herrera, seleccionador de México.

“No estaría nada mal haberse conformado hasta con el noveno, pues quedamos décimos en esta edición de la Copa FIFA Brasil 2014”, razona un empobrecido viajero mexicano, con todo y penacho emplumado, antes de hacer las maletas de regreso.

¿Será suficiente más de medio siglo para que, a futuro, Brasil se recupere de esa decena de goles aceptados en la persona de Julio César Soares en dos juegos, cuatro de ellos en seis minutos ante los alemanes? A esos había que sumar uno que recibió de Croacia en el partido inaugural, y otro de Camerún, también en la fase de grupos.

Las 10 anotaciones recibidas en los últimos dos partidos son equivalentes al total de goles aceptados por la “selecao” en sus 17 enfrentamientos anteriores, con Julio César enrolándose en la lista de los tres porteros con más goles en contra en copas del mundo, sólo superado por Antonio Carvajal, de México, y Mohammed Al Deayea, de Arabia Saudita, ambos con 25 cada uno.

Brasil se quedó con el alma y las manos vacías, con la siempre fiel “torcida” dándole la espalda, como nunca antes lo había hecho que, llorosa y rabiosa al mismo tiempo, arrojó las camisas “verdeamarelas” sobre las gradas del Estadio Mané “Garrincha” de Brasilia, escenario de tan tristísima despedida.

El país de la samba y el pandeiro, su gobierno, los dirigentes de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), la afición completa, los creyentes y no creyentes, los entrenadores, los mismos futbolistas, la nación en su totalidad, se preguntaban en “shock” ¿si éso era una forma de jugar?

Todos los brasileños están agremiados en la pena, en su momento más oscuro, aunque tengan noches claras de luna —hermosa, redonda, enorme, dorada— sobre las playas de Copacabana, sin que la constelación del Cruzeiro do Sul ilumine con sus destellos desde el firmamento los ocho millones y medio de kilómetros cuadrados de un territorio único, merecedor de otra suerte.

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