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Persisten saqueo y destrucción de montículos arqueológicos

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Una lámina con letras desmoronadas anuncia la proximidad del sitio arqueológico de Calakmul, en Campeche. Se lee Alaymul en el único letrero en el camino… Visibles son las huellas del tiempo y del olvido en una zona desacostumbrada aún a ser Patrimonio Mundial Mixto. Es también un aviso de que ha concluido el tramo por carretera federal y habrá de sortearse por más de una hora una ruta pedregosa, cuyo zarandeo contrasta con la armonía de la selva.

Más allá de la fascinación del paisaje, a partir de este crucero se han tejido historias oscuras: de quemas forestales, saqueos y pugnas entre autoridades y ejidatarios por dinero del turismo o negocios de transporte.

Aquí el trabajo cultural y natural ha ido a contracorriente del administrativo y del legal.

“Si organizamos plantones es porque el Gobierno local ha llegado a secuestrar ejidatarios; lo que quiere es quedarse con todo el pastel. Hoy el ejido, la Secretaría de Turismo, el INAH y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas viven pelándose, a ver quién es el más chingón, y así el desastre no se arreglará”, dice Eduardo Damián, comisario de Conhúas.

En el centro de la disputa están los más de cinco millones de pesos anuales que, en promedio, se obtienen sólo por concepto del acceso a la Reserva de la Biosfera; sin contar el transporte de turistas en los 60 kilómetros finales del trayecto, lo que también ha sido motivo de desencuentros.

Conforme a los registros del ejido de Conhúas, de paso obligatorio para llegar a Calakmul, durante el último año 45 mil visitantes —37 mil adultos y ocho mil entre menores de edad, ancianos, maestros y estudiantes— han visitado la Reserva. Este flujo representa sólo para los ejidatarios más de un millón 150 mil pesos al año. Desde noviembre de 2012 cobran 28 pesos para ingresar al área, cantidad que debe sumarse a las cuotas impuestas por Conanp e INAH…

“El pago de la entrada ayuda mucho a los ejidatarios pobres, los turistas lo entienden pero no los políticos. Sólo defendemos un poco lo que ya nos han quitado, porque el Gobierno Municipal comenzó a cobrar desde 1994 y todo se lo clavaba. Cuando abrimos los ojos pedimos lo justo, dijeron que nos darían el 50% de ganancias, pero sólo nos engañaron, fue como echarle un poco de aceite a una tortilla”.

—¿Qué hacen con más de un millón de pesos al año?, se le pregunta.

—Construimos la caseta, el baño y los estacionamientos, y lo usamos para mantener el camino: ahora está un poco cerrado por tanta lluvia y maleza, pero en Semana Santa lo teníamos limpiecito; damos salario a las personas que cobran y al de limpieza… Ya el sobrante lo repartimos entre 190 ejidatarios, les damos 300 pesitos cada dos o tres meses, depende lo que salga, porque el turismo varía. Y hasta hacemos una que otra obra para la gente…

—¿No deberían ser las obras responsabilidad del Gobierno Municipal?

—Nos tienen privados de todo y luego nos exigen muchos impuestos… Cuando Baltazar González (hoy edil de Calakmul, por el PRI) estaba en campaña, prometió que nos daría el 100% de la caseta, pero como no ganó en Conhúas volteó bandera y decidió que no recibiríamos nada y a cada rato nos lo restriega en la cara. Tuvimos que tomar el control por la fuerza.

—¿Hay manos externas metidas en el botín?

—Somos puros de aquí, hasta creamos un Comité para el manejo de recursos… Quisiéramos que el turista no hiciera tantos pagos, que sólo fuera uno, pero las autoridades nos mandan minutas y quieren todo a favor.

 

AMIGOS Y ENEMIGOS

Las concesiones de transporte han encerrado también negocios entre amigos: así ocurrió cuando los dueños de la cadena de hoteles Chicanná, que opera en la región, muy cercanos al gobernador en turno, recibieron el permiso para trasladar camionetas a la zona y ofrecer un servicio único y obligatorio a los turistas.

“Se privatizó la entrada a Calakmul”, cuenta Antonio Castro, uno de los custodios de las ruinas… Pero el nuevo tesoro inquietó a funcionarios de la Secretaría de Turismo local y a los lugareños, originándose más altercados. Entre jaloneos, un grupo de 27 ejidatarios organizó una transportadora que ha resultado manzana de la discordia al interior del pueblo.

“No hay aquí quien ponga orden, todos jalan agua para su molino”, resume “Tony”.

La Reserva de la Biosfera de Calakmul tampoco ha logrado del todo sacudirse el fantasma del saqueo y la destrucción de montículos arqueológicos que tuvo su punto máximo durante las décadas de 1950 y 1960, cuando incontables estelas fueron cortadas con sierra para transformarlas en bloques delgados fáciles de transportar, con mercado en Europa y Estados Unidos. Aún así, la zona núcleo tiene en la actualidad 35 estelas, el mayor número en un sitio maya.

“En aquella época hubo un saqueo indiscriminado en la región chiclera, las cortaban y se las llevaban en valijas diplomáticas: franceses, italianos y gringos”, narra Daniel Pat, arqueólogo del INAH.

—¿Y qué ocurre en la actualidad?

—Han bajado en un 60% las denuncias por saqueo, pero todavía es fomentado por coleccionistas de piezas clandestinas, que incitan a la gente a escarbar en busca de platos, vasijas y esculturas en piedra. Y es muy mal pagado….

En los últimos años se han registrado hasta 50 peritajes anuales por saqueo, en un territorio generoso en vestigios y reliquias ancestrales.

Desde lejos, las miradas también se han dirigido hacia la exuberancia forestal: el desmesurado interés por la madera —tanto en el extranjero como en las grandes capitales del país— ha orillado a los aldeanos a consumir el bosque en secreto, metro a metro, aunque al final se han vuelto sólo eslabones de una cadena de explotación: paga mínima, exigencia máxima.

“Hay ejidatarios que lo hacen de manera escondida, la mayoría por necesidad. Toda esa madera se la llevan para otros lados, lo mismo el carbón. Las autoridades hablan de conservación, de Patrimonio Mixto, de que ya dejemos de tumbar cinco o diez hectáreas pero a veces no hay otra salida”, dice Eduardo Damián.

 

FUTURO

Pese a los descuidos, es tiempo de deslumbrarse ante el embrujo de Calakmul: sus lirios y sus pavos, sus orquídeas de agua milagrosa… Y los mil jaguares en libertad.

“La declaratoria de la Unesco debe traducirse en una política de conservación hacia este sitio único. Es responsabilidad mundial —dice José Zúñiga Morales, director de la Reserva—. La belleza de los elementos naturales y culturales tendría que ser aprovechada para impulsar una visita ordenada de turistas especializados que deje beneficios económicos a las comunidades. Estamos ante el reto de demostrar cómo el manejo que dieron los mayas a la biodiversidad puede hoy mitigar el cambio climático”… (La Crónica).

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