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Olvidado El Cafetal, antigua ciudad maya

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FELIPE CARRILLO PUERTO, Champotón.— Oculta en la selva media-baja permanece una antigua ciudad maya que floreció en esta apartada región, y que sus pobladores han bautizado como “El Cafetal”.

Ocupa una superficie de cuatro hectáreas sus más de 80 montículos semienterrados, en espera de ser recatados para mostrar al mundo su esplendor.

Hace más de una década personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) confirmó que se trataba de los vestigios de una civilización maya. A esa confirmación no siguió el anuncio de que sería protegida la zona, por lo que muchos montículos han sido saqueados por traficantes de piezas arqueológicas.

Con el paso de los años ha crecido la vegetación, no la maleza, cuentan los pobladores, que señalan que aunque se prohíbe la caza y la tala, autoridades del INAH no se preocupan por el rescate.

La Junta Municipal de Felipe Carrillo Puerto cuenta con población cercana a los tres mil habitantes, muchos de ellos de origen maya, quienes ven con buenos ojos que la autoridades competentes se aboquen al rescate de estas “ruinas”, asentadas a nueve kilómetros, dentro de la zona de cultivos.

 

LEGADO ENTERRADO

El  crujir de la hojarasca que sucumbe al peso de las pisadas rompe como cuchillas el monótono silencio. Se respira aire místico, extraño. Las ligeras ráfagas de viento llevan aroma. A sabor de campo, de yerba fresca. Caminando, los reporteros se adentran a lo que se define como selva media-baja.

Ante sus ojos,  como desafiando al tiempo, visualizan  montículos que superan los veinte metros de altura, y muy probablemente los  150 metros de base. El sitio está lleno de numerosos vestigios arqueológicos. En conjunto suman más de 80. Una diversidad de tamaños, todos de forma piramidal.

Bajo los incandescentes rayos del sol, que como flechas hieren la piel, el reloj marca el mediodía. Se inicia el recorrido por un camino de terracería. Por momentos el polvo,  que lastima ojos, bocas y narices, obliga a disminuir la marcha del vehículo.

A derecha e izquierda  la tierra ya arada y sembrada, como esposa en espera del fruto concebido, cifra su esperanza en las lluvias para ver nacer el maíz, la calabaza o el frijol.

El obturador de la cámara se abre y cierra. Imposible capturar en toda su dimensión las formas piramidales de las decenas de vestigios arqueológicos. Enormes árboles los rodean y operan como badeles. Varios de ellos, como niños agarrados de las faldas de mamá, se aferran con sus raíces hasta las “entrañas de las ruinas”.

Es precisamente la sombra de los árboles de zapote, caoba, ramón,  jobo o el enorme cantemó, lo que no permite que la maleza invada el lugar… La vegetación es amplia.

Se apuran los pasos. Hay urgencia, avidez por recorrer la zona. A la distancia, libre de árboles o maleza, una “pared” del vestigio presenta un considerable hueco. Sin ninguna duda, es la “huella” de un saqueo pasado o quizá del presente inmediato.

Es este hoyo en el “muro” lo que permite visualizar en detalle las piedras labradas. A escasa distancia nuevos indicios de saqueo. Una de sus laterales prácticamente derribada por la mano del hombre, donde un pequeño mono  yace inerte en el suelo. Por resquicios en la “pared” se atisba el interior de la “ruina”. Muy poco o casi nada se ve. La oscuridad es total.

Se alcanza la cima en uno de los vestigios más grande y más alto. Desde ahí se observa el grave deterioro. Saqueadores en su afán de encontrar los “tesoros perdidos”, no tuvieron empacho en destruir piedra a piedra la parte superior.

En donde están las ruinas de El Cafetal no se permite ningún tipo de actividad, porque puede afectar la zona. Son cuatro hectáreas que la gente de Carrillo Puerto decidió conservar como su “área protegida”. Cerca hay ranchos y parcelas, pero nada más.

“Somos los ejidatarios los que cuidamos el lugar, y a cualquiera que veamos sospechoso lo interrogamos e invitamos a salir de la zona”, señalan algunos pobladores.

“Nos interesa mucho cuidar la zona arqueológica”, añaden. Estamos seguros de que es muy importante, y por eso ya estamos en busca de autoridades competentes que vuelquen su mirada hacia este lugar.

El bajar y subir o el subir y bajar hace estragos, y exige un alto obligatorio. Las conclusiones al caso, la invitación a “cenotes” cercanos. Una nueva caminata entre árboles diversos permite ver una oquedad de gran tamaño que alberga agua color verde y patos y garzas que temerosos emprenden el vuelo.

En la frondosidad de los aparentemente centenarios árboles, una familia de monos se mece de rama en rama. Metros más adelante otro receptáculo de agua, lejos, muy lejos de ser cenotes, alberga el agua. A las aves y los peces no les ha de importar si el líquido es cristalina o no. Basta con que el sitio no se seque.

De nueva cuenta el transitar de los nueve kilómetros de un camino irregular que  conduzca al medio urbano. El mismo “bamboleo”, el mismo polvo, y atrás ha quedado una zona arqueológica que las autoridades del Instituto Nacional de Antropología e Historia tienen olvidada.

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