Tribuna Campeche

Diario Independiente

Aparece la ASPA

Con volúmenes de cosechas que superaban las 40 mil toneladas y ante la necesidad de darle certidumbre financiera a los productores, éstos se organizan y conforman 17 sociedades de crédito, al tiempo que se construye el molino de arroz en Champotón bajo la razón social “Asociación de Sociedades Productoras de Arroz” (ASPA), todo en 1972.

Para estas fechas, el cultivo pasó de semintensivo a intensivo en el Valle, cuadrículas, lotes de 400 a 500 hectáreas contaban con mecanizado, la tecnificación había hecho presencia y dejaron a un lado el método de tumba, roza y quema.

Con la tecnificación de la actividad surgen instituciones crediticias como los bancos de Crédito Ejidal, Agrícola y Agropecuario. Cada uno por su parte otorga créditos a las 17 comunidades asociadas con el molino: Hool, Zapote, Moquel, Sihochac, Arellano, Pustunich, San Dimas, Santa Cruz de Rovira, Champotón, Vicente Guerrero, José María Morelos y Pavón, Aquiles Serdán, Revolución, Xbacab, Ulumal, López Mateo y Pixtún.

Quienes tenían la facultad decidieron “desaparecer” los bancos Ejidal, Agrícola y Agropecuario y fusionarlos. Así nació Banrural, para otorgar créditos para el cultivo de la gramínea, recordó.

Por mala administración, planeación, organización, desconocimiento u otras razones, los productores y las comunidades sujetos a crédito caían en cartera vencida cada  año. Llegó el momento que tal situación no era sostenible, y los créditos dejaron de fluir.

“Empezó la debacle arrocera”, sostiene Jesús Sansores Domínguez, en esas fechas inspector de campo de  la Aseguradora Nacional Agrícola Ganadera (Anagsa), defraudada por la Sociedad “Tumbo de la Montaña”, cuyos socios alcanzarían importantes posiciones en el gobierno de Salomón Azar García.

José Esquivel Pérez, productor arrocero y piloto aviador, encargado de actividades de fumigación en el Valle de Yohaltún, aclara que no se caía en cartera vencida sólo por culpa del productor, sino porque se “pactaba” un precio estimado de compra por tonelada de arroz, y al llegar la cosecha se compraba muy por debajo de lo acordado.

Por ejemplo, se erogaban dos mil pesos por hectárea para todo el proceso de cultivo, y al final se recibían mil o mil 500 pesos, que no alcanzaban para cubrir el crédito ¿Consecuencias?, el banco ya no otorgaba crédito para el próximo ciclo de siembra”.

 

EL ASESINO JOHNSON

Jorge Valenzuela Vázquez, inspector de campo de Banrural en esos tiempos, coincide con Esquivel Pérez, y abunda: “Durante el boom arrocero se utilizaba la semilla de la variedad Oryza sativa, o “Milagro filipino”, que si bien ofrecía alto rendimiento, también era susceptible a doblarse con el viento.

“Una planta muy alta se doblaba fácilmente y sus espigas quedaban sumergidas en el agua, y por lo tanto se dañaban. Ante esta situación se considera una mejor semilla y se opta por la llamada “Campeche 80”.

Pero con el afán de incrementar la producción y abaratar costos se decidió “importar” semilla de Sinaloa, que resultó estar contaminada con zacate Jhonson, una especie invasiva a más no poder.

En alguna ocasión realicé una prueba germinativa. Deposité 100 semillas del lote proveniente de Sinaloa, y germinaron 50 de arroz y 50 de zacate Johnson. Le ofrecí los datos a mi superior, y recibí como tajante respuesta ‘déjate de chingaderas, y olvídate’. Entendí que el cultivo de arroz en el Valle simplemente era un negocio para los de arriba.

Se construyeron drenes, se mecanizaron 25 mil hectáreas, se adquirieron decenas de trilladoras, camiones de gran tonelaje, camionetas, incluso avionetas, y se lograron cosechas récord, más allá de las 70 mil toneladas, pero poco a poco más de 37 mil hectáreas empezaron a cubrirse con el zacate Jhonson, donde aún ahora, cientos o miles de cabezas de ganado pastorean.