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Hay 36 madres en los penales campechanos

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De las 42 reclusas de los centros de Readaptación Social (Ceresos) de San Francisco Kobén y Carmen, 36 son madres y por ahora no hay ningún menor de edad conviviendo con ellas, informó la subsecretaria de la Secretaría de Seguridad Pública  (SSP), Rosa María Palacios Suárez, al precisar que el ultimo bebé permaneció hace cuatro meses, cuando su progenitora decidió encomendárselo a sus familiares con siete meses de nacido.

De ellas, 31 se encuentran en San Francisco Kobén y 11 en el Carmen. Por el fuero común están sentenciadas 14 y procesadas seis; por el fuero federal hay ocho  sentenciadas y tres procesadas. En Carmen ninguna está por delitos federales, aunque por lo común hay 11, ocho procesadas  y tres sentenciadas.

Los tipos de delitos varían. En Kobén están principalmente por homicidio calificado, delincuencia organizada, contra la salud en la modalidad de narcomenudeo, venta y posesión de mariguana, y feminicidio. En Carmen por robo con violencia, privación de la libertad y delitos contra la salud, fraudes y homicidios calificados.

Entre las privadas de la libertad, 36 manifestaron ser  madres de familia, de las cuales 27 están en San Francisco Kobén y nueve en Ciudad del Carmen. Pese a que la Ley Nacional de Ejecución Penal que entró en vigor en 2011 especifica que el niño o la niña pueden permanecer dentro del penal hasta los tres años de edad, por ahora no hay.

“La madre es la que decide cuánto tiempo quiere tenerlo. Hasta hace cuatro meses hubo un bebé de siete meses de nacido y en años anteriores los hijos de las reclusas  podrían permanecer por más tiempo”, señaló Palacios Suárez.

En los últimos cinco años sólo han permanecido  tres niños, mientras en Carmen el último estuvo hace cuatro años. Las internas dan a luz y por lo regular deciden encomendar al bebé a su familia.

A ninguna de las mujeres en el momento de ingresar al penal se les ha confirmado  embarazo, y tal situación deriva de las visitas conyugales, que son posibles cuando la pareja  cumple con los  trámites administrativos.

Los centros penitenciarios en cumplimiento a sus derechos humanos brindan atención médica, y cuando la mujer va a dar a luz y requiere atención más especializada, se le lleva a los hospitales. Hasta el momento no se registran decesos.

Tomando en cuenta el interés superior del niño, el Estado tiene el compromiso y la obligación de dar seguridad social, garantiza que el bebé tenga identidad mediante el Registro Civil para tramitar su acta de nacimiento, con la SSA las visitas programadas con el pediatra, y con el ginecólogo para la atención a su madre, mientras el médico general dentro de los centros da seguimiento a las indicaciones dadas en el hospital, añadió Palacios.

Cuando nace el bebé, junto su madre son canalizados a otra celda más amplia, con dos por 1.5 metros. Para que duerman se les da una cama de un solo nivel para mejor comodidad y evitar accidentes, y el equipo necesario que les permita estar en equidad  de un niño  fuera del centro, ya sea para asearlo o calentarle la leche, entre otros. Además hay un área de juegos con una mesita para que use el menor cuando tenga la oportunidad de sentarse.

Las  autoridades corresponsables ayudan al sistema penitenciario en dar esa seguridad, desde los Sistemas para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), la Secretaría de Educación (Seduc), el Instituto de Capacitación para el Trabajo (Icatcam), y organizaciones civiles.

 

Difícil Día de la Madre en reclusorio

“No hay rencores. La vida sigue. Grilletes en los pies, en la tierra, pero podemos volar muy alto sin que nada ni nadie nos pare” reflexiona Abigail R.S., quien a sus 43 años de edad y con siete en el reclusorio, clama por una “segunda oportunidad”, y asegura que hará todo lo posible por cumplir sus sueños.

Originaria de Veracruz, Abigaíl llegó a probar suerte a Campeche en 2009 y con su carrera comercial todo iba viento en popa, su emprendedurismo la llevó a poner su estética, vender comida e instalar un taller automotriz, pero jamás imaginó que por hacerle un bien a unas personas saliera perjudicada, al grado de ser encarcelada.

Todo empezó cuando  a dos de sus trabajadores los detuvieron en un súper de la Gobernadores por robar unas cremas. Como jefa de los involucrados acudió al Ministerio Público para obtener información, y  cuando quiso retirarse la detuvieron junto a su acompañante por daños a la salud, y la arraigaron 30 días. Luego la trasladaron al Cereso, donde le informaron que también le imputaban venta de drogas. Una segunda carpeta de investigación integrada por la Procuraduría General de la República la acusaba de cohecho y delitos contra la salud.

“Así comenzó el calvario, no hallaba la forma de cómo darles la noticia a mis hijos, y con la preocupación de ver quiénes se harían cargo de ellos, porque yo era  padre y madre a la vez”, afirmó.

Con un nudo en la garganta, y al borde del llanto, recordó lo difícil que fue separarse de quienes actualmente tienen 16 años y cursa la preparatoria, de 20 años y estudia para maestro de educación física y otro de 21, que estudia relaciones internacionales. La primera es mujer.

Encerrada, no hemos podido celebrar sus cumpleaños, ni echarles porras en sus eventos, pues son reconocidos deportistas a nivel nacional. Por temor a que sean estigmatizados por tener una madre reclusa, prefiero dejarlos en el anonimato.

Aun así la comunicación persiste. Es un vínculo que no debe romperse. Desde las seis de la mañana hasta las 10 de la noche en que están autorizadas las llamadas, en cualquier momento platica con ellos pese a los kilómetros de distancia, y cada vez que se puede la visitan, pues sus estudios y el trabajo a veces se los impide.

Pero para Abigail un Día de la Madre, el Día del Niño y los cumpleaños son fechas difíciles. Surge la desesperación que ahoga, desde amanecer y tener que esperar a que se abran los candados de cada reja para llegar al área telefónica  y cantar las mañanitas a sus hijos o felicitar a su madre. Les pido no llorar,  pero es difícil reprimir los sentimientos.

En ocasiones  la tristeza la comparte con sus compañeras reclusas que también son madres. No estar con un hijo cuando está enfermo, es la parte más desafortunada y lo peor. Es como cuando muere uno y no poder estar ahí para despedirlo.

Cuando alguien se separa de su bebé, es una situación desgarradora, pero siempre hemos preferido pensar  que “las presas somos nosotras, no ellos”.

Su único alivio es que sus tres hijos son personas de bien, con valores cimentados, porque “lo que bien se enseña jamás se olvida”. Así viven diariamente, ayudando a sus abuelos con más de 60 años de edad, quienes asumieron la responsabilidad de cuidarlos desde hace ocho años cuatro meses.

Su meta es demostrar su inocencia y obtener el beneficio de la libertad anticipada para tratar de recuperar el tiempo perdido. Esos son los sueños que me motivan a vivir, concluyó.

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