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Claman justicia por el feminicidio de Hanna

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Dolor y consternación en familiares y pueblo de San Agustín Olá

“Toda maltratada, no es posible que le hayan hecho eso a mi niña”, señaló con voz entrecortada, casi apagada y con el rostro desfigurado por el llanto y dolor, María Guzmán, abuela paterna de Hanna, la niña de siete años que fue golpeada hasta morir, presuntamente por su padrastro y su mamá.

María, su esposo Olegario Carpizo –abuelo de la víctima– y familiares, se encuentran consternados y furiosos por el asesinato. El dolor y tristeza ha permeado en todo el pueblo de 197 habitantes, según el Censo 2020 del Inegi.

El silencio recorre las calles. Las aves parecen también guardar luto por la partida tan abrupta del pequeño ángel, mientras que la exigencia de justicia brota de quienes la vieron reír, correr y hasta trepar árboles con el ímpetu y energía de todo niño sano.

“Que les caiga todo el peso de la ley”, exigió María en contra de quien era su nuera. El reclamo es unísono en primos, tíos y habitantes de la comunidad.

Hanna nació y dio sus primeros pasos en el poblado de San Agustín Olá, situado a 14.7 kilómetros de esta ciudad, de donde también son originarios su padre y abuelos.

En el pequeño y pintoresco poblado se siente el dolor de una familia ante la monstruosidad del asesinato de la pequeña.

Tenía siete meses que el papá y la niña no se veían. La mamá, R.G.D.R. se había ido a vivir desde hace dos años a la ciudad capital, donde tuvo una relación sentimental con A.G.C.C., el supuesto verdugo, y constantemente se mudaban de casa para no ser ubicados.

“Me extraña que ella actuara así, porque quería mucho a la niña, así lo demostraba aquí. Quién iba a pensar que permitiría que la lastimaran”, cuestionó María sobre la mamá de Hanna.

En la casa de los abuelos paternos se ha colocado un altar en medio de la sala de paredes color rosa pastel. A los pies de una sábana blanca se levantan los arreglos florales con girasoles y rosas blancas.

Sobre una pequeña mesa cubierta fue colocada la foto de Hanna, ataviada con el traje de campechana, que flanquea otra imagen de ella, de cuando hizo su primera comunión. Sus manos unidas y pegadas al pecho, parecen levantar un plegaria.

La imagen de la Virgen de Guadalupe y del Santo de los Niños permanecen como guardianes del pequeño altar, donde un envase de jugo de manzana, el favorito de la niña, fue colocado junto con el popote.

El olor a incienso impregna la sala, donde se han realizado rosarios por el alma y descanso de Hanna desde la semana pasada, cuando les entregaron el pequeño cuerpo que aún tenía las huellas de la violencia a la que fue sometida.

La menor fue maltratada y asesinada en la ciudad capital, no en San Agustín Olá, donde los familiares hubieran dado la vida sin dudarlo para impedir su sufrimiento y el atroz crimen.

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