Inicio»Opinión»Juniors-vándalos

Juniors-vándalos

0
Compartidos
Google+

No es la primera vez que un grupo de juniors, al calor de las bebidas embriagantes, deciden coronar su jornada de diversión particular, dañando cuanto vehículo encuentran estacionado a su paso, como tampoco es la primera ocasión en que sus padres acuden a rescatarlos para que duerman tranquilos en sus lujosas residencias.

El año pasado, los adolescentes alcoholizados también hicieron de las suyas en calles de los barrios de San Román y San Francisco, en la Unidad Habitacional Fovissste Belén y en otras partes de la ciudad. Por ejemplo, lapidaron la camioneta propiedad de María Virginia Chulín Medina, y aunque peritos ministeriales y agentes preventivos iniciaron las averiguaciones previas, y el esposo de la afectada, Marco Antonio “El Lobo” Bernal, ofreció una recompensa de tres mil pesos a quien aportara informes y datos del o los responsables, las investigaciones nunca prosperaron.

En diciembre del 2013, en la calle 12 del Centro Histórico, frente al Teatro Francisco de Paula Toro, los vándalos reaparecieron y rayaron las carrocerías de varios automóviles que se encontraban aparcados, e incluso los abrieron sin llevarse nada, porque evidentemente el móvil fue la “diversión”, no el robo por necesidad.

En este último caso, estaban en su apogeo las fiestas navideñas, e integrantes de las unidades policiacas que patrullaban el sector observaron que los vehículos tenían abiertas las puertas, pero tras revisarlas, las cerraron, y avisaron a algunos de los propietarios que cenaban en los restaurantes cercanos, para que acudieran a ponerles seguro.

La “hazaña” más reciente de vandalismo se escenificó el pasado fin de semana, cuando a bordo de al menos dos camionetas de lujo se desplazaron, al tiempo que se “entretenían” en romper panorámicos, calaveras, espejos, etcétera, de 18 automóviles estacionados.

La ruta del aprendizaje delictivo que los juniors recorrieron en esta ocasión incluyó calles del barrio de San Román, la colonia Electricistas y otros puntos de la ciudad capital. Los hechos ocurrieron entre las 00:00 y la 1:30 horas del pasado sábado, cuando siete adolescentes se movilizaban en una camioneta Chevrolet Avalanche gris, armados con bloques, palos de golf y bates para dañar los automóviles aparcados.

Desde luego, el reporte policial tardaron más en redactarlo que en desaparecerlo. Sin embargo, los oficiales en turno, indignados por las groserías de los juniors arrestados, confirmaron que estaban en estado de embriaguez, que portaban permiso de menor de edad que los autorizaban a manejar vehículos automotrices, y que los cuatro chamacos estaban acompañados por tres mujeres también menores de edad, que también participaron en los actos de destrucción. Entre los autos afectados estuvieron un Chevrolet Aveo gris, placas DHK-2051, propiedad de Víctor Elías Pereira Melken, y un Atos blanco matrícula DGR-6753, de Juan Bautista Palma.

Uno de los propietarios de los carros dañados logró ver y anotar las placas de la camioneta y reportó lo ocurrido a la Secretaría de Seguridad Pública y Protección a la Comunidad. Poco después elementos de una patrulla de la Policía Estatal Preventiva avistaron a los juniors y procedieron a retenerlos y trasladarlos a la corporación, hasta donde llegaron algunos de los que ya se habían percatado de que sus unidades fueron dañadas.

De los siete juniors-vándalos, sólo cuatro de entre 16 y 17 años de edad fueron trasladados a la Procuraduría General de Justicia del Estado, donde se les preguntó sus datos personales, pero de forma grosera se negaron a proporcionarlos y al llegar sus padres de inmediato fueron liberados, luego del correspondiente pago de multa y asentamiento de datos en el expediente policiaco. ¿Fue la primera vez que ocasionan este tipo de desmanes?

En los tres incidentes, el móvil fue el mismo, y entre los chavos circula el rumor de que en los tres incidentes participaron los mismos adolescentes. Nadie mejor que sus padres saben dónde estuvieron sus hijos esos días, y son ellos quienes más interesados deberían estar en averiguarlo, a menos que estén de acuerdo con esa conducta.

Llama la atención el que las madres se hayan preocupado más por desmentir y descalificar a los medios de comunicación, que por los hechos delincuenciales de sus hijos. En las redes sociales expiaron sus culpas y se dijeron víctimas de ellos, como si así corrigieran los daños. No. No señoras. Mejor prediquen con el ejemplo… y eduquen a sus hijos.

 

PADRES SOBREPROTECTORES

En todos esos casos mencionados, la mecánica operativa fue la misma: jóvenes alcoholizados a bordo de camionetas, con palos, bates y otros objetos contundentes arremeten contra los carros para emprender de inmediato la veloz huida. Además, por algún motivo desconocido, parece que la calle Galeana del barrio de San Román es una de sus arterias preferidas.

Así, falta saber si se trata del mismo grupo de adolescentes que gustan destrozar los bienes ajenos a sabiendas de que al final de cuentas sus padres saldrán en su protección, para premiarlos con el pago de los daños, y llevarlos a sus residencias para ponerles una estrellita en la frente por mal portados.

Por supuesto, el problema se agrava cuando los papás de los juniors incurren en dos conductas verdaderamente censurables: por un lado proteger a sus hijos, cuando lo que merecen es que se les aplique una sanción por haberse convertido en infractores de la ley, y por otro, no aplicarles un castigo ejemplar en casa.

Cierto es que existe una normativa judicial exclusiva para adolescentes y que a los menores de edad no se les considera delincuentes sino infractores, pero ni siquiera ese marco se les aplica, porque los padres corrompen a los que debieran aplicar la justicia, para que sus vástagos no sean molestados ni con el pétalo de una rosa.

Sin embargo, debemos preguntarnos ¿a quién le hacen más daño esos padres sobreprotectores? La respuesta es clara, a sus propios hijos porque, queriéndolo o no, los alientan para que incurran en nuevos episodios reñidos con la ley, a sabiendas de que el dinero y las relaciones de sus familias los mantendrán a salvo, dejando a la sociedad expuesta al “aprendizaje” de esos adolescentes que, posiblemente por tenerlo todo y a manos llenas, poco valor le dan al patrimonio ajeno, y peor aún a su propia vida y a las de los demás.

En esta ocasión los padres pagaron los daños de los vehículos a fin de que los afectados no presentaran demanda alguna y los muchachos quedaran “limpios”. O sea sin expedientes en su contra, así sea como infractores, no como delincuentes. Y sin rubor alguno, los niños salieron a pasear de nuevo.

Insistimos, son los padres de familia quienes tienen la mayor responsabilidad de que este incidente no pase inadvertido y sancionen ejemplarmente a sus vástagos, porque lo que no se aprende en casa, se aprende en la calle. Y de forma muy dolorosa.

Entresemana se elabora con aportaciones de periodistas y colaboradores de TRIBUNA.

[email protected]

Noticia anterior

Resulta que la lechuga es afrodisiaca

Siguiente noticia

José Carlos Ruiz encarna a asesino