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Indefensión

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Muchos periodistas han tocado este interesante tema, uno de ellos, Pedro de Tena, periodista español describe la experiencia de España, aplicable a nuestro México.

“Todas las personas tenemos derecho a obtener la defensa efectiva del Estado en el ejercicio de sus derechos e intereses legítimos sin que, en ningún caso, pueda producirse indefensión”, como dicen los estadunidenses cuando exigen sus derechos: “Soy ciudadano y pago mis impuestos”. Hermosa palabra esa: “Defensión”.

Y qué terrible experiencia la de la “indefensión”, el término denota la situación en la que se encuentra colocado un individuo a quien se impide o se limita indebidamente sus derechos que por naturaleza le corresponde en un procedimiento administrativo o judicial.

En nuestro México es muy común que los ciudadanos nos encontremos en esa situación, pero aún vamos más allá: casas y negocios con rejas, circuitos cerrados, alarmas, toda clase de animales guardianes (hasta guardaespaldas), etc. La frecuente sensación de impotencia y vacío que provoca la indefensión nos hace, desde algún tiempo, meditar y reflexionar sobre lo vulnerables que somos como ciudadanos.

Ramón y Cajal expresó este horror en su El pesimista corregido: “¡Desolador era el espectáculo! ¡Enfrente de los enemigos invisibles, en todas partes como únicas armas, la desidia, la indiferencia y la indefensión más absolutas!”.

Un tal Seligman, psicólogo, en experimento con perros, llegó a una conclusión que llamó “indefensión aprendida”, concepto útil en psicología por su aplicación en el campo de la depresión, y que bien podemos aplicarlo en nuestro caso, aprendemos y nos acostumbramos lentamente a no rechistar domesticados por esa campanilla de Pavlov, que es el hedonismo barato impulsado desde el poder.

No hay que protestar, no hay que investigar, no hay que informar ni informarse, no hay que enjuiciar, no hay que estudiar, ni entender, ni comprehender, no hay que esforzarse, no hay que sacrificarse (Epicuro admitía que un bien mayor podía exigir el sacrificio del bien menor), no hay que ser críticos, no hay que desarrollar puntos de vista personales, no hay que ser competentes, no hay que ser mejores que lo que hemos conocido, no hay que cambiar… Vamos, no hay que ser personas fines en sí mismas como quería Kant. Hay que ser masa social amorfa, plastilina humana para los gobiernos y partidos, medios humanos para unos fines ajenos, los ciudadanos como personas hemos quedado fuera.

Por eso, es posible que nos mientan una y otra vez sin que pase nada, que nos desorienten una y otra, que nos roben con recibos, con tasas de interés altas, con impuestos más altos y rebuscados (la tenencia), con cargas, hipotecas y gravámenes, la mayoría desconocidos y ocultos, que nos sustituyan el razonamiento riguroso por la propaganda sin escrúpulos, que nos cambien los valores necesarios para vivir en comunidad y en libertad por banales refritos relativistas, que hayan machacado nuestras ilusiones haciéndonos creer que nada merece ser hecho salvo lo que nos hacen y dictan.

Pueden subirte el recibo de luz, obligarte a recibir asignaturas doctrinarias, imponerte nuevos impuestos (valga la redundancia) tras haberse cargado con proyectos millonarios, escribir tu nombre en tenebrosas listas negras, succionar tus dineros para financiar un cuerpo de políticos ejecutivos, de liberados sindicales, de funcionarios, de empresas públicas y de ocurrencias, aburrirte con trámites para que no hagas, para que ni digas, para que no toques, escandalizarte con sentencias que tú debes cumplir pero que otros no cumplen, desesperarte con quienes creías llamados a cambiar esta cochambre y que se manifiestan como insensatos, como imbéciles o como vulgares impostores de tus ideas.

En fin, lo que necesitamos no es uno ni varios partidos políticos, necesitamos aprender a defendernos de esta democracia pervertida, de los partidos que votamos y de la administración que nos asfixia. Es decir, necesitamos afrontar una dura batalla contra este Estado que oprime en nombre de la democracia y contra su estado de cosas.

O sea, que necesitamos esbozar una causa que motive un movimiento que dé lugar a una organización diferente con centro en las personas corrientes y molientes donde la verdad sea verdad, la mentira mentira, la ley sea la ley, los hechos sean los hechos y las personas sean personas, fines en sí mismas, dotadas de dignidad y respetadas y servidas por las instituciones y no al revés.

Sufrimos una indefensión grave, máxime cuando nos enfrentamos a problemas tan comunes y banales, como embotellamientos, causados sencillamente por vehículos mal estacionados, en doble fila, transporte urbano, taxis, vehículos oficiales y particulares, aunado a un número creciente del parque vehicular.

Por otro lado, problemas que el ciudadano común y corriente tiene con la CFE o Telmex, por citar algunas empresas no gubernamentales, no digamos de las famosas obras públicas del Gobierno, cierre de calles, registros en banquetas abiertas, falta de mantenimiento de los servicios públicos, autopistas caras y malas, defectos que pueden provocar accidentes fatales, como ya ha sucedido. En fin, la lista sería interminable, pero en este país no pasada nada, el pueblo no tiene memoria.

Pero es el sentimiento de horror y vacío que provoca la indefensión el que más tiempo nos ocupa. O somos capaces de reformar esta democracia que nos ha situado en la indefensión personal y colectiva o la democracia mexicana no tendrá futuro.

Pedro Ricardo Alcalá Guerrero

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