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¿Con qué llenamos nuestra vida?

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Amanece. Veo a través de la ventana de mi habitación los primeros rayos del sol y me pierdo en ellos. Hoy es el día en que iniciaré una férrea lucha para poner más años a mi vida. Es el momento que debo someterme por prescripción médica a una dieta estricta de calorías sin poder rebasar las mil doscientas diarias.

En un mutuo consentimiento, viviré un proceso de “separación” con las tortas de cochinita y de relleno negro de “Valich”, con los panuchos de mi amiga “Lupe”, las tostadas de seso del mercado “Pedro Sáinz de Baranda” y los cacahuates enchilados que siempre iban acompañados con una gran mentira llamada “cuba libre”, es decir, comenzará pronto mi triste vida “vegetativa”. Todo esto sucede en mi cabeza mientras amanece en el barrio de Santa Ana una mañana de marzo del año 2015.

Aquello fue una ruda disciplina con el paso de los días, tomé interés en la prueba, pronto se me hizo costumbre. Decidí entonces calcular lo que llamé las calorías del alma, pues si podía saber con exactitud la cantidad de energía con la que llenaba mi “frágil” envoltura, también podría sumar lo positivo y restar lo negativo de mis vivencias diarias.

Pronto tomé conciencia de mis carencias. Viviendo en una ciudad colonial de inigualable belleza y teniendo la posibilidad de presenciar su actividad cotidiana, casi no salía a la calle para evitar la tentación de la comida, vivía replegado en mi domicilio haciendo labores de mantenimiento y en contacto con mi computadora. Mi Facebook me daba la oportunidad de captar mensajes enriquecedores —hay que saber escoger los contactos—, pero perdía mi tiempo en diálogos intrascendentes por el chat.

Aquella aptitud que todos podemos tener para sumar instantes de felicidad, podía desperdiciarla como se deja correr irresponsablemente agua por el grifo abierto. Recordé la raíz de la palabra felicidad, para los griegos tener un buen daimon (el destino individual de cada cual) era como poseer una estrella. En la filosofía zen encontré la frase mágica: “Busca lo que te hace falta dentro de lo que ya tienes”.

Gozar de buena salud a pesar de esporádicos achaques ya es una suerte, encontrar en nuestra mesa el sustento diario es otro privilegio. Llenamos nuestra mente de obsesiones innecesarias.

Recordé la anécdota de aquellos dos monjes tibetanos, uno joven, el otro anciano, llegando a orillas de un río viendo a una mujer bellísima —que seguramente era campechana— que les pide ayuda para cruzar. Estupefacto, el joven monje ve que el monje viejo propone a la mujer treparse en la espalda. Una vez cruzado el río los dos monjes prosiguen su viaje. Al caer la noche, el joven pregunta: “¿Cómo pudiste tomar en la espalda a esta mujer casi desvestida, tú que hiciste voto de castidad?”, a lo cual el anciano contesta: “A esta mujer la llevé cargada un par de minutos y me olvidé de ella, mientras tú después de todo un día la tienes invadiendo tu memoria”. El monje joven seguramente esa noche rebosaba en testosterona.

Perseguidos por nuestros instintos, impulsados por nuestros anhelos, frenados por nuestras frustraciones y aguijoneados por nuestras ambiciones, pasamos al lado de todo con pasmosa ceguera: el rayo de sol en la ventana, la paz de un niño durmiendo, la sonrisa de una persona amada y la tarde sobre nuestra anciana madre. Vemos en fotografías la puesta de sol que podríamos contemplar en vivo en nuestro precioso malecón, nos privamos del te amo que podría iluminar nuestra relación, olvidamos los mil detalles que son fragmentos de dicha, las cortesías o atenciones que son pedacitos de felicidad, no sabemos apreciar lo que poseemos porque lo tenemos cerca. Nos acostumbramos.

La rutina puede ser gloriosa cuando corresponde a un rito agradable, pero puede también opacar cada instante de nuestra vida. En el fondo creo que tenemos la felicidad que nos fabricamos.

A raíz de la muerte de un amigo y del suicidio reciente de un conocido, me dejé envolver en torno de una atmósfera de cavilaciones sobre la vida y la muerte y sobre la felicidad y el infortunio de los seres humanos. Al respecto, me comentaba un amigo que vamos deambulando por la existencia y nos percatamos de todas las riquezas que poseemos. Que únicamente cuando surge un hecho trágico o cuando nos debatimos dolorosamente en medio de una enfermedad, asimilamos a cabalidad el valor de la salud, la relatividad de nuestras relaciones, la grandeza de nuestro entorno y el respaldo espontáneo de los consanguíneos.

En buena proporción —apuntaba este amigo—, la felicidad se halla en el compendio de esas “pequeñas cosas” que giran alrededor del individuo y que le permiten proceder con sentido optimista en la solución de los problemas.

Conozco a personas que en la consecución del poder político, en la adquisición de bienes económicos o en el logro del éxito, han dejado a su alrededor una secuela de tristezas, abandonos, dignidades pisoteadas, abusos, resentimientos, penas y deterioros del orden físico y orgánico. Al final del túnel, cerca de esa meta largamente acariciada, sería pertinente preguntarles a los involucrados si valió la pena el logro supremo, a pesar de los pesares en sus controvertidas existencias.

Pero mientras tanto no sería nada ocioso valorar en su real dimensión todas esas “pequeñas cosas” que nos circundan, que nos hacen vivir y que nos impulsan a edificar nuestros sueños.

Era aproximadamente la medianoche cuando concluyo el  presente artículo. Como cena, Ady, mi esposa, me preparó un sándwich dietético que contenía queso panela, lechuga, tomate y aguacate hass adornado con una coqueta y verde aceituna, y como complemento un vaso tamaño jumbo de jamaica sin azúcar.

Por ser sábado y tanto “sacrificio” alimenticio que hice durante la semana, pensé que me premiaría con un delicioso sándwich de los que se preparan con “Sady”. Una cosa es que esté a dieta y otra que me mate de hambre. Creo que hay un complot en contra mía. Mañana, hablaré seriamente con ella.

Rafael Martínez Castro

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