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Hacia adelante negrito

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Traigo el corazón brotado y el alma adolorida, porque no hay un medicamento ni palabra que nos quite la pena de haber perdido a mi hijo en la lucha diaria por su salud. De un momento a otro la tragedia nos alcanzó y deshizo la paz familiar que habíamos logrado. Ningún padre tiene la fórmula mágica que disuelva tanta nostalgia, tanta impotencia ante la vida cuando un hijo fallece.

Se fue a donde nadie regresa; y cada lágrima por su ausencia se mitiga, solamente, con el recuerdo de tantas alegrías compartidas.

Jamás contravino a su padre; todo asentía con su “si pa”. Y no era por obediencia ciega, sino por ese lazo especial que tenía conmigo, que era paciencia y amor puro para papá.

Los días transcurren y el dolor estrujante en el costado se afianza, lejos de disolverse, porque en la vida diaria hace falta él, hace falta Sebastián.

Era un bonachón, largos ratos estaba triste porque él quería ser normal, sano, como todos, pero sus dolencias lo superaban. Sin embargo, reunía jóvenes buenos a su alrededor, en casa. Y había risas, carcajadas, copas, tacos, todo lo que se cooperaba “la manada”. Los padres de más de 50 muchachos sabían que mientras pasaran el tiempo con “Sebas el Capitán”, todo estaba bajo control.

No en pocas ocasiones me tocó despertar para hacerla de chofer en el reparto de sus amigos agotados pero felices, carcajeándose de sus ocurrencias. En otras, le tocaba a su mamá, porque eran niñas y, como fuera, cada fin de semana, aún sin dinero, porque ninguno era solvente ni de padres adinerados, se reunían en nuestra casa a cotorrear, cantar, contarse sus problemas y hasta me llamaban para pedir consejo. Sebastián fue muy feliz en esas noches largas de convivencia juvenil.

Su madre y yo acechábamos la ventana y veíamos cómo venían poco a poco, en parejas o solos. Era feliz Sebastián. Y entonces sonreíamos, porque tanto dolor en nuestro negrito se desaparecía con el calor de la amistad. Estoy seguro que muchas otras cosas quería improvisar, pero sabía que en casa había limitaciones y solo las pensaba.

Siento aflicción por esas veces que no pudimos asistir juntos a jugar por sus dolores. ¡Pero compartimos muchas pizzas! ¡Y el gusto por la natación y los deportes desde la tv!

El nunca me exigía. Una mañana me sorprendió, con un disco de Daniel Boaventura. ¡Que lindo! ¡Que hermoso!, me encantó muchísimo. Le llamé y le dije “ …… gracias negrito, me encantó. —Ya sabía, me dijo, luego te paso otros para que te actualices viejito”.

Lo extraño. Mucho, muchísimo.

Lo amo: ayer, hoy y siempre.

Mi hijo se fue. Y no entiendo por qué.

Esto no es tristeza. Lo que siento es más que eso, mucho más que estar triste. El amor de padre rebasa las palabras, porque como dije ya, no es natural que primero fallezca un hijo antes.

Traigo el corazón brotado, y el alma adolorida.

Hay que seguir, como él decía, “… papi, como el ave Fénix”.

Sí, seguiremos. Dios dirá.

José del Carmen Gómez Casanova

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