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Víctima y victimarios

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Siempre se ha dicho que la niñez es el futuro de México. Lo escuchaba con frecuencia en mi formación básica, y durante mi juventud en la universidad. Hoy lo sigo escuchando en los discursos políticos. Desde luego, esto dependerá de la educación, la formación y la conducción que reciban durante su desarrollo.

No está por demás comentar que en la actualidad existe una gran preocupación por la incidencia del comportamiento violento entre niños y adolescentes. Este complejo y perturbador asunto necesita ser cuidadosamente entendido por padres, maestros y demás adultos.

En lo anterior está incluido el medio ambiente que se les proporcione o al que tengan acceso, si tomamos en consideración los tiempos que estamos viviendo donde la información o desinformación llega más rápido por Internet que la que se ofrezca en casa.

Con mucha tristeza observo que no son pocos los niños que han dejado atrás esa maravillosa etapa, la de la niñez, para convertirse repentinamente en adultos por sus acciones más no por la responsabilidad que implica serlo.

Un acontecimiento reciente en el Estado de Chihuahua, donde participaron cinco adolescentes, ha conmocionado e indignado a todo aquel que ha conocido el caso a través de diversos medios de comunicación.

Esta noticia que cruzó las fronteras de México caen sobre nuestras conciencias y el horror nos lacera el alma. Lo peor para nuestra condición humana es no sentir ni padecer, sino dejar que las cosas ocurran y consentir la impunidad. Quizá las cosas fueran diferentes si estuviéramos más cerca, si la carne y la sangre fueran nuestras. La distancia nos protege y preferimos ignorar.

Pero, en esta ocasión, nos lo han puesto más difícil. El que un niño de escasos seis años de edad fuera brutalmente asesinado y sacudido las fibras más sensibles de cualquier ser humano. El pequeño Christopher fue arrastrado a una pesadilla de la que no pudo despertar. Por ello me pregunto: ¿Es posible jugar a secuestradores y acabar asesinando? ¿Es posible hacer tanto daño a otra persona? ¿Es posible que la víctima y los victimarios sean niños apenas adolescentes? En un país en donde ha corrido a raudales la sangre de inocentes, todo es posible y dolorosamente real.

Pero este lamentable hecho nos ubica a todos frente al espejo de la violencia y descubre esa parte oscura del hombre, a eso a lo que el filósofo ingles Thomas Hobbes llamó: El hombre es un lobo para el hombre.

México nuestra patria desde hace mucho tiempo se ha convertido en una de las mayores tumbas del planeta. Como si se tratara de un ritual ya asimilado, aquí se sepultan cuerpos, sueños y esperanzas, una especie de maldición que arranca de cuajo la inocencia. Christopher corre el riesgo de pasar inadvertido, uno más entre los miles de asesinados, pero el “juego de muerte” —el niño destrozado a manos de niños— deja en evidencia una vez más hasta qué punto la descomposición social puede oprimir a una nación.

¿Y los valores que se supone que se enseñan en el seno familiar y en la escuela? ¿Y el valor de la vida? ¿Y la distinción entre el bien y el mal? ¿Qué ha sucedido en los hogares mexicanos? ¿Dónde quedaron aquellas valiosas enseñanzas que recibimos un día? Al ver la descomposición social que hoy existe no me queda más que insistir que deberíamos retomar nuestros valores, nuestros principios familiares y desechar lo que nos llegó y casi se nos impuso para modificar lo nuestro. No cabe duda que cuando la conciencia falla cualquiera se convierte en presa, incluso el amigo, el vecino, el hermano, el primo… Ahora nos toca digerir el horror.

Esta triste y amarga historia es el reflejo de una generación que ha crecido en la idea de que matar es fácil y no tiene consecuencias. ¿Qué esperamos si vivimos en un país en donde todos los días la sangre nos salpica y la vida parece que carece de valor? Eso es lo que han aprendido. El único remedio frente a esta locura es hacer justicia como reclama la madre del niño asesinado.

Un noticiero nocturno difundió la imagen al pie de la tumba cuando la madre sollozaba y decía: “Mi hijo no era un perro”. ¡Claro que no! Los hijos son hijos y para ellos se construye un mundo mejor, en el que el arte del buen vivir no se reduzca a llenarles el estómago y a satisfacer todos sus deseos y caprichos. Un mundo sin fe, sin valores, sin sentimientos de piedad, acaba siendo un mundo sin esperanza, condenado al fracaso. De este mundo —para bien o para mal— tendremos que dar cuentas y asumir responsabilidades.

En lo personal me aflige observar en lo que se ha ido convirtiendo nuestra sociedad, que está siendo azotada por la violencia y ya lo he manifestado en otras ocasiones. Pero más dolor causa el ver la participación activa de menores de edad, en actos que rebasan toda conducta humana. Los niños son los más afectados, tanto víctimas como victimarios.

Rafael Martínez Castro

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