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Compartamos el dolor

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Para poder reunir a hijos y nietos tuve que inventar una piadosa mentira monetaria y así, a gusto, poder soltar todos los rencores acumulados.

¿Qué onda abu? —¡Madre querida, ¿qué sorpresa nos tienes? —Mi adorada abue, me cae que de seguro, nos tienes buenas noticias.

Y lanzo mi primer raund!!!!!

¡Miren, hijos de la Malinche. ¡Ya sé que están hasta la “mother” de mis gritos de auxilio, cada vez que estas mierdas (celular, computadora, videos) se van por el camino que les da su real gana, y conste que pongo lo mejor de mi parte, siguiendo paso a paso las instrucciones aprendidas para no tener que verles la cara de ¡Oh no!, y ahora ¿qué onda hiciste?

Así que ahora hablamos porque hablamos, y se callan hasta que termine:

Mis neuronas hacen hasta el último esfuerzo y cuando no les da la gana para que éstas &&&&& funcionen, pues simplemente, no funcionan y lo primero que oigo es que moví algo que no debía y yo me pregunto. ¿En qué momento? Y si no le muevo nada ¿cómo funciona?

Quiero un alma caritativa y dulce que con ternura me diga: Cuidado ahí no toques (hago un paréntesis para decir que mientras estoy en mi diatriba, los asistentes, por respeto así les digo, tienen una cara de bostezo, como diciendo: este teatro ya lo he oído antes). Sé que soy una inválida manual en esta era, que lo único que cuenta, es saber usar los dedos.

Entiendo que necesito de ustedes por tooooodo lo que ustedes necesitan de mí, y ahora comprendo mucho mejor a los que están en condiciones similares.

Al término de esta plática de desahogo me quedo con el desagradable regusto que no dimos ni recibimos nada, donde mi limitado tiempo ha sido malgastado en una gimnasia lingüística como siempre.

Sea como fuere, he aprendido que no debo mover nada, que no toque nada, que debo actuar como autómata y no tratar de aprender nada porque muevo lo que no debo y sólo seguir los tres pasos de: lavo, exprimo y tiendo, y para de contar porque si tratas de usar tu intelecto te lleva la Malinche.

Yo abrazo de corazón a mis compañeros de invalidez manual, ahora más que nunca, gozan de mi entera y amorosa simpatía.

Rosa María Lara de Rullán

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