Tribuna Campeche

Diario Independiente

¡Mamá, si hubieras dejado…!

Hace muchos años llegó a un pueblo del Camino Real un hombre joven, fuerte, llamado Aniceto. Como otros paisanos trajo la idea de formar una familia y ganar dinero suficiente para mantenerla y vivir cómodamente.

Compró en el centro una casa grande con techo de tejas, y solicitó a las autoridades unas hectáreas para formar un rancho de ganado vacuno; se las dieron a las orillas de la población. Contrató peones para que lo ayuden a desmontar y sembrar zacate; fabricó la vivienda y construyó un pozo, una pila, bebederos, corrales… Terminado todo esto, metió las primeras reses y se dedicó a cuidarlas para su reproducción.

Cuando empezó a ver resultados, enamoró a una muchacha y contrajo matrimonio, tuvieron tres varones y dos mujeres que eran su adoración.

Pasó el tiempo, los hijos crecieron, los mandó a la escuela, trató de inculcarles el amor por el trabajo como medio de vida y respeto a sus mayores. Los castigaba si no hacían sus tareas, la señora los defendía, evitaba que fueran corregidos. Hacía que crean que el papá era malo, que no los quería, si el señor negaba cualquier cosa, ella se la daba a ocultas.

Como consecuencia, se apegaron a la autora de sus días por ser consentidora y se apartaron del viejo, que quería darles una buena educación. El rancho se llenó de animales, ¡eran ricos!, los jóvenes burlaban la vigilancia paterna y los vendían a precios bajos para costear sus vicios.

Los mandaron a estudiar una carrera, los tres fueron a la ciudad. Al despedirlos, el papá les hizo saber: —¡Van a labrarse un futuro!, “Prefieran siempre el libro que educa y no las drogas que envilecen”. No oyeron, se acabaron de malear. No iban a clases, se acompañaron de malos amigos. Para acabar, se salieron de la escuela. Ninguno logró nada, querían que los mantengan como a sus hermanas.

Cansado el padre compró carros y bestias para que trabajen transportando mercancías; ni así sentaron cabeza, fue peor, quedaron más libres. La mamá continuaba oponiéndose y ayudándolos, peleaba con su marido alegando: ¡Aniceto, este trabajo no es digno para los pobres muchachos! El señor le contestaba: ¡Vieja, “el trabajo honrado no es vergonzoso, ni delincuente!”, con esta actividad tendrán para comer y no andarán por allá robando o causando lástimas.

Vino la de malas, se acabó el ganado, la esposa quedó ciega, el ganadero enfermó y murió; sólo las hijas cuidaban a la mamá; ningún varón ayudaba; eran malos, egoístas; jamás pensaban en quien tanto los defendió. Al sentir lo duro del trabajo, se arrepentían de no haber escuchado a su padre ya difunto; de haber desperdiciado la oportunidad y no haber seguido sus sabios consejos.

Un día, las hermanas los invitaron a platicar con la ancianita, ésta hizo que pongan sillas junto a su hamaca y los esperó… llegaron los tres, entonces habló:

—Hijos, lamento mucho lo que pasa entre nosotros, si viviera papá, pondría orden, no sólo no nos ayudan; sino que tampoco nos visitan, ¡Parecemos apestadas! El mayor exclamó: —¡Mamá!, si hubieras dejado que él nos eduque a su manera, tuvieras hijos. Por tu culpa, sólo somos unos pobres carreteros. ¡Qué Dios las cuide, nos vamos!- y se fueron—. La anciana, no alcanzaba a creer lo que oyó. Murió en la pobreza. Fin.