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La Ouija

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Suelo dormir plácida y tranquila todas las noches,  gracias a los sicotrópicos que me tono desde que tengo uso de razón, ya son parte de mi botiquín habitual, que los puedo acompañar con agua, vino, tequila, mojito, margarita u lo que sea, sin lograr algún efecto negativo ¡Dios santo¡ ¿Seré drogradicta?  No creo, al menos, no lo parezco.

Para variar, ya me  perdí  por otro lado por estar contando mis intimidades.

Cuando pensé escribir estos “susurros”, me pregunté si les podía contar mis cuitas a la gente que no le importa lo que me sucede, aunque sé que a todos nos pasa lo mismo, pero no son tan indiscretas como yo; luego pensé que “los medios“ dedican tantos párrafos a la vida y a la muerte de seres infames que matan, secuestran, torturan y roban, que nos roban la tranquilidad que mejor, me dediqué al chisme.

Pero estábamos con mis sueños y todavía no llego al meollo del asunto.

Bien, la víspera del día; qué les voy a platicar, mi sueño fue extraño pesado e inquieto, sin embargo, el día amaneció luminoso, rodeando mi ventana de colibrís volando alrededor y. pensé, son mis angelitos que me invitan a levantarme para tomar una rica taza de café.

En ésas andaba, cuando llama a mi puerta un viejo conocido que tenía muchos años sin ver, después de los saludos de rigor, enterarme dónde reside etc… etc…, nos sentamos a tomar la taza de café, hasta que se decide ir al grano Rosita, me pregunta, todavía manejas la ouija. ¡Oh mi Dios¡ Salen todos los demonios de la noche anterior y vienen a mi memoria los días felices de nuestra adolescencia, cuando un chico enamorado, encontró en un viejo baúl de su casa la tablita embrujada y me la regaló para ganarse mi afecto.

Algún día cuando esté de ánimo chismoso, les contaré los pormenores del asunto, que me llevó a ser la más popular de la escuela, del barrio y de los aledaños.

Con una facilidad asombrosa manejaba la tablita que fue acercando a la gente y de pronto el tumulto de chamacos de las escuelas cercanas y no cercanas se arremolinaban a la casa para esperar que les leyera sus dudas, mientras se devoraban las uñas. (Qué época divina).

Mi fama aumentó con la complicidad de mi madre y mis hermanos, ni la llamada de atención del sacerdote del barrio desde el púlpito, arengando a las madres a cuidar a sus hijos del demonio que estaba suelto. (Me imagino que se refería a mí). Fueron suficientes para parar a los demonios.

La casa era un mar de alegría, nervios, emociones y risas.

Mis hermanos cambiaron el lema que se usaba para contestar el teléfono que era “Casa de la risa, ¿cuál es su problema?”. Por “Casa del oráculo, quiere saber su destino”.

Todo iba de maravilla, antes de que mi padre se enterara de lo que sucedía en su honorable hogar, cuándo un ocioso se le ocurre preguntar a la hora de la comida, y mi padre contesta, le preguntan. ¿Es la casa del oráculo?”… Está equivocado… NO ES LA CASA DONDE SACAN LA SUERTE… Mi padre de pocas pulgas, ya encabritado contesta furioso: Está equivocada. ¿No vive ahí Rosita? Zas en la mother. Ya se pueden imaginar, todos temblando detrás de mi madre. Y ése fue el triste final de la época dorada de la Ouija y de nosotros.

Desde entonces vivo sumida en la inseguridad. ¿Soy quién soy, o soy la reencarnación de una medium famosa?

Rosa María Lara de Rullán

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