Tribuna Campeche

Diario Independiente

Memorias de un desmemoriado

¡Aquí y ahora!

(Preparatoria)

Así pasé la primera noche de mi personal éxodo quedándome a dormir en esa “ratonera” con mi cofrade Gracián. Hasta ahí no pasó nada. Lo único que me pareció extraño, raro, fue que mi viejo se había retirado al hotel en la ciudad —el Gran Hotel Ancira. Tremendo hotelote— con un aire de tristeza, sentí yo, y como sucede cuando uno es joven ni siquiera me imaginé lo que para mi padre fue esa separación…

(Segunda parte)

 

Al día siguiente todo empezó a cambiar; empezando desde la despedida, que ahora sí era la verdadera, al regresarse mi viejo adorado a nuestro Campeche. Ahí sentí un ligero malestar, desconocido, inexplicable en ese entonces, mezcla de tristeza y temor a la vez, aún acompañado por la natural excitación del inicio de un largo trayecto que en esos días ni siquiera podía imaginarme sus altos y bajos que la vida me entregaría.

Esa primera noche ya sin mi padre, ahora sí en ausencia real, viví mi primer dolor; estando ya en la hora de dormir y contemplando desde la ventana de mi litera el Cerro de la Silla alumbrado con una luna esplendorosa, en ese momento en que me dí cuenta de lo real de la separación con mi padre, me vino el veinte de la ausencia que se prolongaría hasta un año sin mi familia. La angustia fue severa y en silencio lloré y me recriminé el no haberme dado cuenta de la solicitud de mi padre para que pasáramos esa última noche juntos y al mismo tiempo entendí aquella tristeza que intuí de su rostro y actitud.

La vida en ese campus de Monterrey era sorprendente, en especial para este provinciano chicuelo que cambió de un hábitat sin exigencias, bien conocido, sin sorpresas ni angustias mayores, hasta el desarrollo del diario vivir en un ambiente desconocido y sugerente de cambios y retos. Debo reconocer que desde entonces mi vida ha sido “aburrida”, dirían otros (incluyéndome yo mismo) si comparamos que compañeros de nuestra misma edad corrían parranditas, etcétera.

Para nosotros —Gracián y yo— la vida era más simple, consistía que en nuestras horas libres ya terminadas las clases, en acudir al cine, ir a cenar en algún sitio modesto y al terminar regresar al internado sito en el campus del Tecnológico. Y estudiar, estudiar mucho.

Generalmente dos o tres veces a la semana, después de terminar las tareas vigiladas por el prefecto, había una hora, más o menos, antes de dormir que se nos permitía ir a otros cuartos y como Manuel Gracián tenía su acordeón ya se imaginarán que nuestro cuarto era el más popularmente visitado; y qué decir en las noches con la piscina que estaba junto a nuestro edificio, momentos de grato recuerdo y que seguramente disfrutamos mucho, aún Gracián al que le tocaba lo peor, tocar el aparato y complacer y complacer.

Entre nuestros condiscípulos habían varios casos singulares, por ejemplo: un cuate que prestaba dinero con intereses y era tan exigente consigo mismo que tenía una lista en la cual anotaba cuántas horas se debía a si mismo, tomando como regla que él debía dormir ocho horas diarias y en el caso, sea cual fuera la causa, no podía completar esas ocho horas, se anotaba en su personal lista, por ejemplo, “tal día me debo dos horas” y así hasta el insomnio marcado por sus ojeras…

Los campechanos que éramos pocos, generalmente nos reuníamos algunos días en la casa del ingeniero Carlos Castilla, hermano de Tedy y Jorge que estudiaban en ese Tec, recién casado con una de las mujeres más bellas que recuerde (con todo mi respeto) y que la nombro porque tenía una hermanita también preciosa y que para el que esto escribe y también para Gracián, era un acicate para asistir a las reuniones de las escuelas en singulares kermeses que reunían a los jóvenes de los mejores colegios, obviamente incluido el Tec.

Asistir a esas reuniones, limpias, sin alcohol y mucho menos drogas de otra índole, nos representaba un pasatiempo esperado y en especial si platicábamos con Katia, la doncella soñada. Para esas kermeses nos acompañábamos de Ramiro Cuevas, José de la Peña, Luis Fernández y Jorge Castilla, ya que Tedy Castilla y Edgar González quedaban más lejos de nuestras edades.

Todo era tan diferente de nuestros ambientes en nuestra provincia campechana que una simple cafetería marcaba distancias y sensaciones nunca vividas, y qué decir del curso de verano al que asistían gringuitas al por mayor y que obligó a la administración del Tec a crear un grupo de vigilantes que se encargaban de escudriñar los múltiples jardines y arbustos que rodeaban a las dos cafeterías y que los estudiantes denominamos: bush patrol (patrulla de los arbustos, en traducción liberal).

Es obvio decir que se inventó un código secreto para intercomunicarnos y burlar así a esa temida “patrulla de los bosques” aunque algunas veces, mínimas en verdad, les resultaba algún “arresto” que gracias a la solidaridad y griterío de los estudiantes impedía que algo sucediera… respecto a detenerlos; de lo demás tengan la seguridad que sí sucedía y era muy bueno, gracias a Dios. Continuará.

 

Manuel R. Gantús Castro