Tribuna Campeche

Diario Independiente

Las lágrimas de Nachito

Nació en un pueblo cercano a Tizimín, Yucatán. Sus padres eran muy religiosos, creían en los “Tres Santos Reyes“. Cada fin de semana caminaban hasta su santuario en esa ciudad, para llevar al niño, inculcarle la fe y pedir salud e inteligencia para su hijo, a quien pusieron por nombre Ignacio. La gente de cariño le decía “Nachito”. El papá trabajaba en el ferrocarril y la mamá se dedicaba a los quehaceres domésticos, por lo que vivían del sueldo del señor.

A los seis años lo inscribieron en la escuela primaria; ahí conoció e hizo amistad con otros niños de su edad, con los que jugaba y se divertía. Era dulce, cariñoso, atendía a su maestra, quien lo quería mucho. Así fue creciendo.

Asistía a la doctrina, donde los catequistas le enseñaron que a los niños buenos, que se portaban bien, los “Santos Reyes” les traían juguetes el seis de enero, por ser ese día dedicado a ellos, por lo que tenían que poner debajo de su hamaca un poco de zacate y agua para alimentar a los animalitos en que andaban los reyes, así como una carta en la que anotaran los regalos que querían. Les advirtieron que no espiara su llegada, porque si se daban cuenta, no se detenían en su casa para entregar los regalos.

Los pequeños de esa localidad asistían al novenario de los “Reyes Magos” y el día cinco del primer mes del año, por la tarde, se juntaban para cortar zacate y contar lo que cada uno pediría. “Nachito” hacía lo mismo.

Al amanecer, los hogares y las calles se llenaban de risas y ruidos que los niños hacían con sus regalos. Ignacio recibía su regalo y participaba de la algarabía infantil, dando gracias a los “Santos Reyes” por ser tan generosos.

Cuando cumplió ocho años, un accidente lo dejó huérfano de padre. Le pareció que se apagó el sol, que una sombra cubría su casa. Su madre y él lloraban por el eterno ausente.

Ya no había ingreso fijo; la mamá se dedicó a lavar y planchar ropa ajena. Por su parte, él siguió yendo a la escuela, hacía mandados y ayudaba en las entregas de ropa a domicilio. No tenían suficiente comida, todo se redujo.

El cinco de enero, “Nachito” con su creencia fue a cortar el pasto y lo puso con el agua y su carta donde siempre lo había hecho. Al amanecer todo estaba en su lugar, no hubo regalos. Muy triste, lloró,… lloró pensando que los “Santos Reyes” se olvidaron de él, que no lo tenían por niño bueno. Se lo dijo a su mamá y ésta le explicó:

—Hijo, no te preocupes, a lo mejor no les alcanzó el dinero, seguro el año que viene tendrás tus juguetes”—.

—“Ojalá así sea, tengo fe; quiero mucho a esos Santos.

El niño se calmó, pasó ese año y otros; no recibió nada, se desesperaba, rezaba para que lo tengan en cuenta. Su madre lo veía y lloraba su pobreza sin que su angelito se diera cuenta.

Cuando “Nachito” salía, le preguntaban: —“¿Qué te trajeron?, él contestaba: “¡Nada, no me trajeron nada! Y lloraba con abundantes lágrimas, mientras observaba la felicidad y los juguetes de sus amigos.

Llegó a oídos de un hombre rico la pena del niño y habló con su esposa: —He escuchado que a un pobre huérfano no le traen cosas “los Santos Reyes”, su mamá no tiene para comprarle algún obsequio.

Quiero que estés pendiente para que el próximo año vayas a su casa, y sin que se entere le lleves un regalo, algo como lo que damos a nuestros hijos. Le dices a su mamá que lo ponga bajo su hamaca y que cada año le daremos lo mismo, es una promesa que hago a “los Reyes”.

Pasó el tiempo, el regalo fue llevado al domicilio como lo ordenó el señor, la madre lo recibió con agradecimiento e hizo como le explicaron.

En la tarde del cinco de enero, el niño salió a cortar el zacate, lo puso junto con el agua y su carta en el lugar acostumbrado, se acostó y durmió esperanzado.

A la media noche, entró su mamá con el obsequio, lo dejó debajo de la hamaca, retiró las cosas y salió sonriendo; pensaba en lo feliz que se iba a poner su hijo, casi no durmió, quería oír los gritos de alegría que daría al ver sus juguetes.

No fue así; el niño no se movía, con sorpresa se dio cuenta que estaba muerto y…cosa maravillosa, sus ojos tenían lágrimas, pero su rostro estaba sonriendo. “Nachito” lloraba, pero parecían lágrimas de felicidad.

Nadie supo qué le pasó; fue enterrado y el juguete que nunca recibió lo guarda su mamá como recuerdo.

La vida siguió su curso y también la fe y la devoción por los “Tres Santos Reyes” de Tizimín. FIN.

Francisco Ávila Pérez