Tribuna Campeche

Diario Independiente

Memorias de un desmemoriado

La adaptación no fue tan complicada. Mi paso por el TEC de Monterrey forjó por lo menos adquirir una técnica para estudiar y así con la disciplina aprendida, el tiempo para los estudios dividía muy bien los momentos para ocuparse de tal manera, que contrariamente a la mayoría que “estudiaba” de noche y en grupos, el que esto escribe dedicaba la mañana y la tarde a esas obligaciones, de manera que la noche, a partir de las siete, este jovencito estaba libre, y la noche ocupada por los demás para “estudiar” la podía yo utilizar, por ejemplo, para ir al cine, al cine o al cine.

Les demostré a mis cuates condiscípulos, con simple sumas y restas, que el tiempo que invertían en preparar los exámenes finales resultaba en menos horas, que lo que yo invertía con mi horario señalado. Y así era. Sin embargo hay que reconocer que esas reuniones en diversas casas por la noche, si bien era verdad que invertían menos tiempo, también la diversión y el vacile que se vivían no tenían comparación con el solitario estudio, éso que ni qué; cuestión de enfoque diría alguien, cuestión de costumbres diría otro; por lo tanto ya acostumbrado a mi rutina permanecí con ese plan de estudio… alguna vez a la insistencia de los cuates los acompañábamos una que otra noche, pero ya preparado para el vacile, no para estudiar.

Esta “mala” costumbre de estudiar para los exámenes con ese horario personal señalado, se me complicaba cuando se discutían las fechas para los exámenes, pues resulta que a mí me convenía que los días entre uno y otro fueran lo menos posible, para contar con algunos días de más y así poder regresar a mi campecito, planes que no eran muy populares entre los demás, que preferían más espacio entre examen y examen.

En esos asegunes vivíamos para definir las fechas, y es que los que pedían más días no se caracterizaban por ser aplicados, o buenos estudiantes, y eso los obligaba a tener más tiempo ante su desorganización.

Las discusiones que se armaban resultaban temerarias con recriminaciones y acusaciones por “creerse mucho” hacia los de mí bando (por cierto mínimos, pues casi todos eran de Veracruz), y aunque yo tenía la razón la mayoría se imponía.

Mi venganza ante el mayoriteo consistía en que por las noches mientras ellos dizque estudiaban yo me iba al cine o a cenar o a lo que fuera; también cuando quedaba una semana entre uno y otro examen, o más, yo aprovechaba para ir a Puebla a visitar a mi amigo Panchito Abreu Filigrana y su familia, en la que me recibían con todo el cariño del mundo, y también con todo el frío de invierno, mientras que los otros, los nocturnos estaban en sus estudios, pero sí bien enterados de mi viaje.

Todo lo anterior sumado a que jamás reprobé una materia, me redituaba algunos días de más para pasarlo en el hogar con la familia, los cuates y los amores… bien valía la pena las discusiones si ganaba aunque fuera un día más de vacaciones.

Pero, nunca falta un pero, como diría Perogrullo; con las ansias de irme antes sucedió que sacando las cuentas, si un maestro me permitía no acudir el viernes, por ejemplo, yo ganaba tres días de vacaciones. Pues sucedió que en ese interín el maestro que me dio permiso agregó unos temas más para el examen, cosa que yo ignoraba por mi ausencia y al llegar ese examen, resulta que la ficha que saqué para desarrollar el tema era uno de los capítulos que yo desconocía, y que por lo tanto no había preparado, y que no aparecía en las fichas que yo tenía.

El examen llegó y al no poder contestar ese tema en particular, el maestro me dio una soberana cagoteada, en especial por el mal rato ante los sinodales, ya que me había presumido como su mejor estudiante.

Expliqué, volví a explicar recordándole que le había solicitado permiso precisamente el día en que agregó esos temas que obviamente yo desconocía. Me volvió a recriminar y por lo menos dejó que los otros sinodales me examinaran y pasé el susto no sin antes volver a recibir una filípica de parte de mi maestro, y que me sirvió para continuar tratando de escaparme a campechito.

Y ya que estamos en estos recuerdos de los exámenes finales, hay que aclarar que todos eran exámenes orales con tres o cuatro sinodales —ya no recuerdo exactamente— y que la calificación se entregaba en ese mismo día.

Resulta que en el cuarto año me tocó presentarme para el examen de Patología quirúrgica y ahí vamos; termino con mis tres sinodales y todo bien, y que en el cuarto desarrollo mi ficha sin problema alguno y que al terminar aquel sinodal (que por cierto era odiado y con fama de cabrón y además muy feo), se suelta a acusarme que todo lo que yo había dicho estaba mal, incluyendo también mis otros temas con los otros sinodales.

Mi reacción fue volátil y alzando la voz (cosa que nunca acostumbro) le dije quién sabe cuántas cosas, hasta que el presidente del jurado, maestro conocido y excelente, intervino y me pidió que saliera del aula y esperara… Salí y esperé, pensando que ahora sí de ésta no me salvaba nadie.

Terminó el examen y me llamó al aula para recriminarme la conducta exhibida, la cual era reprobatoria y que por conocerme como buen estudiante, habían concluido que entendían mi estado de ánimo ante el señalamiento de aquel maestro, pero eso no justificaba mi actitud… Continuará.

Manuel R. Gantús Castro