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Amar lo nuestro

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Recuerdo en los años ochenta estando en la Casa de la Cultura, me coordiné con Fonart (Fondo Nacional de Artesanía) y lograr traer a nuestra tierra la premiación del concurso anual que convoca para todos los artesanos de la República.

El ex templo de San José se llenó de colorido, texturas, barros, aromas y trabajos maravillosos hechos por artesanos de manos callosas a la sede de un encuentro. Inolvidable panorama donde colgaban huipiles, rebozos, alfombras, y la fina urdimbre del oro, la plata, la obsidiana, el jade, el cobre convertidos en piezas maravillosas que ya habían sido seleccionadas para competir por los tres primeros lugares de los artesanos mágicos de sarape y alpargatas.

Los que tuvimos la dicha de presenciar o adquirir algunas piezas a precios irrisorios (condición en el concurso únicamente), lo tenemos presente en el recuerdo que fija la belleza que capta la vista.

Una humilde indígena mazateca obtuvo el primer lugar con una bella pieza, cuya foto dio la vuelta al mundo.

Para no desviarme, regreso a lo que me obligó a escribir este artículo.

Durante años el trabajo de nuestros artesanos fue visto con indiferencia, la lacra mental de que nos habita, si es mexicano, no puede ser bueno, si es extranjero, no puede ser malo. De allá el orgullo de los Lladró, los muranos, los terciopelos.

Me jacto de haber traído muebles y adornos de toda la República, telares lámparas, tapetes artesanales que embellecieron la casa de arcos, tejas y bugambilias que viví durante muchos años y fue un orgullo para toda la familia los elogios que recibimos de nuestros visitantes.

De un tiempo para acá recuperamos el camino y avanzamos para arropar nuestro México de colorida trama, de aromas y colores, sabores y rebozos que nos envuelven con ternura y múltiples colores.

He visto trabajar a los artesanos en míseras condiciones, días y días para lograr una perfecta muestra nuestra; por eso, siento que cometo pecado mortal al regatear sin misericordia, ante un trabajo impecable de días y sí arrebatamos sin chistar los trapos corrientes chinos que nos han invadido.

Defendamos nuestro arte popular, y empecemos con aportar diseños a nuestro arte peninsular.

Crear más enamorados del arte popular mexicano que revalora a sus artistas, para adquirir sus obras y devolver el respeto, el amor y la admiración que siempre ha merecido.

Rosa María Lara de Rullán

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