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Memorias de un desmemoriado

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13ª entrega

Entre buenos y malos tiempos pasó el primer año de la especialidad. Esta generación que me tocó cursar inauguró el Curso Universitario de la Especialidad, que consistía en que la Universidad Nacional Autónoma de México avalaba el plan de estudios que completaba la parte práctica que se desarrollaba en el hospital designado para tal compromiso.

Se presentaba un examen anual para poder continuar con tal curso académico de la UNAM, y al terminar los tres años ésta expedía el título correspondiente de Especialista si se reunían las condiciones que incluían también haber terminado el curso práctico —hospitalario— en el nosocomio aceptado y calificado por la máxima Casa de Estudios.

Antes de este avance en cuanto a las especialidades, normó así lo que antes no existía, pues al no tener estas reglamentaciones, lo mismo resultaba cursar unos meses en algún hospital en cualquiera especialidad, con lo que surgían los “especialistas” al vapor y sin reconocimiento universitario alguno, y lo peor, en nosocomios o clínicas que no reunían las condiciones para la enseñanza de la especialidad escogida.

Este fue un primer paso de importancia que elevó la enseñanza de la especialidad y que a nivel internacional ofertó esas especialidades; ya en mi grupo acudieron varios extranjeros como señalé anteriormente.

En el segundo año (1968) significó en lo personal cambios importantes, como mi casamiento y el nacimiento de mi primera hija, y también temporales sociales de disturbios y asesinatos efectuados por el sistema, como en el dos de octubre, y que significó para el país un parteaguas; esa noche trágica me tocó guardia en mi hospital situado muy cerca de la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco y los tanques estuvieron estacionados en la calle en donde estaba mi apartamento, antes de dirigirse a la plaza señalada. Mi hija nacería el 16 de noviembre de ese fatídico año que creímos que jamás se repetiría…

En este segundo año pasábamos al Centro Médico Nacional (ahora Siglo XXI), al Hospital de Oncología, para rotar en los servicios de Ginecología oncológica y en el de Patología Mamaria Oncológica. Ahí viví muchas experiencias importantes tanto en lo médico como en lo social. El primer día en que nos reunimos con el Jefe de Anestesiología, resulta que al leer mi nombre, me pregunta si yo era hijo de la “Güera”, como coloquialmente se le llamaba a mi señora madre Carolina Castro. Le contesté afirmativamente y a partir de ahí y las explicaciones de ser conocidos personalmente, amén de que el doctor Bernés fue ampliamente apoyado por mi tío el Dr. Alvaro Vidal.

La amistad entre el doctor Bernés, flamante Jefe de Anestesiología y la familia Castro (de mi madre) era de muchos años de existir y en especial el doctor Bernés se acordaba mucho de mi madre. Debido a esos lazos de amistad se desarrolló una empatía entre el Jefe y el alumno (éste era yo), con frecuentes convivios en la cafetería cuando el trabajo lo permitía, y al terminar mi especialidad fui recomendado por el doctor para tratar a un familiar en cuanto a mi especialidad se refería, siendo una agradable secuencia de varios años en que la respetable dama acudió a mi consulta ya establecido en Campechito y que recuerdo con mucho cariño y respeto.

Mientras tanto hubo cambio de Jefe de Residentes y de ahí surgieron varios problemas con el suscrito y su compañero de guardia, mi querido amigo el Dr. Salomón Gittler de religión judía y gracias a sus invitaciones conocí varias fechas conmemorativas para ese grupo como bodas, circuncisión, la fiesta de mayoría de edad para el joven, etcétera. Inolvidables festividades que dejaron un gratísimo recuerdo junto con su amistad que perdura hasta ahora.

Resulta que las guardias en el servicio de Tocoquirúrgica, como ya comenté, eran infrahumanas, con 24 horas seguidas sin poder descansar y con la responsabilidad en el tipo de trabajo más difícil (partos, cirugías, urgencias, etcétera). A pesar de todo ese volumen de ocupación, nos dimos cuenta Salomón y yo, que en algunos días era posible hacer un rol para que descansáramos aunque fuera dos horas, descanso que significaba casi un orgasmo ante la cantidad de trabajo.

Se estableció un acuerdo entre todos y como Salomón y yo éramos jefes de guardia, lo establecimos con nuestro aval y responsabilidad de todos en el sentido que los que nos quedábamos mientras alguien descansaba teníamos la obligación, sin excusa alguna, de cumplir con el trabajo del durmiente.

Y así humanizamos esa costumbre inhumana y no siempre necesaria de estar cual sonámbulos por 24 horas trabajando como esclavos, aunque obviamente aprendiendo, eso sí ni negarlo, pero igual se podía con ese descansito; es obvio resaltar que muchos días era imposible disfrutar de esas dos horas de descanso debido al trabajo enorme.

Y todo iba muy bien sin queja ninguna, sin complicaciones por falta de atención ni nada semejante, pero… el nuevo Jefe de Residentes al enterarse de ese crimen y sobre todo por no saberlo y mucho menos autorizarlo, nos citó a la pareja, Salomón y yo, para recriminarnos esa acción tomada sin autorización del Jefe, o sea él.

La discusión fue severa, con la consabida cita a la “disciplina” por su lado; respuestas de nuestra parte, ininteligible para él y su criterio de burócrata, pero contundentes en cuanto a la realidad, que con el criterio que aplicamos nada falló, nadie se murió, nadie se complicó, pero sí algunas veces se pudo tomar un descanso bien merecido y aplaudido por los demás compañeros.

La discusión no llegó a ningún acuerdo razonable, por lo que tomamos la decisión unilateral de que seguiríamos con lo establecido respecto al descanso, basados en qué como nosotros, Salomón y yo, éramos los jefes de la guardia y era nuestra responsabilidad autorizarlo, decidimos por lo tanto seguir con nuestro plan y respaldados por los componentes de nuestra guardia: los demás residentes. El jefe encabronado nos recordó que estaría muy atento y que en caso de alguna falla, estaríamos jodidos sin duda alguna. Continuará…

Manuel R. Gantús Castro

 

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