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Enemigo o adversario

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Si bien la Real Academia Española (RAE) las equipara para definir una intencionalidad mala de las personas, hay gran diferencia entre las palabras enemigo y adversario.

La primera es rotunda, no permite matices, señala como lo “peor” y, por su uso en el lenguaje común, casi implica matar en defensa de la vida, lo que es un contrasentido usado con comodidad jurídica para exonerar a asesinos confesos.

Mientras que adversario, a pesar de su raíz negativa, es usado para los deportes y otras contiendas democráticas, donde no hay ningún señalado de “el malo” y más bien describe la calidad y capacidad del otro para controvertir o disputar, lo que implica la existencia de un escenario donde se encuentran, discuten o luchan y pueden llegar a acuerdos que, indudablemente, exigen concesiones probadas entre las partes.

Estarán de acuerdo mis distinguidos lectores de TRIBUNA que cuando caminamos por la vida cosechamos amistades, enemistades, sin poder saber la razón del apego o del odio; hasta Jesús y Mahoma conocieron este problema. Si nos basamos en la etimología latina del vocablo adversario, ad-versare, hablaríamos de alguien que se mueve en dirección opuesta a la nuestra. Existe, por ejemplo, una grave diferencia entre estar en desacuerdo con un político y odiarlo.

En repetidas ocasiones he escuchado filosofar que la vida es muy corta, que son muchas cosas que aún tenemos por descubrir, tantos seres a quienes amar que no hay tiempo para los enemigos. Y en mi caso confieso que tengo uno que otro enemigo o a quien le caigo mal de gratis que me han puesto en los últimos años en un verdadero predicamento. Pero no importa, porque ni los veo ni los huelo y no es que yo sea un pretencioso, es sólo respeto a mí mismo.

El adversario puede lidiar con nobleza, con cortesía, con caballerosidad, con valentía, acepta el diálogo, puede reconocer sus propias equivocaciones, mientras que el enemigo desea destruir, aniquilar, causar dolor… sus ojos parecen lanzar fuego. Recuerdo aquella secuencia de la película de Polansky, El pianista, cuando un oficial alemán descubre a un judío oculto en una casa destruida por el bombardeo y en la que sobrevivió milagrosamente un piano. Al escuchar la primera balada el oficial baja la guardia, manifiesta respeto, solidaridad, reconocimiento por un adversario talentoso que supuestamente debería ser ejecutado.

Cuando se habla del enemigo, en cambio, se involucran acciones psicológicas tendientes a quebrar la resistencia del opositor. Entonces hablamos de musulmanes contra cristianos o viceversa, palestinos versus judíos, guerras interminables sin sentido. El adversario puede evaluar sin pasión, el enemigo es descomedido, desmesurado, ciego, tiene anteojeras como los caballos, no puede ver la realidad en su totalidad.

Pienso que lo importante no es tanto tener o no enemigos, sino más bien no sentirnos enemigos de nadie, respetar opiniones opuestas a las nuestras, tomar en cuenta las críticas sensatas y objetivas, olvidarnos de las demás, pongo por ejemplo las valiosas y acertadas caricaturas de TRIBUNA. Conozco lo suficiente a sus caricaturistas para saber con seguridad que no pueden odiar, pero sí son capaces de desnudar y pegar “duro y a la cabeza” a cualquier ser humano que se lo merezca.

Es verdad que existe lo que llamamos evolución, es abismal la diferencia existente entre el hombre que intentaba hacer fuego usando piedras o pedazos de madera y aquel primate superior, también llamado homo sapiens, capaz de trasplantar un corazón, un hígado, mandar una sonda espacial a veinte mil millones de kilómetros, construir un avión supersónico, etcétera. Sin embargo contrasta con aquellos homínidos que asesinan, desmiembran, decapitan, construyen artefactos atómicos destinados a eliminar del planeta a millones de seres (Hiroshima y Nagasaki), pero desde entonces hemos “progresado”.

La máxima prueba de inteligencia que puede ostentar un ser humano consiste en saber reconocer las eventuales virtudes de sus adversarios. Tenemos que seguir descubriendo el valor de todo lo que es amor, equidad, humildad, solidaridad, entrega, justicia. Creo que no es mucho pedir ¿O sí?

RECONOCIMIENTO. Me uno a las voces de felicitación que está recibiendo Bertha Paredes Medina, articulista de muchos años de TRIBUNA, con motivo de la presentación de su obra “El señor de los libros”, pues son pocos como ella, que dedican su talento y tiempo a escribir obras de categoría y trascendencia como la que tan felizmente ha producido nuestra apreciada amiga. En dicha obra se aprecia sensibilidad, perseverancia y disciplina.

Vaya, pues, una vez más, una apoteósica felicitación y le deseo muchos éxitos más, que seguramente continuarán llegando como premio a la constancia y al amor que siempre le ha tenido a esta tierra campechana.

Rafael Martínez Castro

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