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Diario Independiente

La violencia tiene cura

Los connotados historiadores aceptan que al mundo, desde sus inicios hasta hoy, la sombra de la violencia y la guerra lo han acompañado...

Los connotados historiadores aceptan que al mundo, desde sus inicios hasta hoy, la sombra de la violencia y la guerra lo han acompañado y sólo ha tenido 25 años de paz, tiempo cuando estuvo en la Tierra el unigénito Hijo de Dios, quien con sus señales, prodigios y milagros demostró que era divino, y tomó el lugar de hombre para cumplir con la demanda de la ley que exigía la muerte del culpable y así traer paz a quien acepta seguir sus pasos.

Mientras el hombre y la mujer no habían pecado, la relación matrimonial era un modelo de entendimiento y comprensión; y Dios los conservaba unidos, ocupados en el trabajo diario, con capacidad de reproducirse, pero con una relación muy íntima entre ellos y  su Creador que les concedió el libre albedrío para decidir y no estar sujetos como esclavos sin facultades volitivas, raciocinio y emociones.

El Dios trino, al  hombre y a su pareja los dotó de libertad,  pero fueron engañados por el dueño de este mundo, Satanás, quien les dijo serían dioses si del fruto prohibido comían; pecaron —pésha, palabra hebrea, idioma en que fue escrito  la mayoría del Antiguo Testamento, y que significa todo acto de rebeldía contra las leyes morales de Dios—, tal caída llevó a Dios a expulsarlos del huerto donde  entrar de nuevo imposible sería, porque querubines impedían el acceso de día y de noche.

Absurdo, infantil, historia sin sentido, dirían los escépticos; pero lo cierto, es que a partir de ese día la vida de los dos primeros seres humanos cambió. La relación con Dios fue cortada —muerte espiritual—, porque contaminados fueron su alma, espíritu y cuerpo por el pecado trasmitido en los genes a todas las generaciones.

Describe la Biblia en el capítulo 3 de Génesis, el amor de Dios cuando dejó escuchar su voz en medio del hermoso huerto: ¿Adán dónde estás tú?, pregunta que no es sinónimo de ausencia de omnisciencia o infinitud, sino de preocupación incomparable e inefable para guiar al hombre y a la mujer a  su propia realidad, porque de la santidad cayeron. Por tanto, su futuro oscuro y caótico era inminente y su descendencia por generaciones las consecuencias arrastraría.

La violencia sobrevendría como un mal inextinguible, cual viento que azota y destrucción causa; como caudaloso río que implacable sus corrientes arrastra árboles y su creciente invade territorios inesperados dejando muerte, destrucción, dolor y sórdido resultado.

Expulsados del que fuera su hogar inigualable, Adán y Eva vivieron su primera experiencia de violencia, cuando un día sus hijos: Abel, pastor de ovejas y Caín, un labrador, los dos al campo fueron para ofrecer a Dios sus ofrendas. Con agrado Dios miró al primero, porque dio lo mejor; pero no fue igual con el segundo, quien su rostro decayó ; se encendió en ira incontrolable, perdió toda razón contaminada por el pecado,  su conciencia  resultó infectada  por el orgullo,  su corazón dolido por su egocentrismo y su amor fraternal pulverizado por el odio. Entonces se ensañó contra su noble hermano al cual mató con tal frialdad, como sucede hoy en día.

Bien dijera el escritor bíblico: ¿Qué es lo que fue?  ¿Lo mismo que será?, nada hay nuevo debajo del sol (Eclesiastés 1: 9). Durante siglos enteros la violencia su reinado ha extendido sobre erosionada tierra; desde oriente hasta el occidente; no hay frontera que lo frene, porque su raíz está en el mismo ser humano. El pecado, cual cáncer invadió los sentidos; uno de muchos este ejemplo: Un Isis que crucifica niños, mutila mujeres, decapita a hombres y mujeres, entrena a niños para morir por ideales absurdos, extirpa el clítoris de niñas, separa a niños de sus madres sin conmoverse del llanto de los que sufren, masacra a inocentes y celebra su violencia.

No es extraño que hoy la violencia contra los niños vaya en aumento; no sorprende que la crueldad hacia las mujeres sea imparable, tampoco casualidad que el atropello de la mujer contra su cónyuge se empiece a denunciar. La raíz de la violencia está en el interior del hombre, generado por el ego o el “Yo” que tanto daño hace, que no mira consecuencias, sino sólo satisfacción que no termina.

Sólo hay un remedio para quien su corazón de odio está lleno, para quien su orgullo lastimado lo esclaviza; para quien quiere ser el primero siempre, para quien controlar a los demás es su anhelo obstinado, para quien un sentimiento de lástima lo envuelve y reacciona con violencia,  para quien insiste y promueve con furor empecinado, y con gritos internos incontrolables: ¡¡¡Todos los hombres son iguales!!l, o ¡¡¡Todas las mujeres son iguales!!!

La solución: una nueva naturaleza que Cristo ofrece por la fe en Él. Tal hombre y mujer necesitan nacer de nuevo. Cristo dijo: El que no nace de nuevo puede entrar al reino de los cielos; es decir, se necesita una nueva naturaleza que como luz es encendida en corazón tinieblas; el Espíritu Santo, irradia transformación individuo quien de criaturas pasa a hijos de Dios, para mirar la vida con la óptica de Cristo. Quienes los pasos de Jesús hoy siguen, y de la Biblia se nutren para conocer  al Dios sublime en su amor eterno, seguramente el descanso han hallado y amar es su vivencia cotidiana.

Rogelio May Cocom