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La abismal diferencia

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Una danza de números abre la nota que informa sobre el estreno de una “nueva” película basada en un libro. Cifras alegres que festinan el “éxito” de una versión cinematográfica, que es motivo de expectación entre el público que abarrota butacas para “ver” el contenido de un libro que, probablemente, nunca ha leído.

Euros, dólares y pesos pagados para mirar hora y cincuenta minutos de filmación. Si el autor viviera seguro recibiría regalías millonarias. The Jungle Book, nombre original de la obra literaria llevada a la pantalla grande, fue escrita en 1894 por el literato inglés Rudyard Kipling.

Este fenómeno de la mercadotecnia me pone a pensar en una peculiar escena. Imaginen un hombre, una mujer y un niño pasando a las puertas de una biblioteca que exhibe una valiosa edición de este libro. ¿Cuál creen que será su reacción?

Ahora imaginen al mismo hombre, misma mujer y mismo niño paseando por alguna plaza, pasando frente a las puertas del cine que exhibe un cartel de la película con igual nombre del libro. ¿Sera diferente su reacción?

Pero más allá de las reacciones vinculadas con la estrategia de manejo de masas, pienso en aquello que provoca la necesidad de seguir sacando del viejo baúl las mismas historias de siempre. En estricto, me refiero a la falta de creatividad humana que nos sorprenda con algo que no sepamos o conozcamos ya.

La cultura del refrito, del recicle de ideas, de copiar “la vida real” para “mostrarla” diferente, sin duda es tiro seguro para ganancia económica, pero abate la originalidad de creatividad.

Obviamente, quien nunca haya leído un libro en que se base cualquier película, no tendrá jamás la historia completa. Se conformará con la versión al gusto del guionista. Ojala las películas “inspiradas” en obras literarias sirvieran para que la gente, al salir del cine, llevara consigo el gusanito de la curiosidad para leer el libro completo.

Ir a la biblioteca o librería y hacerse de un ejemplar impreso. En la realidad no sucede así, pero deja una legión de “no he leído el libro pero ya vi la película”. No es lo mismo.

Precisamente hace poco, conversando con una amiga en su programa de radio que se transmite los jueves en Campeche, reflexionamos sobre el verdadero valor de los textos antiguos y libros clásicos para iniciar a la lectura. Concluimos que por su composición literaria, lenguajes de época, muletillas, dichos populares y forma de escritura era difícil que fueran recomendadas como primeras lecturas.

Por ejemplo, no recomendaría leer el Quijote de la Mancha como primera opción para quien busca engancharse con el placer de leer, hay libros más actuales, de aprendizaje y entretenimiento que sin duda despertaran en el lector las ansias de leer otros textos.

En suma, triste es que cada día haya menos imaginación y creatividad. En fin, entre leer el libro o ver la película, mi preferencia es inobjetable. La diferencia entre una cosa y otra es abismal.

Bertha Paredes Medina

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