Tribuna Campeche

Diario Independiente

Un paseo por el mercado de mi ciudad

Hace unos cuatro meses acudí al mismo sitio por el mismo motivo

“Si haces una venta, te dará suficiente para vivir. Si inviertes tiempo y prestas un buen servicio al cliente, puedes hacer una fortuna”, Jim Rohn.

Debo confesar que son muy pocas las veces que acudo al mercado de mi ciudad, “Pedro Sáinz de Baranda”, pues las cosas que comúnmente requiero para insumos para la casa los adquiero en el “mercadito de San Francisco”, en alguna tienda de autoservicio, de conveniencia o algún tendejón cercano a mi domicilio, que dicho sea de paso, estos últimos cada día son menos.

Algún pretexto busqué para asistir a este centro de abasto y se me presentó un viernes, ya que ese día mi reloj dejó de funcionar porque “la pila se agotó”. Como siempre, me levanté temprano, hice algunos quehaceres que tenía programados y me dirigí al mercado. Camino al centro de abasto le llamé por teléfono a mi amigo Jorge para que me acompañe, y de pilón invitarlo a desayunar. Nunca respondió a mi llamada, así que fui solo.

Hace unos cuatro meses acudí al mismo sitio por el mismo motivo: cambiar la pila al mismo reloj, pero fue una visita como aquella invitación a Fidel Castro a Monterrey, en la época de Fox, donde fue explícito en la invitación: “ven, comes y te vas”, y así lo hice, cambiaron la pila del artefacto y me fui.

Ese sábado fui decidido a realizar un recorrido por aquellos lugares que antaño acostumbraba visitar, por lo que parqueé mi camioneta a un par de cuadras, me dirigí al puesto donde cambian pilas y después de ser reparado inicié mi caminata.

Habiendo avanzado apenas unos pasos, escuché que alguien en voz alta decía mi nombre, era mi amigo Pinder, que al igual que yo formamos parte de la primera generación de egresados del Instituto Tecnológico de Campeche, aunque en carreras diferentes. Me dio mucho gusto verlo, es propietario de un establecimiento de joyas, recordamos algunas cosas vividas en esa época, me despedí y continué mi andar.

Fui al puesto de unos amigos de mi madre: Luis Salazar y Gladis, propietarios de “El Tranvía”, hoy atendido por Dulce, hermana de Gladis. Me saludaron como los recordaba, con la amabilidad a flor de piel, pero con la diferencia de que ahora no hay el bullicio de antaño. El flujo de clientes ha disminuido de manera considerable.

De ahí, me encaminé a uno de los lugares preferidos para comer de mi papá y mi mamá: las ricas tortas de lechón tostado en el puesto de “El Pargo”, quien falleció ya hace muchos años. Encontré el local diferente, fraccionado, y opté por desayunar en un puesto cercano a este.

Recuerdo que “El Pargo” bromeaba con mi madre, ya que eran propietarios de unos espacios vecinos en el cementerio de Santa Lucía, y le decía a mi madre: “Mireya, cuando estemos ahí tendremos mucho tiempo para platicar”.

Me encaminé al área donde venden ropa y hamacas, ahí trabajaba un amigo de la colonia Santa Ana al que siempre le llamábamos cariñosamente “chaparrito”; no se encontraba ahí, tal vez ya no trabaje o se nos ha adelantado en el plano terrenal.

Recorrí el área de frutas, y vi por el umbral de una de sus puertas a una señora que vende manjar blanco, postre que le encanta a mi hijo y a decir por él, es el mejor que ha probado.

Continué por el área de carnes, pescadería, por ese anexo que se construyó hace como 30 años donde se bloqueó la calle Chihuahua para ampliar la capacidad del mercado y ahora es usado para vender las frutas y verduras de la región.

Es fascinante observar el ir y venir, el trajinar de los comerciantes ofreciendo, y a los clientes preguntando y regateando por los precios; escuchar el fuerte bullicio del área de pescadería con su gran variedad de pescados, el área de comida con esa dulzona invitación: “mi amor, ¿que se le ofrece?”, con esa campechanía que te halaga. Fue una mañana que me dejó mucha nostalgia, pero que me invita a frecuentar más a menudo nuestro mercado.

Vi un mercado con un innumerable número de puestos, los pasillos atestados, invadidos por el comercio individual, y ambulantes que venden a diestra y siniestra. Me tocó ver un mercado limpio, con un trato afable en su gente. Bien se dice: “¿quieres conocer una ciudad?, ve a su mercado”.

Ya la capacidad del principal mercado de nuestra ciudad se ha visto superada por el número de comercios; de que es necesario uno nuevo, seguramente sí, pero sin duda cuando las autoridades lo decidan se levantarán voces de protesta, ya que los cambios siempre son difíciles de aceptar.

Son muchos los intentos que se han realizado por adelgazar el flujo de visitantes, uno de ellos fue la creación de una central de abastos, la cual fue un verdadero fracaso.

La parte frontal del mercado se encuentra con un sinnúmero de puestos, que como aquellas flores silvestres se cunden en un abrir y cerrar de ojos, los changarros crecen día a día; sin duda, es uno de los puntos “neurálgicos” del H. Ayuntamiento.

Ya de regreso a mi automóvil, intenté ver a Juan Uribe, ya que tengo una plática pendiente para hablar de un artículo que pretendo escribir sobre este centro de abasto, pues fue uno de los primeros que al desaparecer el mercado “7 de Agosto” se trasladó al Sáinz de Baranda; desafortunadamente, no lo encontré.

Aquellos que no acostumbran a ir al Sáinz de Baranda, los invito a hacer una visita a este centro de abasto; créanme que es muy satisfactoria, estoy seguro la disfrutarán.

Rodolfo Bernés Gómez