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Arcoíris en blanco y negro

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Entresemana

El pasado 12 de junio el mundo se estremeció con la masacre en el Club Pulse, de Orlando, Florida, en los Estados Unidos, donde el atacante Omar Siddique Mateen, abrió fuego, mató a 50 personas e hirió a otras 53.

La matanza, calificada como el peor atentado después del 11S (ataque a las Torres Gemelas), recogió diversas manifestaciones de repudio a nivel mundial, por una sola razón: se trató de un atentado homofóbico.

Siddique Mateen previo al ataque llamó al 911 y juró lealtad al grupo islámico ISIS, pero las investigaciones conducen a otras líneas, que sugieren más un atentado homofóbico, que religioso.

Este atentado, como muchos otros —religiosos o de cualquier tipo—, deben llevarnos a pensar hacia dónde estamos yendo y porqué.

Es por todos conocidos la situación que atravesamos en Campeche con la aprobación de la ley para los matrimonios igualitarios, enviada por el gobernador Rafael Alejandro Moreno Cárdenas al Congreso, y aprobada casi por unanimidad, —tomando en cuenta un solo voto en contra de una diputada que ha pasado inadvertida—, y que ha sido aplaudida por aquellos que ahora se sienten incluidos en la sociedad y protegidos por la ley.

Previo a la aprobación mayoritaria de esta ley que ya ha entrado en vigor, diversos grupos religiosos identificados con el obispo de Campeche, José Francisco González González, se plantaron afuera de la Cámara de Diputados y recabaron firmas para echar atrás la ley.

Una vez aprobada en Campeche esta norma, el presidente Peña Nieto instó a los demás estados a dar entrada a leyes similares, con el objetivo de “generar igualdad a grupos homosexuales del país, para darles certeza jurídica y garantizarles respeto”.

De inmediato, otros grupos —también en pro del obispo— se manifestaron en las afueras del PRI estatal, dejando clara su homofobia, intolerancia, falta de respeto a las leyes mexicanas, pero sobre todo, su discriminación a los grupos minoritarios del país. Ahora también han acudido a presentar un amparo, que sin duda será desechado, pues la ley no tendrá marcha atrás.

Estos actos de repudio a la inclusión —aunados a los sermones que el obispo y demás sacerdotes de la Iglesia Católica vociferan en sus misas y homilías—, son los que provocan división entre aquellos que durante años habían pedido ser tomados en cuenta como parte de la sociedad e incluidos en las leyes para su trato igualitario, y a la vez radicalizan a grupos que desatan su odio en contra de quienes tienen preferencias sexuales diferentes.

¿Por qué el afán del obispo y la Iglesia por denostar a quienes piensan y sienten diferente a ellos? ¿Qué daño les hace una persona que nació con una diferencia genética o ha desarrollado gustos diferentes a los que —según la Iglesia— deben tener todos por igual? Es que, ¿acaso no existen diversos colores, razas, idiomas, ideologías y preceptos? ¿Acaso por eso debemos odiarnos unos a otros? ¿Dónde quedó el libre albedrío de los seres humanos?

Es curioso saber que en este pequeño grupo de gente en contra de la comunidad Lésbico, Gay, Bisexual, Transexual, Travesti, Transgénero e Intersexual (LGBTTTI), están plenamente identificados padres, madres y hermanos de gays y lesbianas, que por alguna extraña razón en lugar de apoyarlos, pretenden darles un traspié.

¿Acaso les da tanta pena tener en su familia a estas personas por ser “diferentes”? ¿La religión les ha enseñado a rechazar a su propia familia? ¿Qué sucedería si en un evento público, mientras unos se manifiestan en contra, los hijos levantaran la mano y les pidieran su aceptación?

Partidos políticos, asociaciones civiles y sociedad en general han solicitado en diversos foros y pláticas que el obispo González González deje de entrometerse en este tipo de situaciones, pues temen que pueda haber algún tipo de incidente, si bien, no igual al de Estados Unidos, al menos sí una situación que de alguna forma se tenga que lamentar.

La historia nos ha enseñado mucho, y entre las grandes lecciones la mayoría de los problemas están envueltos por el fanatismo religioso. Algún maniático ensoberbecido y hambriento de poder o fama que quiere exterminar a aquellos que no piensan como él, o aun peor, que quería para sí una raza superior, diferente de las demás.

Esos años ya pasaron. Vivimos una era moderna de respeto, igualdad, cambios, trascendencia, democracia, leyes, justicia y derechos humanos. No pretendamos regresar a la primera mitad del siglo XX, o aún peor, no dejemos que nos devuelvan la Santa Inquisición, que acabó con tantos inocentes que no pensaban igual que un pequeño grupo de “sabios”, que se comunicaban con Dios. Ambas épocas estuvieron marcadas por el “poder” de una Iglesia y una sociedad muy diferentes a las actuales.

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