Inicio»Opinión»Ham Tsen Kay

Ham Tsen Kay

0
Compartidos
Google+

(Parte 1)

 

“El exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance”, Isabel Allende

 

Son muchas las postales de nuestra bellísima ciudad donde se puede ver la confluencia de las calles 10 por 53; en las más antiguas se observa esa esquina con un letrero pintado en la pared con el nombre de un establecimiento: “El puerto de Cantón”. Si somos observadores, debajo de este, con letras más pequeñas, dice: José Ham y Cía.

Pero en algunas postales aún más antiguas se puede observar que ese letrero que señalaba el nombre del establecimiento, se encontraba de origen en la pared que se ubica sobre la calle diez, pues la parte con vista a la calle 57, esa que apunta al parque del centro de nuestra ciudad, tenía dos anuncios comerciales: “Gasolina El Águila” y “Nestlé”, así como el Puerto de Cantón, y en el techo del edificio un espectacular promocionando la marca de conocido café.

Quiero pensar, amables lectores, que ya se preguntan el por qué la relación del título de este artículo —Ham Tsen Kay— con el de José Ham Chin, propietario de “El Puerto de Cantón”, y sí, efectivamente son la misma persona.

Agradezco a Gabriel Ham Cuevas —uno de sus nietos— el favor de regalarme unos minutos en su estacionamiento, quien con mucha disposición y entusiasmo me proporcionó la información que requería para escribir este artículo.

Nuestro personaje nació a finales del siglo XIX en Cantón, China, un día del año 1898, del que no tienen referencia. Persona que tuve la oportunidad de conocer, y al que seguramente muchos recordarán siempre trabajando en esa tienda que en su época fue la más concurrida de la ciudad.

Don José Ham, siendo apenas un niño pierde a su madre, y su padre contrae de nuevo nupcias. Tal vez la tristeza de haber perdido a quien le diera la vida, a las circunstancias económicas, o el haber escuchado que en América se le podrían presentar mejores oportunidades de progreso, opta por dejar la tierra que lo vió nacer.

Con un poco de ropa en su baúl, pero con muchas ilusiones y seguramente con la nostalgia de dejar su país natal, se embarca de polizón en un buque que lo trasladaría desde el Puerto de Cantón con destino a México. ¿Cuánto tiempo duró la travesía? No se sabe, pero seguramente fueron muchos días en los que su paisaje cotidiano era solo mar.

Es el 15 de octubre de 1910, cuando el sonido de la sirena del barco le indica que está llegando a su destino, el puerto de Manzanillo, en el Estado de Colima, en plena Revolución Mexicana, siendo ese día cuando Francisco I. Madero y un puñado de hombres acuerdan el Plan de San Luis.

Era apenas un niño de 12 años cuando pisó tierras mexicanas; al pasar por las autoridades aduanales le extienden su documento de entrada al país y le ponen por nombre José, y por apellidos Ham Chin. ¿Qué habrá pasado por la mente de este chiquillo? Solo Dios lo sabe, pero con seguridad, incertidumbre y hablando solo su lengua paterna: “el chino mandarín”.

¿Por qué decide venir a Campeche? Podemos especular que ante la situación política que vivía en esos momentos en nuestro país, decide alejarse del centro de los conflictos, o tal vez por referencia de algunos de sus coterráneos que vivían en ese puerto mexicano, que le habrán contado de las bondades de nuestro Campeche.

Es así como unos meses después llega a esta nuestra tierra, que tiene el privilegio de haber adoptado a muchos inmigrantes, que como él, han puesto en alto el nombre de Campeche.

En el Instituto Campechano se matricula para aprender nuestro idioma, y comienza a trabajar como empleado en esa misma tienda cuyo propietario era un español.

Del otro lado de esta historia, una familia conformada por don Cecilio Ghemen —que en árabe significa “pastor de ovejas”—, apellido que le es cambiado al entrar a nuestro país por Gunam, y doña María Luisa Dumani, provenientes de Amiun, capital del distrito de Koura, ubicada al norte de Líbano, emprenden un largo viaje cuyo destino es México.

En ese peregrinar, a su paso por Marsella, Francia, nace una de sus hijas a la que ponen por nombre Rafaela, y el 15 de abril de 1910, en el buque “Correo Francés”, arriban al puerto de Progreso del vecino estado de Yucatán, trasladándose una temporada a la ciudad de Campeche y posteriormente a Champotón, donde instalan su residencia dedicándose al comercio de telas y ropa.

Don José Ham conoce y se enamora de Rafaela, y con el consentimiento de los padres de esta, sabedores que este es un buen hombre y dedicado al trabajo, ven con agrado esta relación y aceptan que contraigan matrimonio.

Eran los años en que gobernaba el país Francisco Plutarco Elías Campuzano —mejor conocido como Plutarco Elías Calles—, que con su mandato inicia la Guerra Cristera. Esta unión se realiza el 22 de enero de 1927, firmando el acta don Benjamín Romero Esquivel, que fungía como Juez Interino del Registro Civil.

Instalaron su hogar en la calle 57 número ocho, donde nacen sus hijos: José, Zobeida, Rafael, Miguel, William y María del Carmen.

Trabajó por muchos años como empleado en ese mismo establecimiento que por nombre tenía “La Concordia”, cuyo propietario al dejar nuestra ciudad opta por vender el establecimiento, y por el cariño que le tenía a don José, y desde luego respaldado por el trabajo que realizaba, se lo ofrece dándole facilidades para adquirirlo.

Se hace propietario del negocio y se dedica a fomentarlo para crear un patrimonio para su familia; le cambia el nombre a “El Puerto de Cantón”, en memoria del lugar de su procedencia.

Nuestro personaje usaba un ábaco de ébano con cuentas de marfil, que aún conserva Gabriel y que tiene más de 150 años de antigüedad. Gustaba competir con sus amigos para ver quién podía realizar operaciones matemáticas con más rapidez.

Rodolfo Bernés Gómez

Noticia anterior

Arrollan y matan a motociclista

Siguiente noticia

Acaba niña en techo de láminas de zinc