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Reencuentro normalista

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El verano está por terminar. Fue tan rápido el receso escolar para los profesores, un poco más prolongado para los estudiantes, que pareciera que los ánimos aún no motivan lo suficiente para regresar al colegio. Quienes no tuvieron ansiados días de descanso en plena canícula, las condiciones anímicas, físicas y hasta psicológicas no están en su nivel ideal; sin embargo, la cotidianeidad no detiene las jornadas laborales.

Días de descanso en la playa, paseos por la ciudad, escapadas de fin de semana para convivir con los amigos, equivale a una oxigenación espiritual; no se diga de las reuniones familiares, reencuentros de condiscípulos para evocar las hazañas colegiales y celebrar el aniversario de graduación. Cambiar por unas horas la correspondencia de la oficina por una amena charla de sobremesa, aislarse temporalmente del escenario laboral para alimentar los vínculos sociales, ¡es vital!

Este año —en lo personal— fue un verano diferente. Meses atrás, inspirados en la celebración del trigésimo aniversario de egresar de las aulas de la Escuela Normal de Profesores, acontecimiento que en opinión de los compañeros merecía una gran fiesta, ¡lo logramos! Empezamos con la entrega de un testimonio de gratitud a la Escuela Normal, misa de acción de gracias, y para cerrar con broche de oro, el brindis, la cena y el baile. Meses de espera para esa fecha, y en cuestión de horas, todo terminó. Permanece el recuerdo de una gran noche. El tiempo es extraordinario.

Quizá, amable lector, se preguntará: ¿por qué escribo sobre este tópico? La respuesta es simple: Después de treinta años de concluir la carrera de profesores, mi querida Generación 82-86, conserva el espíritu normalista, vocación magisterial, el orgullo de haber estudiado en una escuela pública, el aprecio y la amistad que a lo largo de los años nutre tantas almas.

En el verano de 1986, noventa y ocho jóvenes entusiastas abandonamos las clases en busca de la cristalización de metas personales; el compromiso familiar y la necesidad del empleo impulsaron la travesía; dejamos nuestros hogares, abandonamos suelo campechano y viajamos a tierras nuevas. Primero el examen para concursar por la plaza, esperar resultados y recibir el oficio de presentación para viajar hasta Villahermosa y Toluca, según el lugar de asignación. Se escribía  el comienzo de la carrera docente. El principio no resultó fácil.

Después de ese capítulo sucedieron infinidad de episodios; los años pasaron, desafíos, retos, logros, y hoy día, seguimos en esta generosa profesión, edificando, cada uno desde su trinchera, su propia historia, su trayectoria profesional; escribiendo sus victorias, expresando sus ideas, aprendiendo todos los días, entregando su tiempo, juventud y experiencia a la educación pública.

Sirviendo a la sociedad en diferentes estados del país, contribuyendo en la formación de la niñez, acompañando a los adolescentes, guiando a jóvenes y compartiendo con adultos tantas lecciones de vida. En las escuelas permanecen páginas exitosas, huellas que a lo largo del sendero alguien seguirá.

Los rostros adolescentes de los ochentas se han convertido en miradas diáfanas, manos ágiles, pensamientos genuinos, mujeres y hombres en la plenitud de su madurez, convicción de sus ideales, firmeza y responsabilidad en sus actos. Así que motivos para celebrar el 30 aniversario, se multiplicaron.

Llegó la fecha del reencuentro; todos elegantes, contentos, dispuestos a la gran celebración; ilusionados como hace treinta años, la noche se volvió nada. Esta vez brindamos por la vida, nuestra profesión, el afecto entre hermanos y la amistad que sigue floreciendo.

En la antesala del 50 aniversario de fundación de la Escuela Normal de Profesores de Calkiní, con renovados votos de compromiso normalista, iniciaremos un nuevo ciclo al servicio de la educación.

¡Felicidades amigas y amigos de generación!

Teresita Durán

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