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Ataque infundado al presidente

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En un sorprendente —por lo absurdo— artículo, denominado “El necesario escrutinio del Poder”, el prestigiado historiador capitalino Enrique Krauze validó la información publicada en el portal de internet de la periodista, también capitalina, Carmen Aristegui, sobre la tesis de licenciatura del presidente de la República, elaborada hace 25 años, y sobre la que el gran periodista-investigador yucatanense Mario Menéndez Rodríguez, informó en una ocasión que llevó por título “El presidencialismo de Obregón”.

El Sr. Krauze, hijo putativo de Octavio Paz, da la razón a la política-periodista Aristegui, en su afirmación de que el Lic. Peña Nieto “plagió” diez renglones del libro “Plutarco Elías Calles: reformar desde el origen”, no porque el primer mandatario no le haya dado el crédito en ese entonces al utilizar su argumentación como apoyo literario, pues el mismo Krauze reconoce que “sí aparece su libro citado en la bibliografía del trabajo académico presidencial”, sino únicamente porque el Lic. Peña Nieto no utilizó las comillas al referirse a esos renglones.

Nos parece que el historiador se puso feamente sus moños para apoyar a la histérica dama criticadora de la familia presidencial. Si viviera el Dr. Sigmund Freud, habría que mandar con él a Carmita para que le dé alguno de sus históricos tratamientos para curar la común enfermedad de muchas damas cincuentonas, como lo hizo en el siglo XIX.

De Carmen Aristegui —punta de lanza de capitalinos resentidos con el presidente de la República, por motivos superfluos vinculados con su distinguida esposa—, decíamos, no nos extraña esta nueva embestida, pues ya ha agarrado al Lic. Peña Nieto de “pavito”, por razones desconocidas al menos para el pueblo mexicano de provincia. Quizá los habitantes del Valle de México si conocen bien el chisme, aprovechando —eso sí— la actitud por demás democrática del Jefe del Ejecutivo.

Así le hicieron los capitalinos a Madero en 1913, cuando después de una férrea dictadura porfirista de 35 años —a Porfirio Díaz, que no se andaba con contemplaciones, sí lo supieron temer y amar en la “belle epoque”—, Madero permitió el derecho constitucional a la libertad de prensa, y lo que cundió fue un libertinaje periodístico que permitió al embajador norteamericano de ese entonces, Morrow, poder utilizar la situación política para llevar al entonces secretario de Guerra al poder, y mataran a Madero de un tiro en la nuca mientras lo llevaban traidoramente a la Ciudadela donde supuestamente lo iban a “fusilar”, que es lo que enseña la Secretaría de Educación a los chiquitos de primaria respecto a la muerte del apóstol de Coahuila.

Habría que revisar en una buena hemeroteca los ejemplares de El Universal de ese tiempo, para comprobar esta aseveración, lo del “libertinaje”, porque lo del tiro en la nuca, muerte vil para un gran hombre, está en un libro especial basado en documentos de la familia Madero, llamado: “La verdad sobre Francisco I. Madero y su muerte”, que por ahí nos tocó en suerte leer.

Pero de don Enrique Krauze sí nos extraña. Tan lindo y comedido generalmente, como diría una señorita de la Ciudad de México, en el manejo de sus escritos, y ahora aliándose a una mujer amargada porque su empresa, después de años de sostenerla y aguantarla, la despidió. Ella, Carmen, insiste en que de Los Pinos partió la petición de terminar con su programa de radio.

Olvida quizá, Aristegui, que cualquier empresario puede despedir a un empleado aunque tenga muchos años laborando en su negocio, con solo cubrir la indemnización que la Ley Federal del Trabajo ordena, como son 3 meses de su sueldo, más 10 días de sueldo por año, y las partes proporcionales de aguinaldo y de reparto de utilidades. De “patitas en la calle”, derecho del patrón, con solamente apegarse a los requisitos mencionados en la Ley. ¡Qué horrible sería tener en tu empresa a un empleado (a) desleal y no poder echarlo!

Lo del gran Enrique parece una “patinada”. Quizá aspiraba a ser el titular de la “nueva” Secretaría de Cultura federal en lugar del “Clavillazo”, yerno de José López Portillo, también llamado JOLOPO por el gran ingeniero del Tec de Monterrey, Eduardo de la Peña Lanz.

Y tendría —ahí sí— razón Krauze, porque: ¿Para qué darle al erudito esposo de Carmen Beatriz López-Portillo Romano la titularidad de esa “nueva” Secretaría? Ai cuando tomó posesión “Clavillazo”, dijo, ante un auditorio que se burló de él: “Ahora ya soy secretario de Turismo”, mientras que ya fue con Miguel de la Madrid Hurtado, seis años presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que era la “misma gata, pero revolcada” que la hoy Secul, del Gobierno de la República.

Hay que disculpar a Krauze; gran trayectoria, persona intachable que hubiese estado bien como primer secretario de Cultura de la nación. Lo merecía, todos lo sabemos, y se llevó un fiasco que no le correspondía. Pero lo de la tesis de licenciatura del presidente, documento que es ciertamente un requisito más —el primero es aprobar todas las materias— para recibirse en una profesión, fue una “patinada” y nada más. ¡Dejad en  paz la familia presidencial, que tiene asuntos más serios de qué ocuparse!

 

Xavier Eduardo Hurtado Ferrer

[email protected] donde agradeceremos los insultos del respetable público lector.

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