Tribuna Campeche

Diario Independiente

Un viaje para llorar

Me levanté con rapidez y me perdí en la multitud del mundanal ruido, pensando: ¿por qué a mí?

Ustedes han de pensar por qué me pasan cosas raras, y, ¿saben qué?, pues qué yo también lo pienso y me preocupo.

Hace unos días tuve que viajar de urgencia a la ciudad de Mérida, por fortuna encontré un asiento disponible, y dado que era viaje relámpago, únicamente llevaba mi bolso y un libro.

Me senté al lado de un señor que muy gentil me preguntó si quería que cambiemos de lugar, y le contesté que estaba bien, que muchas gracias. Me disponía a abrir un libro para no iniciar plática pues no se me antojaba; no había leído ni una línea y me dijo: “Disculpe, pero me recuerda a mi difunta esposa”.

Alcé la mirada y le dije: “Lo siento mucho”. Me dijo que sus ojos eran como los míos. Ya me llevó la… pensé. Volteé disimuladamente a ver si había algún lugar vacío, pero fue inútil, todo estaba lleno. Él me miraba fijamente, por tanto me armé de valor y le dije que estaba leyendo algo pues tenía que presentar e iba a dedicarme a ello.

Se apresuró a sacar su cartera y me enseñó una foto. Les juro por todos los voladores que le regalan al Señor de San Román y que no me dan tregua, que la mujer se parecía mucho a mí. Se me bajaron los humos y quedé anonadada. Me explicó la razón de su insistencia y empezó a contar la triste historia de su vida. Cerré el libro y me dispuse a escuchar.

He visto que las personas al correr de los años se vuelven más vulnerables, más sensibles y lloramos por cualquier cursilería. Mientras el hombre me platicaba su vida, las lágrimas le corrían a raudales y a mí me tenía con un nudo en la garganta y a punto de abrirse el grifo de las mías.

Ya llegando a nuestro destino, me dijo que trabaja en Campeche y que me quería volver a ver. Mi mente volvió a la normalidad, y con la misma amabilidad le contesté: ¿Sabe qué, mister? Yo ya he llorado mucho tiempo y estas dos horas me ha tenido profundamente triste, esa es la razón por la que los amigos que frecuento son los que me hacen reír con ganas, y por la que no puedo verlo más.

Me levanté con rapidez y me perdí en la multitud del mundanal ruido, pensando: ¿por qué a mí?

Rosa María Lara Aguirre