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La venganza del mar (cuento)

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Campeche, Cam., lunes 14 de noviembre de 2016.

Sr. Director de TRIBUNA

Lic. Jorge González Valdez

Presente:

 

El día 29 de mayo del 2014, se publicó en TRIBUNA un cuento corto de la autoría de quién esto escribe: “La venganza del mar”. Un cuento atemporal pero que el reciente suceso que se presentó en esta ciudad, respecto a la invasión de nuestro apacible y triste mar campechano, que en cada tarde “es fecundado por el sol poniente”, lo hace temporal, por lo que considero bien vale la pena publicarlo nuevamente.

 

Te agradezco la atención y te envío un cordial saludo afectuoso.

 

Atentamente

Manuel R. Gantús Castro

 

‘’Y es que todo se relaciona con nuestro mar que ha permitido su invasión como botín de piratas… “. (Para completar el ciclo. Aquí y ahora. TRIBUNA).

Otro día surgía con su lento despertar en la lenta vida de ese pueblo situado en las orillas de ese mar tan apacible, que más que mar, parecía lago.

Este pueblo de costumbres tan arraigadas y que por tantos años estuvo aislado del resto del país por la falta de carreteras.

La vida ahí se deslizaba en una tranquilidad sepulcral. Nada alteraba ese ritmo y la gente realmente disfrutaba de ello.

Las tardes brindaban la puesta de sol “más bella del mundo”, como aseguraban orgullosamente sus habitantes, y en verdad que era bella.

El mar en esos momentos simulaba un plato de agua por su tranquilidad, la que era solamente interrumpida por la algarabía de los niños y niñas que se ponían atentos para observar si al ocultarse el sol en el agua saldrá humo del mar, como aseguraban los abuelos que pasaría… y quién de ellos sería el que lo viera primero.

Uno de los deportes predilectos de ese pueblo es el chisme, entendiéndose por esto la plática de “algo” con cierta relación a “alguien” y que en cada comunicación que se corría de boca en boca, el contenido aumentaba exponencialmente. En la gran mayoría de los casos lo chismeado guardaba muy poco de verdad, pero la idiosincrasia de la gente es tal que juran que lo no existente existe, y nada ni nadie les hace cambiar de opinión. Así, en tal forma se deshacen honras, se arruinan capitales, se cazan fantasmas y se construyen fortunas.

Un día, un gobernante decidió robarle terreno al mar aunque en ese pueblo los terrenos abundaban tierra adentro. Pero como en ese pueblo el deseo de un gobernante es prácticamente una orden, sucedió que lo querido se realizó: se despojó al mar de parte de sus terrenos.

Este mar, modelo de obediencia y tranquilidad, ante la agresión sufrida se replegó pacíficamente y permití que en su otrora propiedad se edificaran prolongaciones del pueblo.

Y pronto las transnacionales calificadas pomposamente como “desarrollo turístico” se apropiaron de esas áreas y surgieron hoteles, venta de comidas chatarras, eso sí, con nombres en inglés; bancos, ventas de automóviles, de teléfonos, tortas, los famosos Home Depot y Office Depot que le dieron en la madre a las competencias autóctonas, etc., y para rematar, dos casinos, DOS casinos; en estos centros de espiritualidad han quedado y siguen quedando salarios, prendas y patrimonios, y hace muy poco la joya de la corona: la Plaza Galerías, en donde se ha demostrado que aquí no hay pobreza.

Y para completar, las inmundicias y aguas negras de ese pueblo también se vertieron al mar, con todos los contaminantes habidos y por haber.

Pasaron los años hasta que apareció un buen día, en ese sitio robado al mar, un personaje alto, vistiendo una túnica como las romanas, que alguna vez fue blanca; la frente amplia, nariz aguileña, mentón cuadrado que denotaba firmeza, cejas espesa, ojos negros brillantes, que parecían emitir chispas; y labios gruesos que despedían una sensualidad muy especial.

Dijo llamarse Isaías, y con voz tronante les ordenó que devolvieran al mar lo robado, ya que los deshechos y los contaminantes (incluyendo hoteles, casinos, comida chatarra, etc., etc.), lo tenían en agonía. Todos se burlaron, le insultaron y se pitorrearon, en especial quienes harían los negocios y más negocios.

Nadie sabe qué fue lo que pasó. Lo único que recuerdan es que una noche, sin ruido alguno y con la luna siendo testigo, el mar regresó a sus terrenos cubriéndolos como endenantes y desapareciéndolos para siempre, y el mar nunca más se retiró ni volvió a ser contaminado con las inmundicias como casinos, políticos y demás fauna infectante.

A pesar de todo, algunas veces intentan contaminar ese mar con nuevos “desarrollos” (léase negocios y más negocios para esas camarillas) y más inmundicias, para aumentar el capital bien robado de antiguos puestos políticos que Dios les proveyó.

Isaías observa en silencio, el mar acaricia sus pies y espera…

 

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