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El país de los lamentos y condenas

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México se ha vuelto un país donde la violencia solo se condena y se lamenta pero muy poco se hace para combatirla o desterrarla. Para las actuales generaciones de mexicanos, sobre todo para los niños y adolescentes, la violencia más cruel y descarnada se ha vuelto algo tan normal como cotidiano. No pasa día sin que esos menores, nacidos a partir del año 2000, no estén expuestos a una realidad social y mediática que ha normalizado la violencia: ya sea en balaceras en sus ciudades y calles, en agresiones en sus escuelas o en la información diaria que reporta ejecutados, descabezados, desmembrados o desaparecidos y secuestrados.

Esos niños han crecido con el fenómeno de la violencia que hace más de una década se ha recrudecido en el país. Y a fuerza de verla, de palparla y a veces de padecerla, se han acostumbrado a vivir en una sociedad donde ya no sorprende ni conmueve la aparición de cuerpos mutilados, niños o mujeres asesinadas o violadas, fosas clandestinas con cientos de cuerpos humanos muertos en asaltos o secuestros; una sociedad en la que la vida humana vale cada vez menos y que, en la proliferación de armas ilegales que inundan las ciudades sin control de las autoridades, incluso tiene un precio que se puede pagar para pagar una vida.

A esa generación pertenece el menor que entró armado a una escuela privada en Monterrey y que, en medio de su particular y dolorosa problemática, decidió abrir fuego contra su maestra y sus compañeros. No debió ser difícil para él conseguir un arma, tampoco ingresarla a la escuela oculta en su mochila; y al accionarla es probable que solo imitara algo que debió ver varias veces en su corta vida, ya sea en la realidad o en videos, a otros que mataron y dispararon a sangre fría en este país sin que pasara absolutamente nada con esos asesinatos que, en casi 97% de los casos, quedan en la total impunidad y sin castigo para los asesinos.

Porque esa es la otra realidad en que han vivido y crecido esos menores mexicanos: la de la impunidad total y normal; impunidad en la que matar y delinquir en su país no solo no tiene consecuencias en la mayoría de los casos, sino que se ha vuelto para muchos jóvenes un estilo de vida, opción a veces obligada por su difícil realidad económica, pero también a veces fomentada por una industria mediática y de videojuegos que ensalza a criminales y los convierte en figuras de culto y admiración para ese sector vulnerable e influenciable.

Apenas horas antes de la terrible tragedia en el colegio Americano del Noreste, un repaso a las noticias y titulares de los días previos arrojaba: “Más de 10 muertos el domingo en Guerrero, seis decapitados”. Tres niños de 4, 6 y 8 años muertos en operativo en San Miguel de allende”, “Balacera en bar de Playa del Carmen, cuatro muertos”, “Atacan Fiscalía en Cancún, 4 muertos; balaceras y pánico”. En ningún caso se habla de detenidos o culpables, solo de violencia real y cotidiana.

Ese mismo día, en medio de la conmoción nacional por el ataque en un salón de clases, todo lo que se escuchaba del presidente, del gobernador, de funcionarios y cuánto personaje se sumara a la ola mediática que desencadena una tragedia de esta magnitud, eran lamentos y condenas. “Lamentamos la violencia”, “condenamos ese tipo de violencia”, “no debe permitirse la violencia”, “castigo ejemplar a la violencia”, dicen las autoridades que no hacen nada para prevenir, contener y detener esa violencia, las mismas que han fracasado en sus políticas de seguridad y nos han hecho acostumbrarnos y resignarnos a aceptar como normal vivir en el miedo y la violencia. Y no faltarán quienes hablen de crisis de valores, de familias disfuncionales y desintegradas, de deshumanización y falta de civismo.

Pero tras los lamentos y condenas, y del análisis y explicaciones de expertos, lo que hay es una generación de niños mexicanos que nació, creció y vive todos los días en medio de una violencia cada vez más normal e institucionalizada.

Salvador García Soto

 

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