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Monte de felicidad

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Domingo IV del Tiempo Ordinario

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (5,1-12):

 

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así: “Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

 

El pasaje que meditamos este domingo es el principio del Sermón del Monte, que ocupa los capítulos 5-6-7 del Evangelio de san Mateo. El autor nos presenta ocho bienaventuranzas. La 8ª se prolonga en los versículos 11-12, aludiendo a posibles persecuciones. El texto paralelo de Lucas trae cuatro bienaventuranzas y cuatro malaventuranzas, y es probablemente anterior al de Mateo.

En el texto propuesto para hoy podemos distinguir algunos rasgos significativos. En primer lugar, Jesús se nos presenta como un auténtico Maestro, y enseña desde un monte sentado majestuosamente; el monte es el lugar de la revelación y de la majestuosidad del Creador. Inmediatamente pensamos en el Monte Sinaí, donde Moisés recibió la revelación de las tablas de la Ley.

El evangelista, sin duda alguna, de esta manera quiere poner de relieve y dar suma importancia a la enseñanza que dirá Jesús, el Maestro de la Nueva Ley. Después de las bienaventuranzas, en los versículos 21-48, Jesús, actuando como maestro, corrige y perfecciona el Antiguo Testamento con estas solemnes palabras repetidas: “les enseñaron tal y tal cosa, pero yo les digo esto otro”. Así, el Evangelio muestra a Jesús como el nuevo Moisés, superior a él.

La novedad de la Ley que precisa Jesús es precisamente no encerrarse en las normas y reglamentos, sino entrar en la verdadera felicidad, la verdadera ética y la verdadera sabiduría. Por lo tanto, las bienaventuranzas no son normas sino los caminos de la propuesta de la auténtica felicidad. No olvidemos que la palabra “dichoso”, en términos bíblicos, significa felicidad y santidad, por lo que el objetivo de la nueva doctrina es la búsqueda de la felicidad. El mundo pone la felicidad en determinados valores, empezando por el dinero; Jesús propone para sus seguidores otros valores a menudo contrarios.

Para lograr este fin, el Maestro nos habla del Reino de los cielos o Reino de Dios como un punto de referencia; este reinado se realizará plenamente en la vida futura, pero Jesús lo inició en esta vida y nosotros debemos continuarlo. Tiene dos dimensiones: personal y social. Socialmente el Reino es una sociedad que, por estar abierta a Dios, se establece sobre la libertad y justicia para todos.

Me atrevería a decir que este es uno de los pasajes del Evangelio que más ha conmovido al mundo a lo largo de los siglos, pues no conozco a nadie jamás en la historia que se haya atrevido a proclamar “dichosos” a los pobres de espíritu, a los limpios de corazón, a los mansos, a los misericordiosos, a los perseguidos, además enseñando con su ejemplo y dando el sentido a todos los hombres y mujeres, que a lo largo de los siglos, desde la cátedra (monte) de Moisés hasta nuestros días, sufrieron, lloraron por la causa de amor.

Me pregunto, ¿hay un ideal más alto que el que Cristo nos propone? En Él está la respuesta a las ansias más profundas de nuestro corazón, solo en el Evangelio de las bienaventuranzas se encuentra el sentido de nuestra vida, nuestras lágrimas, injusticias, sobre todo estas que son en el nombre de Dios. Si queremos seguir a Jesús hemos de vivir las bienaventuranzas, porque cada una de ellas puede ser practicada directa y plenamente en nuestra vida diaria.

¿Vivimos de acuerdo a esta verdad? Espero que sepamos descubrir el sentido del sufrimiento humano a la luz de la eternidad. No tengamos miedo de descubrir en las propias aflicciones, y en las de los demás, el valor salvífico del dolor; seamos realmente pacíficos y mansos. No se trata de cobardía sino del auténtico valor espiritual de quien sabe enfrentar los problemas, no con ira, no con violencia, sino con benignidad y amabilidad, venciendo siempre el mal con el bien. ¿Creemos todavía que el amor y el bien tendrán su última palabra?

Si nos fijamos bien, creo que la primera bienaventuranza resume de algún modo las demás: llama dichosos a los que viven la pobreza, entendida aquí como la actitud de desprendimiento y confianza o dependencia de Dios. Al mismo tiempo nos invita a adoptar esta misma actitud a todos aquellos que queremos tener parte en el reino. Serás dichoso en la medida en que ames y entregues tu vida por la felicidad de tus hermanos, en otras palabras: las bienaventuranzas abren nuestro corazón, nos enseñan a no mirar hacia arriba para encontrar un Dios de los Ejércitos, sino empatizar nuestra mirada con el hermano que sufre; también nos invitan a mirar y entender nuestro propio sufrimiento, que tiene su sentido en el plan que Dios tiene en el camino de tu felicidad.

Las bienaventuranzas siguientes, en mi opinión, serían la consecuencia de la opción tomada por los creyentes de la comunidad cristiana de “ser pobres”, y de compartir sus bienes con los que carecen de todo. Entonces los que están tristes dejarán de estarlo, porque Dios los consolará a través de los miembros de la comunidad, de la familia y amigos; los humildes se sentirán aceptados y valorados; los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados, porque los seguidores de Jesús luchan contra toda injusticia, mentira y manipulación.

Los misericordiosos, porque todos en la comunidad cristiana estarán dispuestos a ayudar, compartir y demostrar su generosidad; los que tienen un corazón limpio, porque todos tendrán un corazón limpio y podrán mirar su cara en el espejo con conciencia limpia; los que construyen la paz, porque todos serán constructores de paz y nunca seremos fuente ni motivo de división. ¿Así vivimos el camino de las bienaventuranzas? ¿Así lo vives en tu comunidad, parroquia, Diócesis? No seamos un signo de infelicidad.

Hoy debemos preguntarnos si creemos todavía en el cielo donde reinan estas bienaventuranzas, porque creer en el cielo es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos y psicóticos; personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total, escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

Creer en el cielo es rebelarnos con todas nuestras fuerzas para que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Tenemos que recuperar nuestra confianza en esta enseñanza del Maestro Jesús, y  creer en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor y nadie estará triste, nadie tendrá que llorar.

Por fin podremos ver a los que vienen en “pateras” llegar a su verdadera patria. Creer en el cielo es resistirnos a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos.

Hoy, escuchando estas bienaventuranzas y mirando mi propia vida, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo a cada uno de nosotros a encaminarnos hacia su verdadero Reino de felicidad. El camino está marcado, busca tu propio monte para escuchar cual es el mejor camino que Dios quiere para ti.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

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