Inicio»Opinión»También te condenarán

También te condenarán

0
Compartidos
Google+

Domingo 13º del Tiempo Ordinario

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO (10,37-42):

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus Apóstoles: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no tome su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, les aseguro”.

 

Jesús no se cansa de recordar a sus discípulos la importancia de ser exigentes consigo mismos en su seguimiento. Destaca mucho la dignidad de sus seguidores, la cual viene de la cruz que para muchos sigue siendo un escándalo, pero para nosotros una fuerza increíble. Parece tan sencillo entender que ser cristiano no es buscar el Dios que me conviene y me dice “sí” a todo, sino el Dios que despierta mi responsabilidad y más de una vez me hace sufrir, gritar y callar. El Evangelio nunca centra a la persona en su propio sufrimiento, sino en el de los otros, y siempre con la perspectiva de la cruz de Jesús.

Cuantas veces en nuestra mentalidad religiosa cometíamos errores centrándonos en el sufrimiento nuestro y sintiéndonos castigados por Dios, por algún dolor, problema, cruz cotidiana. Sin embargo, no olvidemos que Jesús no quería ver sufrir a nadie, Jesús nunca buscó el sufrimiento ni para sí mismo ni para los demás, al contrario, toda su vida consistió en luchar contra el sufrimiento y el mal que tanto daño podía hacer a las personas.

Jesús, como un verdadero Mesías, era un hombre dedicado a eliminar el sufrimiento, suprimir injusticias y contagiar la vida en todos sus aspectos. Cada curación de las enfermedades, compañía a los marginados, recuperación de la dignidad de los oprimidos, era para Él como volver al sueño original de Dios Padre; todo aquello era volver a la felicidad y comunión con Dios y con la naturaleza.

Jesús sabía que no bastaba hablar, gestionar con las palabras y deseos todo este sufrimiento y el peso de la cruz, necesitaba ser congruente y coherente con sus actos y con su mensaje, por ello fue rechazado por aquellos que no querían ningún cambio. Jesús sabía que era imposible estar con los crucificados y no verse un día “crucificado”. Sus palabras tenían que llevarle a cumplir las promesas. Jesús usa la expresión muy gráfica que llega al corazón: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Todos conocían la imagen terrible del condenado que, desnudo e indefenso, era obligado a llevar sobre sus espaldas el madero horizontal de la cruz hasta el lugar de la ejecución, donde esperaba el madero vertical fijado en tierra.

Además, “llevar la cruz” era parte muy importante del ritual de la crucifixión; su objetivo era muy claro: el condenado tenía que aparecer ante la sociedad como culpable, condenado, peligroso. En pocas palabras, este hombre era indigno de seguir viviendo entre los suyos, y todos descansarían viéndolo morir, por lo cual describe de esta manera también el destino de sus discípulos que tendrán que compartir la suerte de su Maestro. Jesús les venía a decir más o menos lo siguiente a cada uno de ellos, y lo sigue repitiendo a ti: “Si me sigues, tienes que estar dispuesto a ser rechazado injustamente; a los ojos de muchos parecerás culpable, te condenarán, y al final harán todo para que no puedas molestarles”.

Sabemos bien que esta historia que vivió y profetizó el Maestro vuelve a repetirse en el mundo de hoy, en nuestras vidas. Cambian los nombres, autoridades civiles o religiosas, cambian las formas de destierro y condena, pero sigue el mismo objetivo: crucificar. Y por supuesto que duele y sigue sin respuesta la retórica pregunta: ¿cómo podemos ser verdugos, Pilatos, sumos sacerdotes o la muchedumbre que con tanta facilidad y frialdad crucifica? Todos ellos participaron en el gran teatro para crucificar a un inocente, y había tantos buenos que no hicieron nada. ¿Tenía razón E. Burke afirmando que “para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada”?

La historia de Jesús sigue viva en nuestras vidas, en los condenados, en nuestras intolerancias y prejuicios, en tu historia. Por eso es tan importante escuchar y meditar la invitación de Jesús para saber tomar tu cruz con dignidad. Llevar la cruz no es buscar “cruces”, sino aceptar la “crucifixión” que nos llegará si seguimos los pasos de Jesús. El camino no es fácil, por ello hay que recordar siempre el rumbo; no son las instituciones o sociedades las que garantizan la victoria definitiva, sino Jesús. No olvidemos que más allá del desgaste está la confianza y el abandono incondicional en las manos de Dios. Más allá de todo lo que vamos perdiendo en el camino, está la Xfe en la promesa de Jesús: “El que pierda su vida por mí, la encontrará”.

Sigamos caminando con nuestras cruces con paz y sin ingenuidades engañosas ni fáciles arrebatos, sin prisas ni protagonismos. Caminemos con una comprensión creciente hacia todo y con mucha compasión a los que caen en este camino; no los juzguemos, sino más bien tomemos su mano para levantarle. La cruz pesa pero no te preocupes, sigue paso a paso dejando que Dios nos vaya madurando desde el interior de la vida ordinaria de cada día.

No tengas dudas que en ocasiones la vida te coloca en encrucijadas donde te has de definir y decidir sin medias tintas ni medias medidas, situaciones en que tu corazón amará y deseará realizar lo que tu mente detesta, y al revés. La decisión tendrá que ser radical, definitiva y definitoria para ti. La cruz es la consecuencia, el precio que hay que pagar por ser fiel al compromiso de procurar el bien y ser fiel a sus principios.

No estamos cerca de Dios si no estamos cerca del hombre, es más, la distancia que nos separa de Dios es la misma que nos separa del hombre, del prójimo, de Jesús. El creyente y seguidor de Jesús es el hombre de la acogida, es un hombre acogedor porque creer no es aferrarse a unas ideas o atarse a algo sino a alguien, a Cristo y a este encarnado.

No tengamos miedo de dar “el vaso de agua fresca” a los que nos rodean, es un gesto tan sencillo y fácil. ¿Tal vez deberíamos empezar por los que hemos juzgado, condenado? Pregúntate este domingo con toda la sinceridad. ¿Nos sabemos acoger? ¿Nos ayudamos? ¿Procuramos hablar bien, con simpatía, unos de otros? Aunque seamos diversos, aunque quizá pensemos de distinto modo, ¿nos esforzamos por comprender estas diferencias?

Toma tu cruz, acéptala y no seas indiferente a los sufrimientos de los demás, y si no los puedes entender, por lo menos no causes dolores y cruces de tu prójimo. Santa Teresa solía decir que: “La cruz abrazada es la menos pesada”.

Padre Ángel de Jesús Salvador

Noticia anterior

Acosan policías municipales a turistas

Siguiente noticia

Propone el Inapam crear Procuraduría del Adulto Mayor