Tribuna Campeche

Diario Independiente

Un asunto para reflexionar

Sol y sombra

 

Por si no tuviéramos la recurrente preocupación anual de los fenómenos meteorológicos inestables, como consecuencia del cambio climático, la semana pasada nos sacudió la noticia de un fuerte temblor en el país. La reacción inmediata para quienes tenemos familia, amigos y conocidos en la Ciudad de México fue buscar contacto y noticias sobre sus efectos en esa gran ciudad.

Lo anterior, derivado en la memoria de ser aquella entidad donde la historia registra catastróficos daños por un sismo de semejante intensidad en la escala de Richter. Las redes sociales y medios digitales dieron cuenta inmediata del tremendo suceso. No era para menos considerando que los 8.2 grados que registró el sismo fue inmediatamente calificado como el más fuerte en los últimos 100 años.

Acostumbrados a lidiar con huracanes, en la Península corrió como reguero de pólvora el hecho de sentir, en menor grado, el movimiento telúrico. En particular, la ubicación del llamado epicentro en el Estado de Chiapas fue determinante para sentir aquí sus efectos.

Habían pasado unos cuantos minutos y recibí la llamada de una amiga que juraba haber sentido el movimiento en su domicilio. Tenía toda la razón, con mensajes de toda la Península se saturaban las redes sociales informando cómo sintieron o vivieron el sismo.

En horas de la madrugada la Presidencia de la República daba un veraz balance del acontecimiento enterándonos que Oaxaca y Chiapas habían sufrido algunos daños. Y bueno el resto de la historia seguro usted la ha escuchado en los diversos medios noticiosos y está enterado de todo el apoyo nacional volcado a ayudar a nuestros hermanos de las entidades afectadas.

Sin embargo, hay un asunto que es necesario reflexionar y quizá recurrir a una buena explicación por parte de algún psicólogo.

En medio de la incertidumbre y cruce de reportes sobre lo que ocurría no faltaron algunos, en realidad muchos internautas para definirlos finamente, que tomaron a broma tan delicado suceso y se dedicaron a propagar rumores falsos sobre daños inexistentes o réplicas no confirmadas por la autoridad correspondiente.

Igual fue triste ver como en grupos de contacto, si sirve de consuelo no sólo de Campeche, “agudizaron su ingenio” para formular elaborados carteles y comentarios sobre el delicado tema del temblor buscando parecer divertidos. En tanto en la Ciudad de México miles de personas angustiadas regresaban a sus domicilios y en Oaxaca y Chiapas se empezaban a percibir los verdaderos daños. No entiendo todavía la sintomatología de este fenómeno de desapego social.

En suma, vale la pena entender que si no se tiene nada bueno qué decir, lo mejor es quedarse callados y dejar que la autoridad sea la única responsable del proceso informativo de cualquier acontecimiento. De los agudos bromistas, lo mejor es dar uso responsable a las redes sociales.

Queda la experiencia que no estamos exentos, como Península, a sentir los efectos de otro tipo de fenómenos naturales adicionales a los ciclones.

 

Bertha Paredes Medina