Inicio»Opinión»“Crucificados”

“Crucificados”

0
Compartidos
Google+

II Domingo de Cuaresma

 

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS (9,2-10):

 

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces, Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.

Estaban asustados y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube: “Este es mi Hijo amado, escúchenlo”.

De pronto, al mirar alrededor no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: “No cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos”. Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de “resucitar de entre los muertos”.

 

Este segundo domingo de la Cuaresma estamos invitados junto con Pedro, Santiago y Juan a un lugar muy especial. Según el evangelista, Jesús toma consigo a estos tres Apóstoles y los lleva aparte a una montaña, y allí “se transfigura delante de ellos”. Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.

Al inicio de la Cuaresma, sería bueno analizar a mi propio corazón y cuánto aún resisto y me opongo a llegar al Monte de la Resurrección, pues estamos todos invitados a contemplar el rostro brillante de Jesús y a la vez a nuestra propia miseria, dudas, cobardías y resistencias a la fe en Dios, que se hace tan humano. No tengamos miedo de dar este paso, porque Él acepta todo lo que somos y todo lo que tenemos en nuestras pobres manos.

Es obvio que nos cuesta trabajo comprender a Jesús en este tiempo de pruebas y de seguir su ejemplo; incluso Pedro —del Evangelio de hoy— tiene que aprender mucho todavía, y sabemos bien que hasta intentó quitarle de la cabeza a Jesús esa idea de la Cruz y el sufrimiento del Hijo de Dios.

Los hermanos Santiago y Juan le piden los primeros puestos en el reino del Mesías; ante ellos, precisamente se transfigurará Jesús pues lo necesitan más que nadie. Por eso hoy tienes que sentirte uno de ellos y darte cuenta que necesitas a Jesús para llegar al final de la aventura que se llama Pascua, pero la primera parada tiene que ser el Calvario. Si no pasas por allí, nunca llegarás al Monte de la Resurrección.

La escena, tan llena de recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta a sus discípulos “revestido” de la gloria del mismo Dios, al mismo tiempo Elías y Moisés, que según la tradición han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios pero resucitado por Dios.

En esta corta escena tenemos la representación de la tradición judía. Moisés representa la Ley y Elías simboliza a los Profetas del Antiguo Testamento. Delante de esta escena tenemos a Pedro que no entiende nada. Por una parte pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

Me da la impresión que Él no es el único que piensa así. ¿Cuántas veces intentamos escapar del camino difícil del Calvario? Es muy conmovedor que el mismo Dios Padre le corrige de manera solemne a Pedro: “Este es mi Hijo amado”… está claro que no hay que confundirlo con nadie. “Escúchenle a él”… incluso cuando nos habla de un camino de cruz, porque todo terminará en resurrección.

En este segundo domingo de la Cuaresma, Jesús nos invita a reemprender el camino junto con Él. No será una senda fácil ni de respuestas a la carta, pero como siempre, nos lanzará a la cruda realidad ayudados de su mano, y sobrecogidos, si de verdad hemos intentado tener una experiencia profunda de Él y con Él. Hay que reconocer que a nadie le gusta la cruz, y preferimos y hasta echamos en falta una vida más merengada y con éxitos, sin llantos ni pruebas, sin lamentos ni zancadillas, tranquila y sin sobresaltos. Todos sabemos que no siempre es así, incluso en la misma Iglesia escuchamos poco de los “crucificados” del día de hoy, hombres y mujeres que sufren y dan la vida en el nombre de Dios.

Preferimos escuchar mensajes sobre los “dulces clavos” de la Cruz, y no tomamos en serio el llanto de las colonias pobres, de las madres que no saben cómo alimentar a sus hijos, emigrantes o la gente sin techo, todo lleno de enfermedad y de dolor. Creo que en la vida real la Iglesia está poco presente ante estos sucesos y dramas, nos concentramos en la liturgia y vestimentas de lujo, visitas pastorales del obispo, rifas de la Diócesis, pero olvidamos acompañar a la gente que vive una cruz real y simplemente se identifica con Jesús Crucificado.

“Hazme llorar con la verdad para que no me destruyas con la mentira”, dijo un sabio y tenía mucha razón. Ojalá despertemos en este camino hacia la Pascua de 2018.

Jesús, Crucificado y posteriormente Resucitado, tiene que ser nuestro punto de referencia en estos 40 días, porque sólo Él irradia luz. Cambio su rostro ante los Apóstoles asustados y también lo cambia hoy para ti, para que lo reconozcas mejor en tus hermanos. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos, obispos doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús, sólo Él es el Hijo amado, su Palabra es la única que hemos de escuchar, las demás nos han de llevar a Él. Espero que esto sea lo que veas y sientas en tu Diócesis y en tu parroquia; espero que todo esté concentrado en Él y no en intereses económicos, planes pastorales y vida de reyes que no les corresponde…

No olvidemos que el éxito nos hace daño a los seguidores de Jesús, hay muchas ambiciones y envidias que encontramos en el mundo, pero también las hay en la Iglesia. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo, llena de éxitos pero sin cruz, aunque hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos “crucificados”. Estoy seguro que nos hará bien y nos ayudará a recuperar nuestra identidad de ser discípulos de un humilde Maestro clavado en la Cruz.

Los discípulos cayeron de miedo ante Jesús, porque no le entendieron. Nosotros no tengamos miedo de despertar, reconocer y aceptar la cruz, no tengamos miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos, cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos, cuando deberíamos intervenir en la defensa de los crucificados. Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el “ministerio del juicio y la condena”, sino el “ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18).

Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús… Difícilmente se dirá hoy que la Iglesia que es “amiga de pecadores”, como decían de su Maestro.

 

Padre Ángel de Jesús Salvador

Noticia anterior

Portada

Siguiente noticia

Alumnos, obligados a conservar las laptop