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Abandono callejero

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Vivimos en una sociedad dispareja. A diario nos sorprenden nuevos grupos y tendencias de gente que pide mayor atención para el medio ambiente, para el planeta y para la niñez, mientras otros exigen derechos para los animales, sugieren no comer carnes, atacan a quienes lo hacen y hasta argumentan, sin sustento, que es dañino para la salud ingerir alimentos provenientes de los animales. Mi abuela murió a los 98 años, feliz de alimentarse con todo y sin padecer nada. De todas formas, al igual que todos, tenía que morir.

Mientras la sociedad difiere en si los animales son más importantes que los humanos o merecen trato igualitario —así debiera ser—, en lo que sí estamos a la par en Campeche es en la falta de centros de atención para animales y para indigentes y enfermos mentales, pues si bien en San Francisco Kobén está el Hospital Psiquiátrico de Campeche, que recientemente cumplió 16 años, no es precisamente un manicomio de gran capacidad. Y aunque también tenemos un Centro Ecológico, tampoco es zoológico. ¡Vaya coincidentes deficiencias!

En las instalaciones del Hospital Psiquiátrico ofrecen servicios de urgencias, hospitalización, alimentación y diversos estudios mentales, pero no cuenta con el tamaño y la infraestructura necesaria para albergar a gran cantidad de pacientes, a pesar del esfuerzo de la Secretaría de Salud del Estado para mantenerlo y ofrecer tratamientos adecuados. Las gestiones a cargo del secretario de Salud, Rafael Rodríguez Cabera, están dando frutos, pero aún falta que el Congreso del Estado apruebe la Ley de Salud mental para conocer sus beneficios.

Los servicios que ofrecen en el manicomio en su mayoría son subrogados o tienen costos medios, y es por eso que las familias prefieren abandonar a su suerte a los afectados por alguna enfermedad mental, por el alcohol o las drogas, en lugar de hacer un esfuerzo económico para buscar su mejoría y posible recuperación en esa clínica mental.

En otros casos se sabe que en Campeche operan centros de “rehabilitación” privados, muchos de los cuales no cuentan con permisos, certificación, ni personal capacitado, pero que se han convertido en alternativas viables para los familiares de los indigentes y drogadictos, a quienes después de un tiempo de supuesta mejoría los envían a las calles a trabajar o más bien son explotados laboralmente, y cuando ya no son útiles los dejan nuevamente en el abandono. Círculo vicioso, sin duda. ¿Quién los protege?

Muchos de los indigentes —alcohólicos o dementes— que deambulan en la ciudad, ni siquiera se acuerdan de sus familias, así como sus familiares prefieren no acordarse de ellos, por lo que es muy difícil vincularlos entre sí para que se hagan responsables de ellos y de sus necesidades. La mayoría de estas personas en situación de calle tiene familia, en muchos casos también dinero, pero no tienen lo más importante: comprensión, cariño y alguien que los cuide y proteja.

En ocasiones, cuando se ha detectado a los familiares de los indigentes, es el Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) en Campeche, quien los visita para buscar alternativas que ayuden a los desamparados. La realidad es que todo queda en charlas y buenas voluntades por parte del DIF, pues esta institución no puede obligar a los familiares para que reciban a los abandonados nuevamente en su hogar, y aunque tratan de darles a entender que es responsabilidad de las familias, y que dejarlos en la calle no es la mejor opción, los familiares no ceden.

Quizá la nueva Ley de Salud Mental traiga consigo beneficios importantes para ayudar a indigentes y dar tratamientos más complejos a los enfermos mentales, pero no sabremos eso hasta no aprobarse y entrar en vigor. Mientras, es “curioso” —diría mi madre— que para los animalitos ya exista una Ley de Maltrato animal, mientras que a los humanos los siguen abandonando en las calles y nadie haga nada. Parece que seguimos con las ideas al revés.

Pero le comentaba, el caso de los animales callejeros es otra historia, casi tan cruda como el de los seres humanos abandonados, aunque ellos ya gozan de su ley mientras nosotros no. El Ayuntamiento de Campeche encabezado por Edgar Román Hernández Hernández, ha sido enfático al reconocer que hace mucha falta un centro de atención animal en la capital, pero también ha sido muy congruente en aceptar que no hay recursos suficientes para construirlo, ponerlo en operación, darle mantenimiento, pagar salarios y las necesidades que conlleva poner en marcha toda esa infraestructura.

Hace una semana del Centro Ecológico de Campeche, ubicado en la avenida Escénica, se escapó —o soltaron—, un avestruz de nombre “Pancho”, lo que desató nuevamente diversos comentarios entre los ciudadanos a través de las redes sociales. Algunos piden mejoras para las instalaciones, otros que cierren el intento de zoológico y que sus animalitos sean reubicados. Coincido con los segundos. Invertir en un terreno privado sólo para quedar bien con unos cuantos que han agarrado como bandera política o social el tema de los animalitos, sería tirar el dinero a la basura.

Interesante sería que los animales sean reubicados, que el terreno sea devuelto a sus dueños o de plano buscar construir algo más atractivo y que genere ingresos para la Comuna, pues las cuentas no están como para desperdiciar el dinero de los contribuyentes. Aunque suene doloroso, y créame que así lo siento, en Campeche no estamos preparados para tener un zoológico, y como ejemplo tenemos lo que sucede en el de Ciudad del Carmen, que resiente el abandono de las autoridades municipales a cargo de Pablo Gutiérrez Lazarus.

Lo que debemos hacer es exigir a nuestros 35 diputados leyes más estrictas, más duras, más severas para castigar a quienes abandonan a sus familiares y animales cuando ya los ven como una carga, pues de ahí deriva el problema callejero que padecemos. De ello, partir para mejorar las instalaciones del Psiquiátrico de Kobén, ingresar a los pacientes, notificar a sus familias para que se hagan responsables y dejar que la ciencia médica haga su parte.

En el caso de los animalitos, procurar que haya más adopciones que compra-venta, y que las asociaciones civiles crezcan y se fortalezcan con personas responsables, comprometidas, cariñosas y con voluntad para ayudar a todo aquel ser vivo que requiera atención, en lugar de tanto promotor de redes sociales que suben fotos, piden ayuda, se lavan las manos y exigen su reconocimiento. Por lo pronto, no es viable pedir ayuda al Ayuntamiento para abrir un zoológico o algo parecido.

Por supuesto que no se trata de comparar si un humano o un animal es más importante, pero hay que considerar que en ambos casos se requiere mucha responsabilidad para cuidar, proteger, alimentar, asilar, dar servicios médicos y atención psicológica o psiquiátrica —quizá en ambos casos—, y todo eso cuesta mucho, muchísimo dinero.

Por ende, la construcción de un centro de atención para animales o un nuevo hospital para enfermos mentales es cosa de cuidado, pues no se trata solamente de hacer nuevos edificios y dejarlos a su suerte, sino de argumentar bien las necesidades y dar prioridad a las más necesarias, no sea que al final nos quedemos en el municipio con dos elefantes blancos que no ayuden a la ciudadanía, pero sí perjudiquen nuestra economía. Que las nuevas leyes nos ayuden a tener la razón.

Jorge Gustavo Sansores Jarero

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