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Casi 50 años de luces y sombras

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“Oh, glorioso Instituto Mendoza” …así comienza el himno del Colegio Marista, como algunos aún llamamos a esa institución tan reconocida en nuestro Estado. El himno fue escrito hace ocho o nueve años por los alumnos —bajo la custodia de los padres salvatorianos—, inspirados en la realidad que reflejada entonces en aquel colegio. En aquellos días se sentía el esplendor, aires deportivos y, sobre todo, gran compromiso con el pasado de la institución.

Ha pasado el tiempo, y este 2 de septiembre se cumplieron 49 años de abrir las puertas a esa fundación Marista, que ahora lleva el nombre de Instituto Mendoza en honor al obispo Alberto Mendoza y Bedolla.

Estudiantes, padres de familia y maestros inauguraron con entusiasmo la primera escuela de varones en la capital campechana, y con los años varias familias más se incorporaron al estilo educativo de los hermanos maristas, quienes formaron a muchas generaciones con los ideales de su fundador, Marcelino Champagnat.

De esa escuela han salido funcionarios, empresarios, padres de familia y hasta políticos formados “pro bono público” y de la mano con la Virgen María, protectora de la congregación. El colegio era marista, todos sabían dónde se localizaba y quiénes eran los hermanos a cargo, entre ellos David Preciado Palacios y muchos más. Hasta 1992 era punto de referencia en el Estado y el sureste de la República.

El colegio llegó a tener cerca de 500 alumnos con buena educación, instalaciones de primera y muchas expectativas, e involucró también a los padres de familia a su estilo educativo. Entonces, sin duda se posicionó como el “glorioso Instituto Mendoza”, que hoy ya no lo es tanto.

CAMBIOS NEGATIVOS

Para el año 1993, la Diócesis de Campeche empezó a manejar el Colegio y se notó gran diferencia. Sin embargo, su trabajo profesional y cercanía con el alumnado empeoró del 2003 al 2008, cuando fue director del plantel el presbítero José Luis Canto, quien sin ideas y con graves confrontaciones con los padres de familia renunció a la dirección ante el obispo de ese entonces, Ramón Castro Castro.

Durante ese tiempo florecieron nuevos colegios en la entidad, más competitivos en la metodología y en el nivel académico, y debo reconocer que la situación económica tampoco le fue muy favorable, pues para entonces la Diócesis trataba al Mendoza como un barril sin fondo y sacaba “apoyos” para diversas actividades de la Iglesia, pero no le invertía un solo centavo a la infraestructura requerida. Diferentes grupos y familias se enriquecieron gracias al colegio, dejándolo en condiciones cada vez peores. Muchos estudiantes optaron por otros estilos educativos y se fue perdiendo el prestigio institucional. El colegio pasó de la luz a las sombras, de lo positivo a lo negativo, de la gloria al… olvido.

BUENAS NOTICIAS

Para el año 2008 se encendió una nueva luz de esperanza para el colegio, cuando al Instituto Mendoza llegó un nuevo director, el padre Sebastian Korczak, y junto con él una congregación religiosa proveniente de Europa, llamada “los salvatorianos”. Con ese cambio se impuso un nuevo estilo educativo muy parecido al de los hermanos maristas, quienes con responsabilidad, entrega, pasión, entusiasmo y ganas de salir adelante dieron nuevos bríos a la institución.

Dio mucho gusto ver renacer la esperanza, pues entonces empezaron los cambios personales, los institucionales y también los estructurales. La llegada de los salvatorianos y el padre Korczac fue para bien y muy notoria, pues el colegio comenzó a crecer en todos los aspectos, inclusive pasó de los 570 hasta llegar a tener mil 19 alumnos en tan sólo 7 años, casi el doble de lo que se había logrado hasta la entrada de esta congregación.

El estilo de los salvatorianos era muy cercano, familiar y exigente, pero dio excelentes resultados. Un año después, el obispo Ramón Castro, viendo los frutos tan evidentes de su trabajo, pidió que los salvatorianos asumieran el control y la responsabilidad de otro colegio diocesano para su rescate y mejora, en este caso la Preparatoria “Fray Angélico”. La infraestructura de ambos colegios mejoró y creció a la vista de todos los campechanos. Muchos padres de familia se identificaron de nuevo con estas instituciones, porque el nuevo paradigma tenía mucho que ver con la idea original del colegio, de los maristas, de Champagnat, quien dio lugar al padre Jordán. De esta manera la frase: “Todo a Jesús por María y toda María para Jesús”, ha sido repetida y complementada con otra nueva: “Conoce y ama al divino Salvador”.

GRANDES GESTORES DE LOS COLEGIOS

Con nuevas inspiraciones y apoyos recibidos desde Europa, en el colegio se inauguraron dos nuevas secciones: la Preparatoria y la Preescolar “Mendoza”, bajo la sombra del Divino Salvador. Las nuevas escuelas se construyeron con dinero proveniente de Europa y nada más. No hubo apoyo local de la Diócesis, como en muchas ocasiones han querido hacernos creer. Las inversiones fueron conseguidas en su totalidad por los padres salvatorianos. No hay más, el resto son mentiras.

Aunado a los cambios y mejoras estructurales, en lo deportivo se fundó el equipo “Fuerza salvatoriana” que por primera vez participó en la cuarta división y recorrió la Península de Yucatán con grandes logros. En los colegios se creó una auténtica familia: la “Familia salvatoriana”, con los laicos más comprometidos. Las convivencias atraían a numerosas familias y exalumnos, quienes podíamos revivir la gloria del entonces Colegio Marista. Entonces se escribió el himno del colegio y se sintió gran impacto en la generación mendozana, pues ya no se escuchó “vamos a los maristas”, sino “vamos a los salvatorianos”, lo que definió un nuevo rumbo que hoy se ha perdido.

MANO NEGRA DEL OBISPO

El año 2015 fue muy difícil para la institución. La soberbia probada, la ambición desmedida y la altivez del obispo de Campeche, José Francisco González González, dio una patada en el trasero a quienes lograron, después de muchos intentos y años de sacrificios, que la institución volviera a tener renombre. Los salvatorianos fueron echados, los corrieron, los sacaron de los colegios.

Entonces, como mandato divino, castigo y señal del cielo a lo acontecido, un gran declive —en todos los aspectos— vino sobre aquel colegio que alguna vez fue insignia de educación, fortaleza y competencia cognitiva en nuestro Estado. A la institución regresó un director diocesano, que ya había hecho un papel fatal en la dirección.

En tan sólo dos años se perdió la confianza de los padres de familia y el nivel del colegio cayó dramáticamente. No hubo inversión y siempre buscaron excusas y pretextos para justificar el gran error de perder una congregación sumamente preparada para dirigir y administrar a los centros educativos. ¡Qué lástima y qué vergüenza! Se perdieron todos los avances académicos, los valores internos, los equipos deportivos, y hasta la infraestructura estaba —está— obsoleta por falta de mantenimiento y compromiso de la nueva directiva. El sueño de ser la mejor escuela de Campeche se había —han— derrumbado, y junto con ello la inocencia y las ganas de salir delante de muchos jóvenes y pequeños estudiantes.

PATADAS DE AHOGADO

Nada se pudo ocultar ni manipular, aunque así lo pretendieron. Para el obispo era urgente volver a “enamorar” a los padres de familia, al alumnado, y contratar buenos maestros con proyectos nuevos, para encontrar una identidad institucional. Así la Diócesis hizo un último intento y contrató en 2017 a una reconocida congregación religiosa: “los escolapios”. Sin embargo, desde el principio el nuevo modelo y estilo educativo no pudo proseguir por cuestiones administrativas, celos y ambiciones económicas del obispo y su gente más cercana.

Los escolapios no pudieron desarrollar sus proyectos y tomar decisiones convenientes para la comunidad estudiantil y la institución. Intentaron levantar el colegio pero fracasaron, porque una vez más González González demostró que no le preocupaba para nada la educación, la juventud y la niñez campechana, sino que su único interés fue siempre manejar a todos como títeres, quería las ganancias, llevarse la maleta como si se tratara de un mal político, contraviniendo la Palabra de Dios y algunos de sus mandamientos.

De esa forma, y haciendo aún más obvio que todo estaba mal en la educación de los colegios diocesanos, la sombra del “glorioso Instituto Mendoza” llegó a su punto culminante y hasta lo más decadente. ¿Podía caer más bajo? ¡Claro! Hubo despidos por falta de alumnos y falta de proyectos e identidad educativa. Sin capacidad de maestros tuvieron que irse los alumnos, y sin alumnos no había para pagarle a los docentes. Una cosa llevó a la otra.

LO PEOR DE LA HISTORIA

Entonces el obispo José Francisco González nombró a uno de sus incondicionales, de sus amigos, de sus secuaces como director del colegio. En un acto de desesperación, el presbítero Gerardo Casillas González asumió la dirección del Instituto Mendoza. El obispo no logró que ninguna congregación se animara a trabajar los colegios durante su obispado, por lo que impuso de nuevo su “santa” voluntad. Sin embargo y pese a la confanza de su protector, las primeras decisiones del nuevo “director” han sido fatales. Desapareció la Preparatoria “Mendoza”, y esto lo hizo para resaltar a la preparatoria del Seminario Menor, que siempre estuvo bajo la sombra del Instituto Mendoza. ¿Entonces para quién trabaja?

La noticia sobre la nueva dirección diocesana, la pasividad y falta de liderazgo influyó para que hubiera pocas inscripciones este año escolar. Apenas 380 alumnos de los más que mil que tenía el colegio hace 3 o 4 años, se anotaron en las listas de inscripción.

DESPOJOS

El descontento en el plantel es cada vez mayor. Los directores, muy escondidos y con poca preparación, hacen que los paterfamilias estén cada día más molestos pues siempre les piden apoyos económicos, como si se tratara de una parroquia o de una institución caritativa. Parece que en breve dejarán de cantar “oh glorioso Instituto Mendoza”.

CELEBRACIONES…

Estamos a un año de celebrar los 50 años de este colegio. Del 2 de septiembre de 1969 hasta la fecha han pasado muchos directores, maestros, alumnos y padres de familia. Hubo momentos gloriosos, sí, pero ahora se viven tiempos obscuros. Nunca el Mendoza estuvo tan mal, con poca presencia y liderazgo como ahora. Ojalá alguien retome la misión del colegio, porque ninguna de sus premisas se están cumpliendo: “fortalecimiento de la unión familiar, pedagogía de la presencia, enfoque constructivista, excelente preparación académica; y todo esto para conseguir el fin último que es la vida en plenitud: conocer y amar al Divino Salvador”.

Cuentan que cuando los gladiadores romanos iniciaban su lucha en el Coliseo, saludaban al emperador diciéndole: “Ave Cesar, los que van a morir te saludan”. ¿Así saludarán ahora las autoridades del este colegio? ¿Será su fn? Parece, pues nadie cambia su cruda realidad. No hay excusas baratas, fue un fracaso que la Diócesis manejara todo a su antojo, sin liderazgo ni profesionalismo, sólo por caprichos y abuso de poder. A mí, como a otros exalumnos, exmaestros y padres de familia, me quedan bellísimos recuerdos del pasado y siempre con orgullo entonaré: “oh glorioso Instituto Mendoza”, recordando a los hermanos maristas y a los padres salvatorianos.

Jorge Gustavo Sansores Jarero

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